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República del Chile
Cuando joven escuché la discusión entre un mexicano y una chilena sobre cuál de los dos países tenía bellezas naturales más prodigiosas. El mexicano reconocía nunca haber estado en Chile, la chilena había visitado la Riviera Maya. Escapé, no quería que pidieran mi opinión en disputa tan mema. Los mexicanos somos bien nacionalistas, será culpa de la educación que recibimos: en clases de civismo nos enseñan el himno nacional. Y por eso atropellamos al resto (conciudadanos incluidos) como extraños enemigos que osan profanar con las plantas de sus pies nuestro suelo. El nacionalismo ofusca.
El gobierno actual ha puesto especial énfasis en defender la soberanía nacional y la continuidad de nuestra nación que, según su narrativa, comienza con los pueblos originarios (todos) y llega hasta el día de hoy. Nación que ha resistido conquistas y ocupaciones. Tal defensa incluye la del patrimonio cultural. En concordancia con esos afanes, hace unos días la Secretaría de Cultura difundió un video en el que informa sobre un “esfuerzo extraordinario para proteger y recuperar lo que a los mexicanos nos pertenece”. Y comunica que la empresa ha permitido detener subastas en el extranjero de piezas arqueológicas obtenidas ilegalmente, y el regreso a México de más de cinco mil objetos ancestrales. Qué bueno ver tanta enjundia para repatriar piezas sustraídas ilegalmente del país. Ojalá INAH y Cultura defendieran con el mismo ahínco los vestigios que las obras del Tren Maya destruirán a su paso. No lo harán, pero a estas alturas a quién sorprende el doble rasero del Gobierno de México, es marca de la casa.
Un tema mucho más interesante es aquel de hacer un esfuerzo por “recuperar lo que a los mexicanos nos pertenece”. Sin duda las leyes de nuestro país protegen los vestigios arqueológicos encontrados en suelo nacional, pero dudo que “nos pertenezcan”. Van unos ejemplos: ¿qué diría un purépecha que vio llegar a los españoles en el XVI de que sus objetos (ya sean representaciones de dioses o utensilios de la vida cotidiana) habrían de pertenecer legítimamente a un país llamado como la capital del imperio que avasalló a tantos pueblos mesoamericanos? No olvidemos que México-Tenochtitlán era una capital imperial. ¿Qué pensaría un Maya de Palenque (que no se llamaba así) si supiera que la máscara de jade de Pakal sería descubierta y expuesta en el Museo de Antropología e Historia de Ciudad de México. Y, peor, qué pesadillas le llevaría al pienso el hecho de que humanos del futuro, descendientes de muchas mezclas (incluidos conquistadores mexicas e ibéricos), se arrogarían el derecho a poseer su cultura y su máscara? ¿No preferiría aquel maya del pasado que los vestigios de su cultura pertenecieran a Guatemala?
Hay colonialismo interno, qué duda cabe. En tal sentido podríamos preguntarnos: ¿qué distingue a la sala maya del Museo de Antropología e Historia de la sala con los frisos del Partenón del Museo Británico? Habría que consultar a los pueblos mayas. Tengo la impresión de que, por caminos extraños, los Estados Unidos Mexicanos son la realización del sueño imperialista Mexica. En el nombre llevamos la penitencia. Así pues, con el afán de liberarnos del dejo colonizador de nuestro nombre nacional, sugiero cambiarlo. Quizá podríamos ser “Estados Unidos de Nueva España”, pero temo que es poco afín al discurso de la transformación. Podríamos ser “Estados Unidos de Meso y Aridoamérica”, pero suena impronunciable. Preferiría quitarle eso tan yankee de “Estados Unidos”, pese al presidente Juárez, y llamarnos simplemente República de tal y cual. Por obvias razones, “República del Chile” nos vendría como anillo al dedo, pero no sé si nuestros hermanos chilenos lo verían con buenos ojos.
Twitter: @munozoliveira

