El concepto de responsabilidad social y el de bien común viven una penosa paradoja. Por un lado, se presentan como un concepto sencillo: el interés individual y el interés colectivo son un binomio indisociable. Por otro lado, es innegable que las personas perciben una sincera oposición entre individuo y colectividad: lo que es mío es mío, y participar en la vida comunitaria pertenece a la esfera ética más que a un verdadero retorno económico. Pues, no es así. Como peces en un acuario, nuestra vida depende del estado de nuestro entorno: puedo ser el pez más grande y fuerte, pero si nadie se encarga de lavar el filtro, voy a morir con y como los demás.

Si este concepto es tan evidente, ¿por qué es tan difícil identificar y perseguir el bien común? La razón reside en nuestra perspectiva sobre el mundo, en la idea misma que tenemos de él. Estamos todos bien convencidos de que las dinámicas sociales y económicas globales se basan en la competición. Este dogma es tan obvio que no se cuestiona. Con el fin de confutar esta idea, basta hacer un pequeño ejercicio mental: ¿cuándo y cuánto competimos durante nuestras jornadas? Pues, muy raramente. Desde la familia, hasta en el trabajo, cooperamos constantemente con otras personas y grupos. Ser “animales sociales” significa justo esto: no es posible vivir sin coordinarse y cooperar a fin de realizar objetivos individuales y colectivos.

Pero, ¿por qué tenemos una idea tan equivocada de la realidad? La idea de que la competición es el pilar del sistema-mundo y que la sociedad per se no existe, ya que sólo existen los individuos y sus intereses particulares, tiene un claro origen histórico. Estas ideas se institucionalizaron en los años 80, impulsadas por Reagan en los EU y Thatcher en el Reino Unido. Y eran funcionales al oponer al “mundo libre” del “mundo comunista”. La exaltación del individuo ha sido la verdadera bandera de la ideología liberal-capitalista.

La lucha, hoy en día, se ha mudado desde el plano ideológico al plano factual. Ya no estamos en lucha contra visiones opuestas del mundo y de la sociedad, sino que luchamos para la supervivencia. Hemos intervenido tanto sobre nuestro planeta, que nos hemos vuelto el mayor factor de cambio geológico (la era geológica actual se llama antropocene, la edad del hombre). Sin embargo, estos cambios se nos han vuelto en contra. El cambio climático está volviendo invivibles muchas zonas altamente pobladas de nuestro planeta. Entonces, regresando a la pregunta inicial: si es tan evidente, ¿por qué no nos coordinamos para resolver estos problemas? ¿Por qué la responsabilidad social no se impone como principio humano básico y compartido?

Para que esto pase, hay dos caminos. Por un lado, hace falta que un gobierno imponga desde lo alto unas reglas del juego animadas por valores de cooperación social y protección ambiental. Sin embargo, para que un gobierno se haga cargo de estos objetivos, hace falta que la misma población lo pida. Pero, para que esto pase, hace falta un cambio cultural. Nada y nadie puede cambiar la sociedad más que los institutos educativos: familia, escuela y universidad. Si queremos verdaderamente impulsar un camino compartido basado en valores humanos, es necesario educar a los estudiantes para un mundo como realmente es: un sistema imperfecto en el que las personas compiten para mejorarse, pero cooperan para vivir.

*El autor es profesor del área de Entorno Político y Social de IPADE Business School.