En la entrega anterior, hurgábamos en la psicología que permite que las personas crean teorías abiertamente disparatadas. Hemos dicho que los fieles de QAnon aseguran que hay una conspiración del “estado profundo”, formado por adoradores de satán, que son las corporaciones, los medios y los políticos demócratas, y lo que quieren es secuestrar niños, abusar de ellos, beber su sangre y, finalmente, dominar al mundo. Ese movimiento surgió en parte del “pizzagate”, la creencia de que Hillary Clinton y sus secuaces tenían una red de tráfico de niños que operaba en el sótano de una pizzería en Washington, llamada Comet Ping Pong.

Ante las acusaciones cada vez más histéricas de los extremistas de derecha, Edgar Maddison Welch entró en el lugar con un fusil de asalto y empezó a disparar. Posteriormente aceptó su error, pero fue una fortuna que nadie saliera herido. Maddison, quien recibió cuatro años de prisión, era asiduo de las redes de 8Chan, de donde se nutren los extremistas y supremacistas de QAnon, quienes, como él… están armados hasta los dientes.

“Los creyentes en QAnon han usado las redes sociales para acosar, intimidar y amenazar a quienes perciben como enemigos, y para sembrar desinformación que termina por influir en el debate público”, escribe Kevin Roose en el New York Times. “Varias de las teorías de conspiración más populares en internet este año –prosigue–, como ‘Plandemic’, un documental con afirmaciones falsas y peligrosas sobre el Covid-19, han sido amplificadas y popularizadas por los seguidores de QAnon”. Este tipo de bulos influyen en un gran número de personas, incluso quienes no saben su procedencia ni la agenda que traen consigo.

“Si todo esto suena demente, es porque lo es”, concluye el premio Nobel de Economía Paul Krugman sobre las teorías de conspiración y, específicamente sobre QAnon, que para él es la última y desesperada oportunidad que tiene Trump para ganar. “No creo que esta estrategia vaya a funcionarle, pero es todo lo que le queda. La única esperanza que tiene es el miedo mismo: un terror sin nombre, irracional e injustificado que no se base en nada que exista en la realidad”.

Los simpatizantes de esta bizarra teoría se han infiltrado en causas de activismo legítimo, como las campañas contra el verdadero tráfico de menores, para atraer a nuevos partidarios. Por ejemplo, el periodista del New York Times advierte que han colonizado el hashtag #SaveTheChildren, o #SalvenAlosNiños, que empezó como una campaña de recaudación de fondos para una organización contra la trata de menores.

“Lo que hacen es utilizar argumentos falsos y exagerados sobre el tráfico de menores para atraer la atención de un nuevo público. Luego, intentan virar la conversación hacia los puntos principales de QAnon, al decir que el motivo por el que se trafican niños es porque la camarilla global de conspiradores quiere cosechar su sangre para obtener un químico que supuestamente alarga la vida”, dice Roose. “Esto no quiere decir que si tus amigos publican la etiqueta #SalvenAlosNiños, sean seguidores de QAnon. Puede que simplemente se hayan topado con alguna publicación sobre el tráfico infantil y decidieron compartirla”. “Pero ellos, y tú, deberían saber que estas publicaciones son parte de una estrategia coordinada de QAnon”. Habría que subrayar ese “ellos y tú deberían saber”. En una democracia, los ciudadanos tenemos una responsabilidad. Una sociedad inerme ante las noticias falsas tendría remedio si la población se “defendiera” informándose con fuentes confiables: los medios que cuentan con un área de fact-checking y que se manejan con ética periodística.

El efecto Dunning-Kruger

En el fondo de la psicología conspiranoica quizá se encuentre una cierta superioridad. Solo unos ellos se dan cuenta de que hay una élite que quiere controlar al mundo o enriquecerse a expensas de los demás.

Para la mente conspiranoica los científicos están comprados, y el que los medios formales se rehúsen a publicar notas falsas es una prueba más de que están coludidos. Las redes sociales como Facebook, Instagram y Twitter, que han establecido la obligación moral de detener la difusión de mentiras (y por tanto han cerrado cientos de cuentas de QAnon y otras supuestas conspiraciones), caen también entre los miembros del complot global.

Por cierto, el neologismo “conspiranoico” o conspiranoica, es parte ya de la lengua española. Según Fundéu, esta palabra, que se compone de los vocablos “conspiración” y “paranoia”, “es adecuada y precisa para referirse a la tendencia a interpretar determinados acontecimientos como fruto de una conspiración”. Y el diccionario de la Lengua Española Vox señala que es “la convicción obsesiva de que determinados acontecimientos de relevancia histórica y política son o serán el resultado de la conspiración de grupos de poder”.

Las redes sociales han traído una indudable democratización, pero también son semillero de ideas tóxicas. Han contribuido al efecto Dunning-Kruger, llamado así por dos investigadores de la Universidad de Cornell, David Dunning y Justin Kruger, quienes estudiaron la relación entre la incompetencia y los sentimientos de superioridad. El efecto se define como “un sesgo cognitivo según el cual los individuos con escasa habilidad o conocimientos sufren de un sentimiento de superioridad ilusorio, considerándose más inteligentes que personas mayormente preparadas, midiendo incorrectamente su habilidad por encima de lo real”.

Basados en amplios estudios, encontraron que “los individuos incompetentes tienden a sobreestimar su propia habilidad” y son “incapaces de reconocer la habilidad de otros”. Citando una frase de Charles Darwin, “la ignorancia genera más confianza que el conocimiento”. Esto ayuda a explicar un fenómeno como QAnon (por cierto, Dunning y Kruger también concluyeron que “la gente con verdadero conocimiento tiende a subestimar su propia competencia”).

El efecto Dunning-Kruger se puede empalmar con el sesgo de confirmación, la tendencia a interpretar la realidad dependiendo de si apoya o no las creencias propias, que se ha documentado en ámbitos empresariales, políticos y militares. En el proceso del Brexit pudo comprobarse que a la población se le infundió miedo con noticias y estadísticas falsas. Ante hechos económicos idénticos, los “leavers” interpretaban el mundo distinto que los “remainers”.

Pero no solo sucede esta incapacidad de ver las cosas de manera objetiva, sino que se percibe a los demás como enemigos. “La gente siente pertenencia a su grupo, pero también antagonismo hacia las personas del otro grupo”, expone Sara Hobolt, de la London School of Economics. Todo esto es el caldo de cultivo para los políticos populistas, que polarizan e infunden odio y miedo.

Larry Bartels, politólogo de la Universidad Vanderbilt, ha estudiado este fenómeno de culpar a los políticos de todo lo que está mal, “incluso lo que está fuera de su control”. “La gente recompensará o castigará ciegamente al gobierno por los buenos o malos tiempos, sin tener una comprensión clara de si, o como, las políticas del gobierno han contribuido a esos resultados”. El pensar eso provoca una “recompensa psicológica”. Al final, concluye Bartels, “lo que mucha gente quiere es sentirse cómoda, no estar en lo correcto”.

La amenaza fantasma

Mucha gente no cree que las mascarillas ayuden a proteger contra el coronavirus, pese a que llevamos varios meses de certeza médica en ese sentido. Simplemente no lo creen, quizá… porque no lo quieren creer. Otros (o los mismos) difunden que hay un remedio que cura la enfermedad, pero que “no se quiere dar a conocer”. El confiar en sustancias no aprobadas por la ciencia para paliar una enfermedad mortal es algo humano y hasta cierto punto entendible, pero si eso va aparejado a la “convicción” de que existen fuerzas que se benefician del ocultamiento del verdadero remedio… ahí es donde entra la mentalidad conspiranoica.

La película “Contagio”, de Steven Soderbergh, profética en varios aspectos (aunque no hacía falta ser profetas, sino conocer datos científicos), acierta también en el perfil de uno de sus personajes, el interpretado por Jude Law, un bloguero conspiranoico que “informa” que todo es una maquinación y que la enfermedad puede ser curada con un remedio homeopático. En la pandemia de la vida real hay decenas de teorías y millones de personas que difunden ideas peligrosas, muchas veces sin tener conciencia que lo son.

Alguien que ha hecho este lamentable papel es Miguel Bosé. A últimas fechas, no ha resultado ser tan brillante para el análisis de tipo racional como lo es para escribir canciones. Hace unos meses tomó Twitter para exponer las más delirantes teorías, empezando por negar la pandemia. Eduardo Bravo, del diario El País, se dio a la tarea de “deconstruir” y explicar sus tuits, sobre todo los que envió en cascada en el mes de junio, en los que “condensaba tal cantidad de referencias, conspiraciones, bulos, fake news, leyendas urbanas, ataques e improperios, que interpretar los manuscritos del Mar Muerto, en comparación, era como resolver un rompecabezas de dos piezas”. Ironías aparte (y vaya que están justificadas), el periodista empieza por citar algunas de las “ideas” del cantante:

“La farmacéutica GAVI, para quien no lo sepa, es propiedad de la fundación Bill & Melinda Gates, los especialistas en vacunas fallidas que tantas víctimas han causado alrededor del mundo. India les ha expulsado y denunciado. África aún acarrea sus consecuencias. Kenia ha destapado sus atrocidades... su proyecto de vacunas que portan nano bots para obtener información de la población con el fin de controlarla… y una vez que activen la red 5G… seremos borregos a su merced”.

Con paciencia y dedicación, Bravo desmenuza estos contenidos, empezando por clarificar que GAVI es una alianza para la vacunación de la que forman parte gobiernos de países tanto industrializados como en vías de desarrollo, la OMS, UNICEF y diversos filántropos, para facilitar que la gente tenga acceso a las vacunas independientemente de su condición económica.

Bill Gates es “cliente” de todo conspiranoico que se respete: siempre se debe asomar en sus elucubraciones. Bosé habla de que el fundador de Microsoft fue expulsado de India y de Kenia, siendo que tanto Narendra Modi, primer ministro indio, como Uhuru Kenyatta, presidente de la nación africana, han agradecido públicamente la labor y el dinero que Gates ha puesto en sus países para evitar miles de muertos.

Pero esta labor de comprobación de datos, que en este caso hizo Bravo, no la llevan a cabo infinidad de personas que reciben (y reenvían) cadenas de chats con la conspiración de cada día, sin jamás asomarse a una fuente fidedigna. Los exabruptos están por doquier. En Estados Unidos, la doctora Stella Immanuel defiende terapias alternativas para curar el Covid… y coincidentemente declara que “el ADN de los alienígenas se usa en tratamientos médicos” y que “los científicos preparan una vacuna para evitar que las personas sean religiosas”. Esta doctora ha sido apoyada por los Tea Party Patriots y elogiada por Donald Trump. Otros, como David Icke, difunden que los humanoides reptilianos controlan desde la Luna a la humanidad, emitiendo un “sentido artificial de uno mismo y del mundo”. Exacto: como en una película de las hermanas (antes hermanos) Wachowsky.

Los conspiranoicos de QAnon ya han llegado a Latinoamérica. Según un estudio de la BBC, en Costa Rica había en agosto 6,700 miembros en una sola cuenta de Facebook adscrita a QAnon. En Argentina, Colombia, Brasil y México también hay seguidores, lo que para ellos es una prueba de que “la gente está despertando”.

Las noticias falsas se reproducen como metástasis de un cáncer que afecta a las sociedades. En Europa tienen su propia distopía apocalíptica, el plan de Kalergi, que difunden impresentables como Marine Le Pen o Mateo Salvini (quien en su absoluta irresponsabilidad ha llegado a acusar a la Unión Europea de instigar una “limpieza étnica”). El plan de Kalergi es un supuesto complot de las élites económicas para que lleguen al viejo continente millones de migrantes asiáticos y africanos para mezclarse con las “razas europeas” y así crear un híbrido humano débil y manipulable, para, claro, usted ya lo adivinó: que los judíos dominen al mundo.

En la Rusia zarista y la Alemania prenazi se difundió el panfleto Los protocolos de los sabios de Sión, que acusaba a los judíos de una conspiración para acaparar el poder. Al parecer no hemos avanzado tanto. Ese libelo inoculó en la población el antisemitismo más visceral y provocó decenas de pogromos (y, en parte, el Holocausto). Muchos de los líderes autoritarios de la actualidad han llegado a donde están alentando teorías falsas o exagerando datos para provocar rabia.

Las teorías de la conspiración, según un reporte de la BBC, han generado un gran número de muertes, sobre todo entre quienes niegan el Covid-19. Las creencias en contra de las vacunas, está documentado, han provocado en el mundo cientos de miles de muertes evitables. En espera de la vacuna contra el coronavirus, miles de personas ya esparcen la teoría de que será nociva. Y dentro de unos días, los más fanáticos entre los fanáticos, quienes creen que Trump está salvando al mundo de sectas pedófilas, podrían provocar episodios de violencia si éste llegara a rechazar el resultado de las elecciones y llamara a sus adictos a salir a defender su “triunfo”. Quizá, efectivamente, no hemos avanzado tanto.

José Manuel Valiñas

Analista de temas internacionales

Planetario

José Manuel Valiñas es articulista de política internacional. Dirigió la revista Inversionista y es cofundador de la revista S1ngular.

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