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Tres años de paranoia en palacio

Foto EE: Captura de pantalla
O los temores han crecido o el discurso paranoico se ha refinado.
Han pasado tres años desde 2018, nueve desde la fallida elección 2012, quince desde la cuestionada jornada de 2006 y el hombre que veíamos disruptivo en el sistema de partidos se ha convertido en un hombre poderoso pero discursivamente miedoso. El Presidente tiene, entre otras canicas, un partido a su disposición, once nuevos gobernadores subordinados a sus deseos, un Legislativo manejable, un Poder Judicial bocabajeado, una Comisión Nacional de Derechos Humanos sumisa, un diseño federal ventajoso para el centro, el altavoz más potente del reino para escucharse a sí mismo, la generación de energía monopolizada y un ejército cada día más poderoso, más rico y más polifacético, por ahora a su servicio.
¿Necesitan más elementos para elaborar? ¿Más variables para empezar a barruntar lo que ha sucedido con el poder? ¿Más razones para concluir que este es uno de los presidentes más poderosos de las últimas décadas?
La pregunta no es retórica, porque en palacio y alrededores claman lo contrario: resulta que tenemos un presidente acorralado. Acosado por los conservadores y molestado por los periodistas, obstaculizado por los médicos y los padres de niños enfermos, retado por los conspiradores y boicoteado por los efectos duraderos del pasado neoliberal.
El Presidente vive una paradoja: se ve a sí mismo como la única fuerza capaz de transformar la realidad y simultáneamente clama por protección unánime como un desvalido y bienintencionado habitante de Palacio. Nos hace creer que no cuenta con servicios de inteligencia, recursos económicos y militares, medios de comunicación y redes sociales, partido y adeptos, Congreso y jueces para salir adelante.
Nada de eso parece suficiente para eliminar el discurso paranoico que se emite cada día por la mañana: los manipuladores de ciudadanos lo boicotean, los periodistas lo atacan como a ningún otro presidente en la historia del mundo, los conservadores acechan y al opositor gobernante no le queda más que resistir heroicamente (o como pueda) ante los embates de la clase media y de unos seres a los que llama aspiracionistas.
No es extraño entonces que cortesanos y rapsodas hagan eco de ese temor y divulguen rumores sobre la CIA y sus manuales, sobre golpes de Estado, gestas patrióticas de este lado y amenazas internacionales por el otro.
¿Cómo va a ser extraño si el Presidente nos lo dijo con claridad en su informe (el formal) del segundo año? El objetivo es que todos estén dispuestos a protegerlo. A él y a su idea, a él y a sus otros datos, a él y a su proyecto político.
“La mejor manera de evitar retrocesos en el futuro depende mucho de continuar con la revolución de las conciencias para lograr a plenitud un cambio de mentalidad que, cuando sea necesario, se convierta en voluntad colectiva, dispuesta a defender lo alcanzado”, leyó en 2020.
Hoy habrá nuevamente una excusa para presentar la realidad como un esfuerzo heroico obstaculizado: el enemigo. Los adversarios. Los malos. Los monstruos que alimentan la muy provechosa paranoia en palacio.

