Leí con inmenso interés —de hecho, me lo devoré— el último libro del muy respetado historiador Enrique Krauze El Pueblo Soy Yo. El tema es de gran actualidad y también para erizarle la piel a cualquier ciudadano sensato: el auge de los populismos en el mundo y la forma en que ese enfoque del poder presenta un grave peligro para la subsistencia de la democracia liberal. Es decir, en la medida en que el populismo pone en riesgo a la democracia, se vulneran las libertades individuales, la libre expresión de las ideas, la pluralidad, el respeto a las ideas ajenas y se atenta contra los derechos de propiedad.

El peligro es todavía más grande, en razón de que los populismos pueden ser tanto de derecha como de izquierda. En el primer bando están los casos de Trump en Estados Unidos y el partido de Le Pen en Francia. En el segundo, la “República bolivariana” de Chávez en Venezuela y los ejemplos de Lula en Brasil y de los esposos Kirchner en Argentina. Y desde luego —de ahí el presente artículo— de la actual candidatura en México de López Obrador con su partido Morena.

Por la especialización del autor, en el libro de Krauze apenas se toca el tema de mi preocupación actual, que es el de la economía del populismo. Concretamente, de su inviabilidad para lograr un régimen de prosperidad continua y autosostenible. Y una de las razones de la inviabilidad de la propuesta económica del populismo —aunque, ciertamente, no la única— es su inclinación al estatismo. Es decir, a la intervención directa del gobierno en el sistema económico, en particular en la calidad de propietario y administrador de unidades productivas. Que esta forma de pensamiento se encuentra bien viva, aunque subyacente, en la candidatura de AMLO se demostró hace unos días. La demostración nos llegó por conducto de Paco Ignacio Taibo II, secretario de Arte y Cultura de Morena. Le recomendó Taibo a AMLO que ante una situación de fricción con los empresarios por su renuencia a que haya “un cambio de política económica”, la reacción debería ser drástica: “Exprópialos. ¡Chinguen a su madre, exprópialos!”.

¿Expropiarlos para qué? Como se confirmó en la experiencia del comunismo soviético y chino, en la economía estatizada no hay incentivo en las unidades productivas para la eficiencia, la productividad y la innovación. Su destino es el estancamiento.

Bruno Donatello

Columnista

Debate Económico