Según Coleridge, la suspensión de la incredulidad se da cuando un escritor es capaz de llenar una historia fantástica con elementos de interés humano y una apariencia de verdad, de tal manera que el lector es capaz de suspender juzgar si la narrativa es poco plausible o no.

Paradójicamente, aunque es el autor quien debe sustentar las bases para provocar el efecto, es en la percepción del lector (o espectador, para el caso) donde está la clave. En su disposición para hacer a un lado las limitaciones del medio y aceptar las premisas que le propone la historia.

El término aterriza mejor en el siglo veinte donde se vuelve paradigmático en la creación literaria, teatral, cinematográfica y hasta en espectáculos como la magia y el performance artístico, donde la mitad de la ilusión está en la predisposición del espectador a creérsela. Quizá por ello, los escépticos son malos compañeros de butaca.

Para conseguir el efecto hay distintas estrategias, algunas de ellas implican valerse de la ignorancia de una persona, o su falta de conocimiento sobre un tema para suspender su incredulidad. Aunque el resultado sea similar, no habría que confundir la inocencia o ignorancia del espectador, con la participación voluntaria en la ilusión. Si somos estrictos si no hay incredulidad que suspender, todo el concepto pasa a sobrar.

Algunos de los aspectos más chapuceros de la ficción contemporánea se dan en temas que sus creadores asumen son ignorados por el gran público y por lo tanto susceptibles de entrar en el conjunto de lo imposible : procedimientos policíacos, científicos, virus, vacunas, enfermedades y los alcances de la tecnología, los hackers y sus dispositivos son ofensores frecuentes.

Para algunos creadores, basta la leyenda basado en hechos reales para dar el salto en la credulidad del espectador. Es la versión actual de las anécdotas y las leyendas que el narrador jura le pasaron a un amigo o pariente cercano para preparar la disposición de su público .

El contrato no escrito es más o menos así: el creador nos entrega una buena historia y a cambio aceptamos la versión de la realidad en que sucede la historia y que sus personajes son seres autónomos en ese universo.

Se ha dicho muchas veces que la historia no debe ser realista sino consistente internamente. ¿Qué quiere decir esto? Básicamente que la fantasía y la suspensión de incredulidad son aceptables en ciertas partes de la historia mientras que en otras no. La frase más recurrida para explicarlo es aquella del credo televisivo que reza puedes pedir a tu audiencia que crea lo imposible, pero no lo improbable .

Ejemplos abundan en la televisión contemporánea: Podemos creer que S.H.I.E.L.D tenga un avión que desaparece mediante un mecanismo que lo oculta de radares y ojos, pero no que sus héroes sean capaces de adivinar la contraseña de seguridad militar del gobierno al segundo intento. Podemos aceptar que Jack Bauer soporte veinticuatro horas seguidas de balaceras y explosiones, pero no que las pase sin beber agua, ir al baño o recargar su celular.

En Helix se nos invita a aceptar que en el ártico exista una fortaleza subterránea donde una farmacéutica experimenta con un virus que muta a los seres humanos en zombies. Pero si sus protagonistas pasan la noche al aire libre a cuarenta grados bajo cero sin protección (entre otras cosas), todo empieza a volverse ridículo.

Fuera de la fantasía y el horror, la suspensión de la incredulidad permite que el espectador se crea la riada de coincidencias felices que rodean la historia de amor o la tragedia teatral. Esos momentos de inflexión dramática que son recetas prácticas en la caja de herramientas de cualquier creador de oficio, ensamblados a veces en anodinas estructuras de lugares comunes.

A pesar de lo que piensan algunos autores o productores de cine y TV, la suspensión de la incredulidad no es un aspecto superficial. Es la que provoca esos momentos en que el público sale del mundo ficticio, mira a su compañero de sillón o asiento con una mueca burlona. Es el momento en que la ficción deja esa realidad temporal para nosotros, y nos regresa a nuestra cotidianidad con la sensación incómoda de que quisieron tomarnos el pelo.

Un público dispuesto a creérsela puede volver a entrar a la narrativa del libro o película, pero para muchos otros el efecto está tan roto como si hubiera visto el cable sosteniendo al mago que pretendía levitar o el as en la manga del saco púrpura del ilusionista.

Irónicamente, el mismo público que mira con ojos entrecerrados la manera en que el villano se derrumba de un ataque cardiaco en el momento justo, utiliza el mismo visor de incredulidad para interpretar la realidad. Para mirar noticias tecnológicas que lo atañen como si se tratara de un engaño de Hollywood, o al contrario para concebir los mayores disparates y explicaciones para explicar lo que sucede en su realidad nacional. Si el término de suspensión de incredulidad es fundamental en la creación y vivencia de narrativas ficticias, se vuelve casi patológico cuando es asumido como herramienta para analizar la realidad.

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