Más importante que expresar nuestro coraje contra la ley de la gobernadora Jan Brewer, es saber qué medidas son más efectivas para echarla abajo.

Arizona se llama una bebida enlatada que se vende en las tiendas de conveniencia. Tiene algunos días que no se desplaza igual, la verdad es que no se vende nada últimamente. Yo creo que la vamos a retirar , me dice un empleado. Él no sabe de los planes corporativos de su empresa pero está en contacto con los clientes. Ahora nadie compra una bebida que se llame Arizona. prefiero esconderla, mejor que no se vea , confiesa.

Boicotear Arizona está de moda. No hablo de los city councils de Estados Unidos sino de México. El presidente Calderón llama a hacerlo. Lo mismo hacen diputados federales y el Consejo Coordinador Empresarial. No viajen al estado de la Ley SB 1070 ni hagan negocios con ellos, recomiendan líderes políticos, empresariales y obreros. Aquí no hay izquierda ni derecha, sino un sentimiento extendido. El que la hace la paga y Arizona nos agravió.

¿Sirve de algo el boicot? Esta pregunta requiere una respuesta. Todos podemos estar de acuerdo en que la ley promulgada por la gobernadora Jan Brewer es racista y nos ofende, pero lo más importante no es cómo expresamos nuestro coraje, sino qué medidas son más efectivas para echarla abajo.

El boicot económico es un arma poderosísima. Por eso, antes de ponerla en marcha, debemos entender cómo funciona. Dejar de comprar bienes y servicios a las empresas de Arizona causará enormes daños a ese estado.

México es su primer socio comercial y le compró 4,500 millones de dólares en el 2009. Pasamos por alto que ese boicot generará perjuicios a los mexicanos que viven en ese Estado y también a las personas de origen mexicano radicadas allá. Son 1 millón 450,000 hispanos y medio millón de ilegales, aproximadamente. Los migrantes ilegales son uno de los grupos más vulnerables al daño económico que un boicot provocará.

No me malinterpreten. No estoy en favor de cruzar los brazos, simplemente quiero enfatizar la necesidad de medir las consecuencias de nuestras acciones. El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones, dice el proverbio. El daño también tocará territorio mexicano. El 40% de las frutas y vegetales que Estados Unidos compra de México entra por Arizona, según el Colegio de la Frontera Norte. El estado de Sonora tiene una relación casi simbiótica con su vecino. Comparten el paisaje del desierto y una intensa relación comercial. En el 2009 fueron 859,000 turistas de Arizona los que viajaron a Sonora y dejaron una derrama de 275 millones de dólares, según la Confederación Nacional Turística. La ciudad de Douglas en Arizona está vinculada con Nogales, Sonora, de un modo parecido al de Tijuana con San Diego o Ciudad Juárez y el Paso, Texas.

El boicot es un arma muy poderosa, pero no es tan fácil que tenga éxito, dice un artículo del Journal of Business Research: depende de la organización de los boicoteadores y la de aquellos que deben sentir la presión. Depende también de cuánto dinero pone cada quien y de la capacidad para ejecutar la estrategia. El presidente Calderón no dijo cuánto tiempo piensa que deberá durar el boicot ni planteó matices: ¿quiso decir suspender todos los viajes y todo el comercio, incluyendo las ventas de nuestros vegetales? No dijo nada sobre medidas de apoyo a los grupos perjudicados por el mismo.

Aeroméxico decidió no suspender sus vuelos y la Confederación Nacional Turística pide no hacer el boicot, en boca de su presidente, Miguel Torruco Marqués.

Quiero dejarlo claro: la Ley SB 1070 es una porquería y estoy en favor de emplear todos los recursos legales para combatirla. Sólo pregunto: ¿el boicot es la respuesta? ¿Qué tan lejos estamos dispuestos a llegar con él?

lmgonzalez@eleconomista.com.mx