Brasil es la moda. Es el ombligo del mundo en desarrollo, incluso arriba de China o India, porque además los cariocas caen muy bien por su fama de alegres.

Los brasileños gozan de las mieles de lo que han hecho bien sus gobiernos.

No sólo el del socialista Luiz Inácio Lula da Silva, sino los anteriores que desgastaron su capital político para aprobar reformas importantes, como las energéticas, que hoy dan resultados excelentes para la gente.

Los brasileños viajan, compran, invierten, crecen económicamente y son muy apreciados. Están en su momento y lo están aprovechando, sin duda.

Pero, cuidado con los costos del éxito.

Y no vale tanto la comparación con México, que tuvo su momento y lo desaprovechó de una manera criminal. México estuvo de moda hace un par de décadas y no supimos cómo administrar ese potencial. Hasta la fecha, ya sin la fama y el prestigio mundiales, no sabemos cómo destrabarnos de la mediocridad que nos tiene postrados.

No, Brasil debería verse reflejado en el espejo griego. Claro que ese país europeo tuvo todo el apoyo del resto de un continente que necesitaba esa masa territorial para aumentar su volumen corporal como bloque. Grecia no era más que la ingesta de esteroides para aumentar el tamaño del mapa europeo ante los otros bloques, como el norteamericano o el asiático.

Grecia recibió, junto con España o Portugal, un enorme apoyo de los socios ricos de la unión monetaria. Porque para que formaran parte del mismo cuerpo necesitaban aparentar un poco de esa fortaleza al estilo alemán.

La fiesta de presentación de los griegos en la sociedad europea fue sin duda la olímpica. Se lucieron, tiraron la casa por la ventana, hicieron unos buenos juegos olímpicos. Entrañables y políticamente correctos porque nadie olvidaba que el imperio gringo les había quitado de las manos la organización de los Juegos de 1996.

Pero para pagar la fiesta del 2004, los griegos pidieron prestado. Grecia, como ahora Brasil, fascinaba al mundo. Se les veía potencial y a él apostaron.

Brasil tiene la certeza de que se convertirá en una potencia económica en poco tiempo y le apuestan a ello. El objetivo fiscal del gobierno brasileño era llevar el déficit fiscal a cero durante el 2009. Pero llegó la gran recesión a finales del 2008 y la decisión fue apoyarse en el gasto público para sacar su economía adelante.

Al cierre del primer trimestre de este año, el déficit fiscal brasileño alcanzaba ya 3.53% de su Producto Interno Bruto.

Ahora, así como Grecia tuvo que hacer frente a la organización de los Juegos Olímpicos durante el 2004, con muy poca infraestructura, Brasil enfrenta dos compromisos de gran tamaño que implican invertir mucho en equipamiento.

El Mundial de Futbol del 2014 y los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro del 2016. Para los dos eventos se necesitan fuertes inversiones, aunque con sinergias y escalas, pero que necesitan de mucho dinero que hoy los brasileños no tienen.

Porque a pesar de los sueños primermundistas de esa nación sudamericana, la realidad de la pobreza sigue imperando. Y un gobierno como el del socialista Lula sigue gastando muchos recursos en programas sociales a fondo perdido que le consumen buena parte del Presupuesto.

Seguramente habrá hoy muchas oportunidades de levantar recursos en los mercados para lograr sus objetivos. Seguro que Brasil organizará unos buenos Juegos Olímpicos y un excelente Mundial que hasta podrían ganar en su propia casa.

Pero hay fiestas cuyas resacas nos hacen acordarnos más de las consecuencias que de lo bien que lo pasamos.

Los mercados, que se lo aprenda Brasil, son ingratos. Siempre estarán del lado de los ganadores y si mañana, por sus malas cuentas públicas dejan de ser atractivos, les van a dar la espalda, podrían terminar con su sueño de crecimiento en un segundo.

Para los políticos que tienen en sus manos las decisiones financieras de un país es muy fácil precipitarse en las decisiones, porque sus criterios son de todo menos financieros y eso sale caro.

Que le pregunten a los griegos que hoy pagan esas facturas o que nos pregunten a los mexicanos, que del sueño del primer mundo pasamos a la crisis sistémica del 95 que tan cara nos costó.