Si algo queda claro en la grave crisis que enfrenta Europa en estos tiempos es que todos fallaron en cumplir su palabra empeñada al momento de propiciar una unión monetaria.

Dado que el euro se convierte por definición en una camisa de fuerza que limita cualquier ajuste local por la vía monetaria, era indispensable para los participantes mantener el nivel de vida a través de la productividad.

Pero ante desarrollos tan dispares en Europa el pronóstico más acertado para la región fue que los del norte corren mucho y los PIIGS se quedarán.

Los países menos eficientes empezaron a compensar sus fallas económicas con deuda. Gobiernos gastando mucho más de lo que ganaban y estados pidiendo prestado a los mercados, con el aval de la moneda única europea.

Y lo podían hacer porque, a pesar de que el uso de una moneda común imponía reglas homogéneas, su calidad de países libres y soberanos les daba la libertad de seguir determinando la forma de manejar sus finanzas.

Al final, resultó incompatible un estilo de vida alemán con un comportamiento fiscal africano.

Hoy existe un nuevo pacto fiscal para la Unión Europea. Un acuerdo que debió ser parte de los documentos fundacionales de las etapas más estrechas en lo financiero de este conjunto de países, en donde algunos de ellos comparten la moneda.

Más allá de la república Checa, que tiene motivos políticos internos, era lógico que Gran Bretaña le diera la espalda a un acuerdo de mayores controles administrados desde el corazón europeo.

Como sea, la isla británica flota más cerca de Nueva York y Washington que de París y Berlín.

El nuevo pacto europeo tiene una serie de complejidades propias del tamaño de los problemas del continente, pero un buen resumen de lo que viene es la llamada regla de oro fiscal que no es otra cosa que grabar con piedra en la cabecera de los gobernantes que deben cuidar la disciplina en sus finanzas.

A partir de aquí, en paralelo a corregir los enormes boquetes que han provocado, al menos 25 de los 27 países miembros de la Unión Europea se comprometen a mantener presupuestos equilibrados en el que el déficit no sea mayor a 0.5% del PIB y la deuda no rebase 60% de su producción nacional.

Hasta ahí, las mismas reglas que se comprometieron a acatar y cumplir cuando optaron por ser parte de la unidad. La diferencia es que, a partir de este punto, no cumplir con estas reglas implica sanciones automáticas y muy fuertes.

Este conjunto de medidas disciplinarias con sanciones, con todo el corte del orden al estilo alemán, deberá quedar plasmado en las constituciones locales, para que tenga el más alto rango local.

Hoy nadie se atreve a regatearle a Berlín el poder obtenido en la región; en primer lugar porque a pesar de la crisis es la economía más estable de la región, desde siempre es la más grande y es la que tienen los recursos para una siguiente reconstrucción financiera del continente.

Alemania, ya sin los tapujos de la posguerra, exige a los socios más débiles que cedan parte de su soberanía para conducir sus destinos financieros. Algo que en circunstancias normales, lejanas a esta crisis tan fuerte, sería inaceptable.

Pero hoy que los ingleses marcan distancia de la Europa continental, los alemanes aumentarán de forma muy natural el liderazgo en esas tierras.

Y claro que muchos países en desgracia se dejan ayudar, aunque con una mueca.

En España se preguntan hoy, por ejemplo, ¿cómo le van a hacer para crecer y al mismo tiempo para amarrarse el cinturón hasta los niveles que hoy les exige la Unión Europea?

Los españoles por lo pronto ya le anunciaron a sus socios que los compromisos asumidos por esa economía de bajar drásticamente este año el déficit fiscal son inal­canzables. Y la coartada es perfecta para ellos: fue un compromiso incumplible de los irresponsables socialistas, dice ahora el partido de derecha.

Total que Europa estrena un nuevo pacto, uno que ha sido obligado por las circunstancias. Un acuerdo que por su misma dureza no tiene la garantía de lograr su implementación.

Irlanda organizará un referéndum para su aprobación y, si fracasa en esa consulta, podría generar una onda expansiva de rechazo al cinturón de la disciplina.

Así que todavía no está tan cerca una solución que pareciera más definitiva para este continente. Por lo pronto, los que parecen haber ganado la batuta de la conducción europea son, a todas luces, los alemanes.