Lo importante no es lo que prometen, sino saber qué candidato es capaz de crear más empleo real.

Tras la última encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), en la que Pedro Sánchez casi arrasaba, hasta el punto de no necesitar el apoyo de los chicos de Carles Puigdemont para gobernar, José Félix Tezanos, presidente del organismo demoscópico, se vio obligado a aparecer públicamente hace unos días para desacreditar su propio trabajo. Tezanos dijo que no le creía al CIS y que la derecha tenía mucho voto oculto que podía deparar sorpresas. No hay que tener la sagacidad de Tyrion Lannister para advertir que Tezanos recibió una llamada desde Ferraz o incluso desde La Moncloa con un mensaje: “Deja ya de desmovilizar a nuestros votantes”.

No ha sido la única desautorización que ha tenido que realizar el equipo del presidente o del candidato en las últimas semanas. Hace sólo unos días se hizo público que Pedro Sánchez participaría únicamente en el debate de campaña en una televisión privada con los otros contendientes, incluido Santiago Abascal, el candidato de Vox. Rechazaba de esta manera el debate a cuatro (sin Vox) que con torpeza e ingenuidad había solicitado TVE. “¿Os devuelvo la dignidad y queréis que vaya a un debate sin Vox?”, debió pensar Sánchez. ¿Pero qué se han creído estos de TVE? Alguien no ha entendido que Sánchez necesita que Vox esté en el plató para intentar que haya más ruido. Si el presidente, que ha llegado a cuatro días hábiles de las elecciones pasando casi desapercibido, consigue que el día 23 la discusión discurra sobre quién es el líder de la derecha tendrá mucho ganado. Y para eso necesita tener frente a él al Abascal más vehemente. Y una vez ahí, necesita darle carrete para convertirlo, al menos ante los televidentes, en su principal adversario.

El presidente querrá embarrar también el terreno y que Pablo Casado, Albert Rivera y el propio Santiago Abascal se pinten la cara hasta que no se les pueda distinguir y se lancen contra él. Necesita que la gente perciba el dóberman de la tres derechas, su principal argumento hasta ahora. Con un poco de suerte para Sánchez la discusión derivará en una jaula de grillos, con lo que el empate estará al alcance de la mano. Saldrá a relucir la violencia de género, la inmigración, la muerte digna, el aborto, incluso Franco, y otros asuntos que no son sustanciales de lo que ahora está realmente en juego. Se hablará de Cataluña, Sánchez cogerá la bandera de la unidad con fervor.

Lo realmente clave en las que son posiblemente las elecciones más importantes de la democracia es ¿qué modelo de España va a crear empleo? ¿Quién es capaz de afrontar mejor una desaceleración? Estamos hablando de economía real, de la única que puede pagar las pensiones y asegurar el Estado de bienestar. Y esa España, ¿se va a construir desde el Estado o desde la sociedad civil? La primera opción pasa por un sistema fiscal extractivo que ha demostrado a lo largo del tiempo que desincentiva la actividad y por tanto el progreso. Recauda a corto plazo, pero el retorno al ciudadano no se realiza de forma eficiente. Buena parte de esos impuestos se quedan por el camino en proyectos pensados por alguien más preocupado por gastar que por crear. La segunda opción otorga la confianza a la sociedad, a la empresa, a los emprendedores. Para ésta, la recaudación es la consecuencia del impulso de todos. Los indecisos tendrán que decidir cuál es el modelo bueno, si el ruido y el barro se lo permiten.