Tristes fueron las cifras que nos transmitió el Inegi de un decrecimiento de un 0.2%, que si se acumula al siguiente trimestre, técnicamente habremos entrado en lo que los economistas denominan una recesión (la última fue la de 2008-2009). Los sectores que tiraron de la cuerda fueron los primarios (especialmente la agricultura), pero en un momento en que el gobierno del presidente Trump está imponiendo nuevos e injustos aranceles al tomate mexicano, lo que no es un buen augurio para el sector agroalimentario.

Es verdad que todo cambio de sexenio supone una desaceleración, por el cambio de personal del gabinete; el tiempo que tardan en fijarse las nuevas prioridades, y que la nueva burocracia aprende las nuevas técnicas de la administración; en este caso los incidentes —causados en buena medida por el propio gobierno federal— del desabasto de la gasolina; las huelgas —legítimas creo yo pero enfrentadas al gran capital— por un incremento salarial de un salario de hambre (pero que luego cobra su venganza colocando sus fábricas en otros estados o países); el cierre de las vías del tren para transporte de carga por parte de las centrales sindicales; la cancelación del nuevo aeropuerto; los recortes al gasto público... Muchos de estos eventos hubieran podido evitarse con un poco de sentido común, voluntad y menos terquedad de nuestro primer mandatario.

Los pronósticos del crecimiento para este año también han bajado (de 1.6 aproximadamente los más optimistas, a 1% del Centro de Estudios Económicos y Sociales del Consejo Coordinador Empresarial). A todo ello hay que añadir el cierre de las fronteras, la todavía no actualizada pero esperada desaceleración económica de Estados Unidos, la incertidumbre del T-MEC y la guerra comercial China-Estados Unidos que puede beneficiar en un momento dado a nuestro país. Sin embargo, el porcentaje de aprobación de López Obrador ronda entre 59 y 69%, 20 puntos menos que hace escasas semanas. Como dijo el gran historiador Eric Hobsbawm: la gente quiere resultados, no proyectos, y éstos no se han materializado.

¿Por qué la economía está cayendo en un impasse? Dice la teoría austriaca de la economía que el motor del mercado son los empresarios, no los consumidores, que detectan necesidades no satisfechas a través de la información que está diseminada por la sociedad y cierran la brecha de la demanda con la oferta con precios y factores de la producción accesibles.

¿Qué pasa cuando no hay manera de cerrar esta brecha, ya sea por un exceso de incertidumbre gubernamental o constantes cambios de reglas, o bien porque los empresarios no cuentan con los factores de producción para cerrar esas brechas (dinero, tecnología, personal adecuado, proveedores o crédito)? Pues que la chispa empresarial que la escuela austriaca denomina empresarialidad (María Clara D. Pérez Vila, La figura del empresario en el pensamiento económico, Unión Editorial, 2007) va apagándose, hasta llegar un momento en que la economía se detiene, como una foto que no se mueve. Creo que esa es la auténtica causa por la cual tuvimos esta primera señal de alarma que constituyó el crecimiento negativo del primer trimestre, que debe prender las antenas de que no vamos por el camino acertado; y de que de no cambiar el timón, el barco seguirá detenido, sin que además el Estado pueda fungir como el motor de la economía, uno, porque sólo tiene 13% del PIB y depende de los impuestos para obtener sus presupuestos, y dos, gracias a la austeridad republicana o pobreza franciscana que ha detenido muchos de los proyectos y programas que servían de estímulo a la economía y al consumo.

¿Cómo lograr que la chispa apenas perceptible se convierta en fuego? No tenemos espacio en este lugar para comentar algunas medidas, pero como diría Einstein: es de locos pretender que aplicando las mismas causas se lograrán efectos diferentes, máxime cuando existe terquedad en quien maneja la nave y una ceguera ante lo que proporciona la situación del mar.

*Máster y Doctor en Derecho de la competencia, profesor investigador de la UAEM y socio del área de competencia, protección de datos y consumidores del despacho Jalife& Caballero.