Con el año nuevo vienen diferentes resoluciones que algunas personas se plantean, relacionadas con su propio bienestar y estilo de vida. Muchas de ellas están relacionadas directa o indirectamente con la alimentación. Diferentes encuestas de diferentes medios coinciden en señalar que entre las resoluciones más comunes se encuentran: perder peso, hacer ejercicio, ser más organizado, pasar más tiempo con familia y amigos, viajar más y aprender una habilidad nueva o tener un nuevo pasatiempo.

El punto con los propósitos es que, en muchas ocasiones, los planteamientos implican grandes expectativas con compromisos que, aunque implican toda una voluntad individual por lograrlos, si no son logrados, pueden provocar frustración y ansiedad.

Incluso la forma de plantear los objetivos tiene una importancia implícita que en ocasiones se pasa por alto. Por ejemplo, muchas personas se plantean la pérdida de peso como un objetivo a seguir. Habría que preguntarse qué es lo que hay detrás de esta ambición, puesto que el peso en sí mismo es sólo un indicador más de entre una multiplicidad de otros indicadores que por sí solo no habla de un estado de salud. Sin embargo, en una época donde por un lado tenemos alarmantes prevalencias de obesidad, la cuestión de querer bajar de peso se encuentra justificada en la buena conciencia medicalizante. Evidentemente, existe un componente de salud que es innegable, pero también en muchas ocasiones este componente de salud justifica una ambición de fondo de responder a los cánones de belleza que imperan sobre la delgadez o los cuerpos fit, o incluso, como una medida de control del cuerpo cuando tantas condiciones de los estilos de vida contemporáneos se vuelven inciertas, impredecibles y por lo tanto, fuera del control individual. En menor o mayor medida, ninguno de nosotros puede escapar de estas normas socialmente impuestas. En este planteamiento, más que el peso, habría que proponer algo más positivo, como intentar comer mejor en todo sentido (de salud, emocional, cultural y socialmente).

El propósito de viajar más se inserta en la ideología de una generación Millennial por excelencia que prefiere las experiencias por encima de las posesiones materiales. El hecho de viajar para muchas personas es indisociable del hecho de degustar y probar nuevos sabores y comidas asociadas al lugar que se visita. De hecho, éste es uno de los puntos esenciales por el que se decanta la afición o aversión a los viajes según algunos estudios, dependiendo de la neofilia alimentaria de una persona (gusto, afición y curiosidad por probar nuevos sabores) o por el contrario, del grado de neofobia alimentaria que se tenga (miedo o aversión a probar nuevos sabores). Todos los seres humanos transitamos en mayor o menor medida por estos dos estados en mayor o menor grado, y es en los viajes en donde se ponen más a prueba estas cuestiones.

Por último, los propósitos de pasar más tiempo en familia, ser más organizado y/o aprender una nueva habilidad podrían estar íntimamente relacionados si tomamos a la comida y a la cocina como uno de los aspectos que incluyen todas estas dimensiones. Cocinar ayuda a organizar procedimientos mentales y habilidades manuales, además de que, si se comparte con seres queridos, puede fomentar el vínculo social y siempre hay nuevos platillos o técnicas que aprender. Para muchas personas, la cocina puede no ser el pasatiempo ideal puesto que la cocina forma parte de sus obligaciones cotidianas.

Sea cual sea su resolución de año nuevo, no se frustre por no lograrla en el intento, y recuerde que, ante todo, somos también seres culturales y sociales a los que la comida nos une de formas que, en muchas ocasiones, se pasan por alto.

Twitter: @Lillie_ML