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Opinión

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Renato Leduc y mis 200 columnas

La colaboración que usted, lector, lectora, está empezando a leer es la columna número 200 que el autor escribe para el periódico El Economista. Diario en el que sus directivos -el ingeniero don Jorge Nacer y mi amigo Alberto Vega- tuvieron la generosidad de brindarme un espacio bisemanal -martes y jueves- a mí que, ya no me cuezo al primer hervor , hiciera mis pininos en el respetable oficio del periodismo.

Es obvio que a pesar de esta circunstancia, o mejor dicho por ella misma, el título de periodista me queda grande.

Soy -cuando menos ésas han sido mis intenciones- un ciudadano de a pie que tiene la inmensa fortuna de poder escribir, en un prestigiado medio como éste, comentarios surgidos de las noticias cotidianas que se germinan en el quehacer político. Actividad ésta -la política- que en nuestro país germina una comedia de errores y horrores, circunstancia que yo he aprovechado hasta donde me alcanza mi exiguo talento para convertir en humor. No siempre lo logro. Reconozco que apenas ando en la búsqueda de un estilo propio.

Doscientas columnas son poca cosa si las comparamos con las de miles de colaboraciones que deben haber escrito personalidades de este mismo diario como don José Fonseca; nuestro director general, Marco A. Mares; nuestro director editorial, Luis Miguel González, y los siempre leídos Enrique Campos Suárez y Alberto Aguirre.

¿Cuántas columnas habrán escrito en su prolongada trayectoria periodística Jacobo Zabludovsky, Joaquín López-Dóriga, Julio Hernández López, Rafael Cardona y Miguel Ángel Granados Chapa?, periodistas en activo a los que, entre otros, admiro.

Líneas arriba decía yo que he tratado de hacer mis comentarios con cierta dosis de humor. La cosa no es fácil. No son muchos los antecedentes sobre este tipo de trabajo en el periodismo contemporáneo. Recuerdo en los años 50 y 60 a Carlos León, su columna se llamaba: Humorismo en serio . Don Carlos era de ultraderecha, esta razón hacía que, sin dejar de reconocer su ingenio, no me pareciera gracioso. Por los mismos años recuerdo a una mujer que escribía en un tono irónico y agudo: Dolores Masip.

En este elenco, por ningún motivo, puede faltar el nombre de don Marco A. Almazán, genial humorista que escribiera con rigurosa puntualidad y constancia en varios diarios nacionales desde finales de los 60 hasta mediados de los 80. Un caso fuera de lo común es el del novelista y dramaturgo Jorge Ibargüengoitia, quien sin dárselas de humorista sus escritos periodísticos, por su fino sarcasmo, provocaban la risa del lector. Algo parecido sucedía con el gran Carlos Monsiváis. Pero estos dos últimos casos son palabras mayores. La lista estaría incompleta si no mencionara a Germán Dehesa, quien logró establecer con sus lectores un chocarrero código de comunicación sobre las peripecias de su vida particular. Cierro la nómina con mi amigo Marco Antonio Flota, quien en los últimos 40 años ha hecho mofa, de manera persistente e ingeniosa, de la política y los políticos mexicanos.

Renato: la leyenda

Pero si se me apareciera el genio de una lámpara y me concediera un deseo, éste sería poder escribir como don Renato Leduc (1897-1986). Poeta involuntario se declaraba y su poesía, compendio de humor y rigor, está en varias antologías. Periodista por accidente se dijo y sus columnas Banqueta y Semana Inglesa son un hito paradigmático por interesantes, honestas, informativas y sobre todo irreverentes. Poseedor de magnifica prosa que le permitió no sólo hacer sabrosas crónicas, suculentos y espontáneos ensayos, sino también abordar la novela: El Corsario Beige escrita en 1940 es hilarante ( y el caramelo que la infancia chupe -será siempre tu nombre Guadalupe ).

Renato nació humorista porque la naturaleza lo dotó de un deportivo desdén por las cosas trascendentales. Hombre congruente entre su vida y pensamiento, rehusaba invitaciones oportunistas de políticos y personajes de sociedad. Jamás usó corbata.

Su amigo, otro insigne periodista, don José Alvarado, lo describió así: Renato es periodista, fue gente de telégrafos, viaja a pie, en el Metro, camión, tranvía, ferrocarril, aeroplano o montado a caballo. Le llaman poeta y él lo niega; le dicen el Gran Jefe Pluma Blanca, como caudillo de una tribu extinta de comanches . (...) Lo miran en la Plaza de Toros y no desdeña el ensabanado de Texcoco ni el mezcal de Tamazula. Pero, ¿es el mismo Renato o son varios fantasmas con su nombre? Nadie lo ha podido averiguar hasta la fecha . (...) Cada mañana Leduc inaugura una leyenda y cada noche la deja morir .

Tuve el gusto de conocer a don Renato. Nadie nos presentó y jamás supo mi nombre. Varias veces, al encontrármelo a la salida de los toros, le hice algunos comentarios que él siempre tuvo la amabilidad de responder con otro no exento de su lenguaje habitual -salpicado de chingaos y cabrones-.

Sería muy sano que las nuevas generaciones conocieran la obra -o parte de ella- del gran Renato: El Prometeo Sifilítico es un agasajo. De hecho hay quienes conocen su célebre soneto Tiempo , que escribió en la Escuela Nacional Preparatoria para ganarle una apuesta a su compañero Adán Santana. El poema, musicalizado por el maestro Rubén Fuentes, se hizo popular en las voces de José José y Marco Antonio Muñiz.

Nada más para darles una prueba del ingenio y la capacidad poética del maestro trascribiré aquí unos fragmentos de su Epístola para una dama que nunca en su vida conoció elefantes : En realidad, los elefantes/ no tienen la importancia que nosotros les dimos/ antes. Son como una señora con los senos opimos/ los pobres elefantes.

El símil no es exacto pero da bien la idea:/ el elefante tiene su trompa y la menea/ con el fláccido ritmo que la dama sus senos./ Y se parecen mucho aunque usted no lo crea. (...)

Hay elefantes blancos pero no son comunes/ son como la gallina que pone huevo en lunes. / Los usan en los circos y en las cortes fastuosos/ para atraer turistas y algunas otras cosas.

Los elefantes son, más comunmente, grises: / a veces son gris-rata, a veces son gris-perla/ y tienen sonrosadas como usted las narices. (...)

Un rajah de la India, por razones que ignoro,/ arrancó los colmillos de su fiel proboscidio/ quien se puso ipso-facto, dentadura de oro/ y murió ipso-facto... ¿fue piorrea? ¿fue suicidio?

Leduc como nadie en su poesía se burló de los farsantes políticos y simuladores funcionarios y corruptos líderes sindicales. Un ejemplo es su poema El líder que aquí les ofrezco dedicado al excontrabandista de hornos de microondas, millonario coleccionista de autos antiguos y secretario general de la CTM, Joaquín Gamboa Pascoe:

El líder camina con paso de pato./ No es que sufra callo/ ni estrecho el zapato/ es que así es su andar/ y con el desfila el primero de mayo/ y en las noches entra a su dulce hogar./ Al líder le sobra dinero: cuotas/ y otras prestaciones de trabajador/ le brindan queridas/ maricas, madrotas/ vicios de banquero/ goces de hambreador.

La vida del líder es sólo un prurito/ contumaz y terco de actos-de-adhesión:/ de guiar su manada servil y obediente/ y escuchar el grito: Gracias...gracias... gracias/ Señor Presidente / traseros en alto, en la procesión.

Oí por ahí

Un periódico solicitó humoristas para escribir una columna. Los aspirantes al trabajo hacían una fila muy larga afuera de la oficina del Director. Cuando tocó su turno a M, el Director le expuso: Diga algo gracioso que demuestre su sentido del humor. M salió a la puerta y dijo dirigiéndose a los que esperaban que eran muchos: Chicos, dice el Director que ya se pueden ir porque el empleo es mío.

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