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Opinión

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Titanic

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L.M. Oliveira

Motivos para leer hay muchos, podría intentar llenar esta columna de ellos, y no creo que me resultara trabajoso. Más difícil sería que los lectores llegaran al final, porque los motivos no siempre se explican solos, no todos, y por eso los acompañamos de razones. Pero comparto algunos motivos: leo por trabajo, por estudio, por placer, para informarme, para entretenerme, para contemplar la belleza, para alegrarme, para compadecerme, para tratar de entender. Suelo leer Filosofía académica, tanto ética como filosofía política; leo literatura, sobre todo novela, y la que muchos clasifican como no ficción, donde caben claramente la crónica, cierto tipo de ensayos, el periodismo narrativo y no sé si, por ejemplo, algún tipo de biografía.

Durante las vacaciones de verano me aboqué a la crónica y al periodismo narrativo. Pensé mucho sobre los límites entre, digamos, una crónica personalísima como es El año del pensamiento mágico, de Joan Didion, que relata, lo pongo de manera burda, su primer año de viudez; año en el que fue, a la vez, la Didion racional y la que se vio invadida de ideas, pensamiento mágico, inconsistentes con la realidad que la ciencia sistematiza; pensé, decía, en qué separa una crónica así con, digamos, una novela de autoficción. Lo primero que me vino a la mente fue la relación con la verdad factual (no quiero entrar en profundidades filosóficas), la posibilidad de que lo dicho sea corroborado por otros. O, si quieren, la relación con la amplitud de la licencia poética. En el ámbito de la literatura, cada quien puede hacer como quiera, mientras sea fiel a sí mismo: si quieres apegarte a lo factual, hazlo; si quieres darte licencias, dátelas.

Pero no todo es literatura, hay disciplinas donde la relación con los hechos no la dicta el autor, sino quienes lo leen: el periodismo financiero debe reportar las cifras cual son, si la acción de Plug Power Inc. cerró en 12 dólares, pues así habrá de ir la cifra al periódico o página web. La gente confía en el dato y toma decisiones a partir del mismo.  Si las personas dejan de confiar en la información que ofrece un medio financiero, dejarán de acudir a él. ¿En cambio, quién desconfía de la información de una novela?, si los lectores dejan de acudir a la obra de un autor se deberá a otros motivos, pero no a que no reporta los datos cual son.

Toda esta voltereta para decir que la relación de las instituciones democráticas con los hechos se ha de parecer al periodismo financiero y no a las novelas. Los servidores públicos tienen un compromiso legal y uno moral con la transparencia, que no es otra cosa que mostrar los datos (los que no comprometen información personal) como son. El mundo de los otros datos impide que los ciudadanos tomen decisiones basadas en la verdad y eso, tarde o temprano, conduce al desastre. Imaginemos a un capitán de barco que nunca recibe o recibe tarde la información de un iceberg inmenso que cruza su derrota… exacto, lo que sucedió con el Titanic. Una cantidad importante de mexicanos verá afectada su vida por el derrame inexistente de Pemex: aquel que padecerá la playa de su palapa llena de chapopote; el pescador que pescará peces muertos; el turista que irá a dar a un lugar en emergencia, etc. Y ese es solo un ejemplo del esperpento en el que vivimos. Para ficciones, las de la literatura. Mejor vámonos a leer. 

Twitter: @munozoliveira

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L.M. Oliveira

L.M. Oliveira es escritor. Autor de "El mismo polvo" y "El oficio de la venganza". Es Titular A en el Centro de Investigaciones sobre América Latina y El Caribe.

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