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Opinión

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Todo comenzó en Campeche

El modelo de la gran estatua que mira hacia el mar sin olas de Campeche, el que dijo, como si fuera hoy mismo, que México tenía hambre y sed de justicia, se llamaba Justo Sierra Méndez. Vino a este mundo el 26 de enero de 1848, dos años después de la ocupación del puerto del Carmen por fuerzas estadounidenses. Su padre, Justo Sierra O’ Reilly, no estaba en Campeche el día de su nacimiento: pues una misión diplomática lo tenía trabajando en Washington como comisionado del gobierno de Yucatán, sin esperanza alguna de regresar a tiempo para el alumbramiento de aquel vástago que llevaría su nombre.

A pesar de que era muy joven cuando abandonó el sureste para venir a estudiar a la capital donde residiría casi toda su la vida, Justo Sierra habría de recordar su terruño como el lugar donde pasaría las épocas más felices de su vida... “Mi tierra natal –escribió a los veinte años- es un país donde florecen los cuentos y brotan las leyendas. No bien ha traspuesto el sol las cercanas colinas, cuando ya es grata la sombre de los robles y el vaivén refrescante de la hamaca, qué dulce es el murmurar de las olas, qué perfumada es la brisa, cómo es bello el paisaje de pintorescas las flores. Dios ha puesto el modelo ahí y largo tiempo hace que el hombre se afana en vano bosquejando copias.”

 Más aquella nostalgia llena de poesía nunca lo distrajo de sus deberes. Testigo y actor de incontables hechos históricos nacionales, Justo Sierra Méndez compartió los triunfos de las reformas de Juárez, los gozos y dificultades de los primeros gobiernos abiertamente republicanos contra los conservadores; observó atentamente los pocos años del Imperio de Maximiliano y luego, en la plenitud de su vida, participó activamente en la aventura de colores variopintos de la época porfirista,  mirando cómo el progreso y la modernidad no terminaban ni con la barbarie, ni con la pobreza. Su lucha, como muy bien se decía hablando de los héroes de antaño, la entabló más con la pluma y las palabras que con la espada y el fusil. Porque don Justo fue poeta, periodista, cuentista, maestro y educador. Y más allá de la teoría, trabajó activamente en su proyecto más importante: la creación de la Universidad Nacional y no desistió de aquella idea hasta que se convirtió en realidad. No por nada, una de sus frases más célebres, que hoy nos abofetea como ninguna, lector querido, afirma que la grandeza de un pueblo se mide en su educación.

Su proyecto comenzó poco a poco incluyendo la educación media. Cuentan las crónicas periodísticas que en la inauguración del Festival de Primavera de la Escuela Nacional Preparatoria, en abril de 1903, Sierra, de talante campechano, se mostró fascinado ente la alegría de los jóvenes. Muy divertido por el pasodoble de Luis Jordá,  admirado por la jota cuya letra había sido escrita por Amado Nervo, y gozoso después de los confites, los elotes asados y los tamales de mole. Tanto, que no pudo sino decir las siguientes palabras: “Los griegos, los educadores modelos, educaban así, por medio de las fiestas. Por eso las facilitamos, las aplaudimos, las amamos.”

Siete años después, en el Anfiteatro de la Escuela Nacional Preparatoria, hubo otra fiesta: la inauguración de la Universidad Nacional de México. En su carácter de Secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes, a Sierra le tocó recibir a los representantes de universidades extranjeras y  disculpar al presidente Díaz por haber llegado media hora tarde. En el acto, confirió el grado de doctores a varios personajes entre los que se  encontraban: Manuel M. Flores, Eduardo Liceaga, Jesús Díaz de León, Manuel Toussaint, y Fernando Zárraga. Después encabezó una comitiva hasta llegar a la Catedral Metropolitana. Como perfecto corolario, Sierra pronunció un discurso en el que dijo lo que anhelaba de la nueva universidad: “Me la imagino así: un grupo de estudiantes de todas las edades sumadas en una sola, la edad de la plena aptitud intelectual, formando una personalidad real a fuerza de solidaridad y de conciencia de su misión, y que, recurriendo a toda fuente de cultura, brote de donde brotare, se proponga adquirir los medios de nacionalizar la ciencia, de mexicanizar el saber.”

A pesar de haber sido abogado, maestro y autor de ensayos y críticas muy serias, campechano como era, don Justo nunca dejó de lado su gran gusto por la vida.  Fanático de Ángela Peralta- llamada el “ruiseñor mexicano”- le compuso un soneto, cuyo verso más famoso dice así:  "Va con ella el alma entera/  y el laurel, humilde don.../ sencilla ofrenda... sincera.../ tú sabes, ave viajera, que es un mundo el corazón. “

Otra de las aficiones que conservó toda su vida y de la cual existen infinidad de anotaciones gastronómicas fue la de la buena comida. Evocará, casi con ternura, en su cuaderno privado, los excelentes platillos que degustó en Nuevo Orleáns escribiendo felizmente: “¡Con decir que sólo en Campeche se come mejor, está dicho todo, y eso que pronto hará 38 años que no como en Campeche!".

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