La economía industrial del siglo XX se beneficiaba con las guerras. Otra cosa ocurrirá con la economía posindustrial del siglo XXI.

El PIB de México creció en el tercer trimestre del 2015 a su mejor ritmo en dos años. La economía mexicana encara el final del año con una perspectiva menos sombría que hace tres meses. Estados Unidos revisó las cifras: el PIB fue 2.1% en vez de 1.5 por ciento. En el cono sur, el próximo presidente argentino, Mauricio Macri, ha anunciado una rectificación de algunos de los principales errores del kirchnerismo: ofrece regresar autonomía al banco central y producción de estadísticas confiables.

¿Todo bien? Al contrario. El alza en las tasas de interés de la Fed ha dejado de ser el incitador del nerviosismo en el ecosistema económico. El problema es que ahora nos enfrentamos con una bestia mucho más difícil de enfrentar que la Reserva Federal: la guerra.

La economía industrial del siglo XX prosperaba con las guerras. Un conflicto bélico detonaba la producción y ayudaba al pleno empleo de los recursos ociosos. La economía posindustrial del siglo XXI es otra cosa. La tensión bélica inhibe el consumo de los particulares, que son responsables de dos tercios de la actividad económica, en Estados Unidos, Europa o México. Las ganancias de los sectores vinculados a la actividad militar no sirven para compensar las pérdidas en los servicios que requieren paz o, cuando menos, no-guerra.

¿Quién quiere ir a París? En condiciones normales, la capital francesa es el sitio más visitado por el turismo mundial. En un año como el 2014 recibió casi 33 millones de turistas. Desde los ataques de ISIS, ha sufrido una caída de 20 puntos porcentuales en la ocupación hotelera. Este bache no durará mucho, predicen los expertos... siempre y cuando no haya nuevos incidentes. Esto pega, porque el turismo involucra 18% de la población ocupada de París y genera una derrama superior a los ingresos petroleros de México. La normalidad se ha interrumpido. Las cifras del 2014 no sirven para hacer pronósticos de lo que ocurrirá para finales de 2015 o principios de 2016. No para el turismo en París ni para cientos de actividades en todo el mundo.

El problema trasciende Francia. La paranoia desatada por el Ejército Islámico provoca disrupciones y costos crecientes en actividades intensivas en logística. El tiempo de traslado y entrega de mercancías se ha incrementado más de 15% en las principales ciudades de Europa. Las tácticas de guerra de los yihadistas están diseñadas para desatar el miedo en varias ciudades simultáneas. Si atacan una playa en Túnez, preocupan a los visitantes de playas en todo el Mediterráneo. Si realizan un atentado en una gran capital como París, alertan a otras ciudades similares: Londres, Nueva York o Berlín. Si amenazan un aeropuerto, ponen nerviosas a cincuenta terminales aéreas.

La tensión es enorme. El derribe de un avión caza ruso por parte de Turquía añade unos grados de presión al barómetro. Hará más complicado el desarrollo de una acción conjunta en Siria y pondrá a girar los precios de energéticos. Ayer el precio del petróleo WTI se incrementó 3.04%, mientras que el Brent subió 2.78% y la mezcla mexicana recuperó más de 4 por ciento.

Los mercados financieros han tomado con relativa calma la escalada militar. Las bolsas están quietas. Los espíritus animales están medio dormidos, pero no sabemos por cuánto tiempo más. Estamos ante una nueva forma de guerra. La economía no saldrá beneficiada porque ya no estamos en el siglo XX.

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