Europa reaccionó tarde a la oleada migratoria del año 2015 y, ante las fuertes resistencias de algunos estados miembros a asumir su cuota de solidaridad con los refugiados llegados principalmente de la Guerra de Siria, Alemania decidió asumir la mayor parte del esfuerzo para no generar una crisis interna en la Unión Europea, a la vez que se abandonaba a los países del sur del continente a su suerte en la gestión de los flujos migratorios a través del Mediterráneo. Éste ha sido uno de los factores que populistas y xenófobos han sabido explotar en Italia para llegar al poder en las últimas elecciones.

Ahora, los cimientos del proyecto comunitario vuelven a tambalearse ante otra oleada migratoria, aunque de una dimensión sensiblemente menor. El portazo del gobierno italiano a los inmigrantes rescatados frente a las costas de Libia por diversas ONG tras haber sido abandonados a su suerte por las mafias ha dejado al descubierto las contrapuestas visiones de los socios europeos respecto al desafío migratorio. De hecho, la cuestión migratoria estuvo en el centro del debate en el Reino Unido sobre el Brexit, el mismo en el que las autoridades europeas no supieron ni se atrevieron a participar para convencer a los británicos que permanecieran en la Unión. Pero que la envejecida Europa necesita inmigrantes para hacer frente al declive suicida de la natalidad en la mayoría de los países comunitarios es indiscutible. Como también que no puede asumir sin más toda la inmigración que llegue a sus costas. Por eso, la cumbre que comienza hoy no puede ser otra oportunidad perdida para alumbrar una solución europea a la inmigración irregular.

Para encauzar de manera estable este problema, no valen buenismos ni ocurrencias. Ningún país europeo puede afrontar en solitario un desafío de estas dimensiones, y tampoco las posturas encontradas pueden ser excusa para que algunos gobiernos europeos traten de eludir esta cuestión tan trascendente. Es evidente que Europa no tiene una sola voz y nadie debe aspirar a ello. Pero la posición de la Unión Europea sí tiene que ser única y asumida por todos para que la solución que se adopte sea eficaz y creíble a ojos del resto del mundo. Por eso resulta poco acertada la idea compartida por Pedro Sánchez y Angela Merkel de que los estados miembros y vecinos de los países de origen y tránsito de los inmigrantes sean quienes negocien con ellos la manera de contener los flujos migratorios hacia las fronteras europeas. ¿Alguien imagina que las negociaciones en materia de inmigración entre Estados Unidos y México estuviesen lideradas por el gobernador del estado de Texas y por no la Casa Blanca?

Europa no puede tratar de salir de este nuevo envite migratorio con una solución puntual o uno de esos parches a los que nos tienen acostumbrados las autoridades comunitarias.

Lo que se requiere en esta ocasión es una solución conjunta, automatizada y que sea de obligado cumplimiento para todos los estados miembros. Y, por supuesto, la financiación y los medios técnicos necesarios para ponerla en práctica. De lo contrario, la cuestión migratoria volverá como un bumerán y seguirá erosionando las bases de la Unión Europea.

Los actuales, son tiempos de definiciones. El futuro de Europa se juega hoy.