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Opinión

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Sobre la libertad, las conspiraciones y la vacunación

Ahora que la vacilación ante las vacunas se ha convertido en una gran amenaza para lograr la inmunidad colectiva, las autoridades públicas podrían verse tentadas a tomar medidas enérgicas contra las teorías de conspiración que la alimentan. Pero antes de hacerlo, deberían revisar la famosa defensa de la libertad de expresión de John Stuart Mill.

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PARÍS – Si bien países como Israel, el Reino Unido y los Estados Unidos lo han hecho particularmente bien al vacunar contra el Covid-19 con la mayor rapidez posible, la renuencia a vacunarse sigue siendo un obstáculo importante. En Estados Unidos, ya ha frustrado el objetivo del presidente Joe Biden de administrar al menos una dosis de vacuna al 70% de los estadounidenses para el 4 de julio.

En una encuesta realizada por la cadena CNN en abril, cerca de 26% de los estadounidenses que la respondieron señalaron que no tenían ninguna intención de vacunarse. Eso es un gran problema, dado que una vacunación prácticamente universal es la única manera fiable de poner fin a la pandemia. Por ejemplo, si suponemos que se vuelven dominantes variantes del Covid-19 tan contagiosas como el sarampión, sería necesario vacunar a un 94% de la población para alcanzar la inmunidad de rebaño.

En estas circunstancias, las autoridades podrían verse tentadas a suprimir la renuencia a vacunarse, alimentada en gran parte por teorías conspirativas. Para quienes las creen, el verdadero peligro no es el Covid-19, sino que Bill Gates está utilizando las vacunas para implantar microchips en nuestros cerebros.

Pero ¿no son las teorías conspirativas solo otra forma de la libertad de expresión? En su clásica defensa de ese principio, Sobre la libertad, John Stuart Mill plantea dos argumentos: es más probable que quienes detenten creencias equivocadas las abandonen en un libre intercambio de ideas, al tiempo que refuta enérgicamente que el que una creencia sea verdadera le impida convertirse en un prejuicio o dogma incuestionado.

En realidad, quienes propagan teorías conspirativas rara vez las abandonan tras un intercambio de ideas. Ese tipo de teorías poseen una propiedad de “autosanación”, por la que toda información nueva que las desafíe se llega a ver como una prueba adicional de que son ciertas. Si uno trata de convencer a un escéptico del 9/11 de que los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 de hecho no fueron un complot del gobierno estadounidense, es probable que esa persona lamente que a usted también le hayan lavado el cerebro, y le animará a que lea un reportaje o vea un documental que demuestra que la versión oficial es mentira.

El punto a recordar es que quienes creen en teorías conspirativas creen genuinamente que el mundo está controlado por un pequeño grupo secreto de personas, una elite. Si se tiene esto de premisa, tiene sentido interpretar toda información nueva como una validación.

En consecuencia, ¿deberíamos acallarlos en pro de la facilitación de un intercambio racional de ideas? Mill, que se oponía a todas las formas de censura, argumentaba que una intervención pública así se justifica solo en base al “principio del daño”. Como lo expresara famosamente en Sobre la libertad: “el único objetivo por el cual el poder se puede ejercer correctamente sobre cualquier miembro de una comunidad civilizada contra su voluntad es impedir el daño a otros”.

Consideradas aisladamente, muchas teorías conspirativas no quedan cubiertas por el principio de Mill. Simplemente creer que hubo un aterrizaje de extraterrestres en Roswell, Nuevo México, o que nunca nadie ha pisado la luna no daña a ninguna persona, aunque teorías conspirativas no dañinas pueden alentar acciones dañinas. Por ejemplo, la creencia de que las tecnologías 5G ayudan a propagar el Covid-19 llevó a la quema en el Reino Unido de torres celulares.

Más aún, algunas veces las teorías conspirativas infligen daño de manera indirecta, como cuando están vinculadas al antisemitismo. Podría no importar que el teórico de la conspiración británico David Icke crea que los lagartos están gobernando el mundo, pero sí que importa cuando ataca a los “sionistas Rothschild”.

Desde tan antiguo como Los protocolos de los sabios de Sion, el invento de la policía secreta zarista, los judíos han sido la elite preferida de los ataques conspirativos, lo que ayuda explicar por qué hasta el día de hoy figuras como George Soros siguen siendo víctimas de teorías conspirativas, y blancos de amenazas y difamación.

De manera similar, muchos de quienes atacaron violentamente el Capitolio estadounidense el 6 de enero de 2021, suscriben a la teoría conspirativa de QAnon que sostiene que Barack Obama, Hillary Clinton y Soros son miembros de un anillo satánico y pedófilo de tráfico sexual infantil.

Estados Unidos cuenta, para casos como éste, con una serie de medidas legales diseñadas para dar respuesta a los efectos negativos de las teorías conspirativas, como las ordenanzas de “ruptura de la paz” y leyes contra la alteración del orden público o el “discurso de odio”.

Pero, nuevamente, estos estatutos abordan acciones individuales, no las creencias mismas. El problema con la renuencia a vacunarse no es que Gates intente implantar un microchip en nuestros cerebros, sino el hecho de no vacunarse. ¿Qué puede hacer el Estado al respecto?

Las evidencias procedentes del Reino Unido sugieren que mientras más personas se vacunen, menos gente es renuente a vacunarse. El verano pasado, tanto el Reino Unido como Estados Unidos tenían niveles similares de ciudadanos “antivacunas”, pero esas opiniones se han reducido mucho en el Reino Unido, y hoy el país supera a Estados Unidos en cantidad de vacunados. Eso sugiere que mientras más personas se vacunen y vean que todo está bien, otras pueden decidir imitarlas.

La mejor manera de crear este círculo virtuoso ni es censurar las teorías conspirativas, sino vacunar más gente y difundir el mensaje de que, efectivamente, las vacunas son seguras y eficaces. Buscar evitar la difusión de las creencias falsas simplemente da herramientas a quienes afirman que el Estado quiere encerrarlos.

Para los últimos renuentes, la única solución podría ser una orden de vacunarse, en particular si se trata de habitantes de países que están a punto de alcanzar la inmunidad de rebaño. En momentos que la variante Delta, altamente contagiosa, asuela comunidades con tasas más bajas de vacunación, esa podría ser una verdadera aplicación del “principio del daño” de Mill: para impedir daños a los demás.

Como observara Mill, todas las creencias son completamente falsas, parcialmente verdaderas, o completamente verdaderas. En el caso de las teorías conspirativas, deberíamos recordar que muchas de ellas suelen estar basadas en pequeñas verdades, o al menos en un impulso legítimo por cuestionar el consenso de las elites. No, Gates no quiere controlar nuestras mentes con microchips, pero es perfectamente razonable inquietarse por la enorme influencia que están adquiriendo las gigantes tecnológicas sobre lo que pensamos.

Mill se refería a la exploración de estas sutilezas cuando promovía el enérgico cuestionamiento de las creencias que se dan por verdaderas. Si bien acabaremos derrotando a la pandemia, la batalla por el pensamiento crítico continuará.

*El autor es profesor asistente de Teoría Política en la University of Nottingham, es el autor de Nietzsche’s Great Politics.

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