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Rockonomía de conciertos

The Beatles tocó en el Shea Stadium frente a un público de 55,000 espectadores el 15 de julio de 1966. Foto: Facebook.com/TheBeatles
Cuando The Beatles tocó en el Shea Stadium en 1966, los boletos costaban entre 4.50 y 5.65 dólares (unos 32 o 40 dólares al precio actual). Los boletos para los tres días del festival de Woodstock costaban alrededor de 18 dólares. Este año, los boletos más económicos del festival de Coachella costaban 429 dólares. En las primeras presentaciones que la islandesa Björk dio de su espectáculo multicolores conocido como Cornucopia, los boletos más caros rondaban los 10,000 pesos, mientras que la entrada más económica costaba 1,500 pesos. Lo que significa que tus conjeturas estaban correctas: los precios de los conciertos se han vuelto extremadamente caros.
El economista estadounidense Alan Krueger estimó que entre 1995 y el 2018 el precio de los conciertos en Estados Unidos aumentó 190 por ciento. Comparativamente, el índice de Precios del Consumidor aumentó 59% durante el mismo periodo y su salto se comparó sólo al costo inflacionario en la atención médica y en las colegiaturas universitarias. Las carteras lo saben. En su último libro Rockonomics, publicado de manera póstuma, el economista apuntaba los reflectores sobre los cambios que ha sufrido la industria musical.
Para Krueger, el entretenimiento en vivo cambió de tener la identidad de una fiesta de la cuadra, donde todos los asistentes contribuyen para generar una experiencia única y se transforman en eventos que carecen de una identidad a un mercado impersonal. “Los eventos deportivos comerciales, los conciertos y tal vez otros espectáculos tienden a pasar por un periodo donde inicialmente parecen más como un encuentro social, pero con el paso del tiempo (...) se transforman para convertirse en algo más parecido a un mercado, donde los precios son determinados por las fuerzas de la oferta y la demanda”, escribe.
Desde la llegada de Napster, la plataforma de intercambio musical que agitó a la industria musical en 1999, los artistas han tenido que subsistir principalmente de hacer constantes giras por todo el mundo, ya que el mundo cada vez compra menos música. El streaming sigue siendo un método de distribución sumamente desigual para artistas en las esferas más bajas de la industria musical. Lo que significa que los artistas hacen más giras y en cada gira tratan de exprimir más cada centavo para que rinda.
Los artistas contemporáneos –sin importar su género– han incursionado en empaquetar el acercamiento con los fanáticos, para que se puedan tomar una foto, tener una cena con la banda, un bonche de souvenirs y un acceso “ilimitado” al mundo del artista. La masificación de los festivales de música son también una consecuencia de los costos de montar un espectáculo en vivo. Para un festival, los promotores y organizadores pueden amortizar los costos –como promoción, seguridad, iluminación, montaje del escenario– para un evento de tres días y es más económico que tener que montar y desmontar un escenario para cada locación.
Cada que se aproxima el concierto de un artista “de talla internacional”, los aficionados tienen que pelear contra los revendedores y acaparadores de boletos por una entrada en la sección del puente del Río Churubusco para ver a su artista favorito en el foro con nombre de cerveza. De lo contrario, la odisea consistirá en apostar por enfrentarse a los sobrecostos que implica buscar un boleto en el obscuro mercado de la reventa. Las preventas de los bancos, las fases de venta de los boletos y las entradas VIP tienen la misma finalidad que cuando las aerolíneas te cobran más por una maleta o por un asiento en clase ejecutiva: obtener un mayor ingreso de los asistentes. Krueger documenta que los precios de los conciertos por muchos años eran vendidos a precios menores de su valor real, donde casi todos los boletos tenían el mismo costo y no había la discriminación de la zona oro y platino de hoy. Tu instinto no te mintió, ir a un concierto en 2019 se ha convertido en un gusto muy caro.
Twitter: @tonebecerril

