Eso que el presidente Andrés Manuel López Obrador llama el neoliberalismo fue en realidad una respuesta al secuestro que la política hizo de la economía, allá por los años 70. No fue solamente, como algunos sostienen de manera denodada, la imposición extranjera de instituciones financieras internacionales y países de un modelo económico proclive al libre mercado, al libre comercio y a las finanzas sanas. Fue también, una solución a la imposibilidad de continuar con un modelo de desarrollo en que las prioridades políticas se imponían a la razón económica.

No es extraña la existencia de frases, como aquella de Luis Echeverría: “El rumbo de la economía se decide en los Pinos”. Y al día siguiente, su secretario de Hacienda, Hugo B. Margáin fue sustituido por su amigo José López Portillo, en 1973.

Durante el sexenio de Echeverría, se instituyeron buenas y malas políticas. A Echeverría debemos la creación de Fonatur, que ha tenido tanto éxito en el desarrollo turístico. Por iniciativa de México, logramos las 200 millas náuticas de explotación exclusiva del mar territorial, por lo cual tenemos muchas cosas como la industria petrolera. Tenemos al Infonavit, que ha cubierto aproximadamente el 80% de la dotación de vivienda en el país y varias otras cosas de las que no se ha hecho memoria suficiente y generosa. 

Durante aquel sexenio, también tenemos muy malas decisiones sobre la economía por razones políticas. Expropiaciones draconianas de tierras productivas para dotación a comunidades agrarias, que acabaron en fracaso y dejaron de producir. La creación de cooperativas que, en su mayoría, nunca resultaron, sobre todo las pesqueras. Precios de garantía para complacer a pequeños y medianos productores agrícolas que distorsionaron el mercado al punto de enriquecer a empresas panificadoras y empobrecer a seguros para la producción y quebrar bancos para la producción agrícola que tuvieron triste final. Todo gravitaba sobre el presupuesto federal y esto sólo aumentaba el déficit del gobierno, y agrandaba el crédito internacional de México.

Una política, sin embargo, generó estragos brutales. La de aumentar los salarios mínimos por la presión política del entonces secretario del trabajo, Porfirio Munoz Ledo. En efecto, Muñoz Ledo, logró la complicidad de la CTM para aumentar salarios mínimos por razones políticas y no contra aumentos en la productividad, como dictan las reglas de la economía más elemental. Por supuesto, Muñoz Ledo, quería congraciarse con los sectores obreros para ser postulado a la Presidencia de la República.

Tan es así, que siempre que se hace un análisis del devenir de los salarios mínimos, siempre se toma como referente el año de 1976. Año en el que los salarios mínimos han sido los más altos de la historia moderna de México. Las consecuencias fueron devastadoras. El aumento sin respaldo productivo, generó falta de inversión y por lo tanto, caída en la recaudación fiscal, lo que a su vez aumentó el déficit operativo del gobierno. Generó, también, masivas migraciones del campo a la ciudad, lo que requirió de inversión extra para la dotación de servicios y problemas de desarrollo urbano, invasión de tierras y serios problemas sociales, financiado con crédito nacional o internacional. Generó presiones inflacionarias sobre el sistema productivo y finalmente una devaluación del 100% a la moneda qué pasó de 6 a 12.50 pesos por dólar. El resto de la historia la conocemos.

López Portillo pudo financiar el déficit, con los descubrimientos sobrados de petróleo, pero el modelo clientelar y de sostenimiento del aparato de gobierno, que llegó a tener 1,200 empresas nacionalizadas a lo largo del sexenio de Echeverría y de López Portillo, finalmente colapsó.

El crédito internacional se hizo caro, el precio del petróleo se abarató y la economía mexicana se hizo insostenible, por razones puramente económicas y de mercado. De la Madrid, tuvo 6 años inflación y muy malos resultados económicos tratando de resolver los hierros previos.

Secuestrar a la Economía con la política, es un mal negocio. Ya lo hemos vivido. El día de hoy llevamos más de 4 magnas reuniones con los grandes capitales de México y la inversión es nula. Hemos subido el salario mínimo por razones políticas y no sabemos de sus consecuencias en el mediano plazo. Hemos subido impuestos en IEPS a gasolinas, bebidas, refrescos y cigarros y, aunque sólo sea un 10% (más que la inflación), no sabemos el impacto que tendrá en el corto y mediano plazo.

Si el Presidente de México quiere seguir un camino que ya hemos recorrido con consecuencias devastadoras, nos esperan 5 años de malos presagios y malos resultados. El dinero del presupuesto es finito y lo aportamos los que pagamos impuestos. Sin trabajo, sin inversión y crecimiento será insostenible el modelo de Morena. Espero estar equivocado, pero lamentablemente lo dudo.

Miguel González Compeán

Abogado, politólogo y economista

Columna invitada

Ensayista e interesado en temas legales y de justicia. actualmente profesor de la facultad de derecho de la UNAM.