Resulta paradójico, sin ser sorprendente, que el país que hace cuarenta años invadió Afganistán y fue expulsado por los ancestros de los talibanes, sea ahora el mediador entre los actuales insurgentes y las autoridades afganas. Esto no hace sino reafirmar lo que Lord Palmerston decía: “los países no tienen amigos permanentes, ni enemigos permanentes, solo tienen intereses permanentes”.

El antiguo enemigo participa ahora activamente en las arduas negociaciones que se llevan a cabo entre el movimiento talibán y el gobierno afgano para evitar que el país se vea envuelto en una cruenta guerra civil, como consecuencia de la partida de las tropas norteamericanas y de la OTAN que han dejado un vacío de poder en el país, en detrimento de los intereses geopolíticos de Moscú.

Rusia ha llevado a cabo una serie de negociaciones con las partes en conflicto, el movimiento talibán y el gobierno afgano, con el fin de pacificar el país, pero consciente de que los talibanes despliegan una ofensiva terrorista para ocupar una buena parte del territorio. Según el enviado ruso en Afganistán, Zamir Kabulov, los talibanes están dispuestos a llegar a un acuerdo tras veinte años de conflicto.

No debemos soslayar el hecho de que Afganistán sea considerado como parte de la zona de influencia rusa en el Asia Central desde hace siglos y que por ello se haya confrontado al imperio persa, al imperio británico y a los Estados Unidos, ni sorprendernos si Rusia llegase a intervenir militarmente de nueva cuenta.

De lograr el tan deseado acuerdo de paz, sin recurrir a la fuerza, Rusia recuperaría su papel de gran potencia mundial, elemento toral del ideario del presidente Putin.

*Fue Embajador en Egipto, Siria, Jordania, Senegal, Jefe de Cancillería en URSS y Reino Unido; es autor de “Historia de las relaciones México y Rusia”.

@hectorcard1