La primera vez, se trataba de una serie limitada. Adaptación de la exitosa novela de Liane Moriarty convertida en proyecto personal por dos de sus protagonistas (Reese Witherspoon y Nicole Kidman), junto al director Jean-Marc Vallée y el productor y guionista David E. Kelley (en busca de redención).

La primera vez todo giraba alrededor de un crimen. No sabíamos quién había muerto. No sabíamos quién era el(la) culpable. La historia que transitaba del melodrama doméstico al thriller policial estaba escrita desde el punto de vista de tres mujeres (aunque el canal dijera que cinco) viviendo en un idílico suburbio de Monterrey, California. Era una nueva versión de Esposas desesperadas sin el tono de farsa y con la firma de prestigio que aporta HBO.

Los episodios seguían sus desventuras matrimoniales, las escolares de sus hijos, sus aventuras extraconyugales, y los dilemas de vivir en un pueblo chico donde todo mundo habla de más. Había humor, diálogos espléndidos (Kelley cuando está afinado es casi insuperable en ello). Vallée dirigió los siete episodios con un estilo casi lírico, flotábamos sobre la costa melancólica al ritmo de Cold Little Heart y la voz de Michael Kiwanuka, y nos dejábamos atrapar por las espléndidas actuaciones y el misterio.

El episodio final cerraba la tensión. Nos enterábamos quién moría y cómo moría. Las cinco mujeres quedaban unidas por un secreto más, con el mismo disfraz en medio de un baile escolar; y con ese secreto llegaba la calma y la serenidad al pueblo. Fin.

HBO y las actrices arrasaron en la temporada de premios. Todos aplaudieron el buen gusto, la narración del punto de vista femenino, el ritmo, la elegancia de Vallée para contar la historia, el entusiasmo de las actrices que sacaron adelante el proyecto. Algunos querían más. 

Dos años después, los que querían más consiguieron una segunda entrega. Como no hay novela, la historia la acordaron Moriarty y Kelley. Como no hay misterio, la trama flotará ahora sobre ese secreto que culminó la historia original. Como ya no hay villano, llega al pueblo la madre del villano para sostener la antorcha, toquen platillos…retumben tambores…Meryl Streep se une al elenco.

Por un instante, alegría, volveremos al pueblo, a escuchar la música curada por Chloe (Darby Camp), los cafés en la bruma matinal, las casas, los restaurantes y las fiestas. Los niños regresan a clases. Las madres neuróticas aleccionan a los maestros, se miran con complicidad culpable, toman cafés y discuten sus problemas, va de nuevo.

Pero ya no hay una investigación policial amarrándolo todo. La historia no se cuenta desde el presente (crimen) hacia el pasado, tratando de recapitular lo sucedido. Esta nueva historia es una oda al estrés post-traumático. Las mujeres (ahora son cinco, cinco en los créditos, cinco personajes principales), recuerdan imágenes de la primera temporada (esa que no era en realidad primera temporada sino miniserie). Los secretos que habían quedado flotando, esas pequeñas mentiras cimentadas en el entramado social de los suburbios, serán la amalgama.

El mecanismo para que estos nuevos pretextos corran es un tanto forzado: las indiscreciones de una son escuchadas por otra que las dice en voz alta frente a una tercera, el chisme corre, todos se enteran, excusas, señalamientos, culpa. Streep es terrorífica como la madre del psicópata. Su construcción del personaje, desde los dientes falsos hasta las muecas, es tema para más de una pesadilla.

Las conversaciones en el auto suceden a las conversaciones en el café. Los encuentros en la oficina de bienes raíces suceden a otros en el patio escolar. La histeria en un sitio, se repite en otro. Las llamadas por celular nos llevan al sillón de la terapeuta que las atiende a todas. La prudencia quedó atrás, las emociones corren rampantes. Nadie aprendió de los sucesos de la historia original, los personajes están estancados en donde los dejó Vallée.

La nueva entrega (que sí merece ser llamada segunda temporada), la dirige Andrea Arnold, con sus credenciales del cine independiente (Fish Tank), lo cual la certifica como competente para adentrarse en la mente de sus protagonistas, pero no competente para retomar el tono lírico y la elegancia con que lo hacía Vallée (él aparece como Productor Ejecutivo, pero en realidad pasó página y se fue a hacer la excepcional Sharp Objects).

La verdad es que nos siguen gustando los personajes, pero ya no hay sentido de urgencia, ya no hay la investigación policial que amalgamaba el melodrama hacia el thriller. Sin ella, lo que queda es pura telenovela de alto presupuesto. Un epílogo extendido, servido a los fans que querían ver más de sus actrices y sus desplantes.

Pero no sólo de muecas, gestos y gritos vive el espectador contemporáneo, hay demasiada oferta televisiva, y estos cinco personajes son entretenidos pero intrascendentes. La nueva temporada tiene sabor a secuela, es un spin-off sin spin-off, un producto derivado en sí mismo, en pocas palabras: le pusieron más agua a los frijoles.

¿Vale la pena verla sólo por sus actrices? Puede ser. Algo con Witherspoon, Kidman, Streep, Woodley, Kravitz y Dern sigue siendo mejor que la mitad de lo que hay en TV en un día cualquiera. Pero esto no es Big Little Lies aunque se llame igual, conviene ajustar las expectativas.

Twitter @rgarciamainou

Ricardo García Mainou

Escritor

Las horas perdidas

Estudió Ciencias de la Comunicación con especialidad en Radio y Televisión Educativa en la Universidad de las Américas Puebla.

Ha escrito, editado, traducido y diseñado para diversas publicaciones literarias, periodísticas y especializadas: locales y nacionales (Libros de México, Revuelta, De viaje, Cinéfila, La masacre de Cholula, etc.).