En el orden económico, la reciente derrota electoral en Argentina del delfín de Cristina Fernández de Kirchner, de apellido Scioli, puede interpretarse como un voto de castigo al modelo de economía populista que había empobrecido a ese país desde que el fallecido bizco y su controvertida cónyuge empezaron a dirigir los destinos de esa nación. Posiblemente, una interpretación semejante puede hacerse para el resultado electoral, aun más próximo, que tuvo lugar en Venezuela. En ambos países, la estrategia económica había sido de inspiración parecida aunque la versión venezolana fue siempre mucho más radical. Y en ambos casos, el resultado fue semejante: un empobrecimiento creciente de las masas a las que supuestamente se quería beneficiar.

En el orden personal, apenas hace dos años visité Buenos Aires constatando con consternación los daños por la inflación que había generado el gobierno de Cristina, a la vez que impedía una evaluación objetiva del fenómeno. Pero aunque la inflación se ocultaba estadísticamente, el flagelo causaba sus estragos en la forma de cientos y hasta miles de negocios pequeños que habían quebrado por efecto de la elevación desordenada de los precios. Seguramente, entre esos empresarios chicos que tuvieron que cerrar no había muchos de los odiados oligarcas .

Si el gobierno de Mauricio Macri trae seriamente el propósito de sanear la economía argentina para que recupere su capacidad de crecimiento, la erradicación del proceso inflacionista tendrá que estar entre sus prioridades, aunque ciertamente no será el único problema con el que tendrá que lidiar. En Argentina hay otras dificultades y muy graves. En términos históricos, el caso de Macri recuerda al de Miguel de la Madrid en México, quien al llegar a la Presidencia recibió en herencia un país quebrado.

Además de la estabilización, en la agenda de los problemas que la administración Macri tendrá que enfrentar sobresalen el de la deuda externa pública, que se encuentra en moratoria parcial; el déficit de las finanzas públicas, que probablemente deberá encararse con medidas de privatización, y el embrollo que les heredó la administración de Cristina en el orden cambiario.

Después de tantos años de un manejo económico distorsionante y destructor de riqueza, no será fácil erradicar los desequilibrios a la vez de restaurar la confianza de los ahorradores e inversionistas, tanto locales como extranjeros. Sin su participación activa, será imposible que el replanteamiento del modelo de desarrollo se traduzca rápidamente en una mejoría del bienestar general.

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