La palabra “dictadura” no es un insulto, pero hay temor de mencionarla, y sobre todo, de relacionarla con el régimen cubano.

Los dictadores que no se reconocen como tal son cobardes. Pero cuando la OEA (lo mismo la de Almagro, Insulza o Rodríguez) los señala como tales surge de su ser una profunda indignación como si se trataran de demócratas de laboratorio, químicamente puros.

Lo visto el sábado en el Castillo de Chapultepec durante la reunión de funcionarios de la Celac, es un conjunto de escenas entre atemporales y barrocas en las que Octavio Paz pudo haberse inspirado para redactar El laberinto de la soledad o los hermanos Wachowski para llevar al cine su obra Matrix.

El no lenguaje termina por empequeñecer a quien lo practica. Uno puede elegir convertirse en corrupto hablando y actuando de manera diferente a como piensa. Es optativo. También pueden existir dictadores con vestimenta de demócratas. Es optativo.

La mentira distorsiona la moral del lenguaje. Y claro, empequeñece a quien recurre a ella.

La dictadura de Cuba, cronificada, ha sido asimilada por muchos gracias al perfume de la trova, el imperio del mal, los santos barbudos y la semiótica idiota del Che. No hay nada más enternecedor que ver a jóvenes por el mundo apoyando la dictadura de los Castro por su defensa de los “valores” contrarios a los estadounidenses, incluyendo en primer lugar la ausencia de libertades. Lo hacen desde su mundo WiFi, comiendo tres veces al día y gozando de plenas libertades. 

La propaganda fue eficiente durante el siglo pasado en el marco de la Guerra Fría. Cuba como dique de contención ideológica en terrenos muy cercanos a Florida.

Pero en el siglo XXI resulta sorprendente pensar que “el pueblo cubano es heroico porque ha soportado el embargo”; frase perversa de la izquierda caviar o, como diría el embajador Ricardo Pascoe, de los juniors de la revolución.

La realidad es que cuatro generaciones de la sociedad cubana han sido sacrificadas por un puñado de generales bajo la conducción de los hermanos Castro, ambos, Fidel y Raúl, criminales. Ellos, y no los estadounidenses, han decidido eliminar la libertad de todos los integrantes de esas cuatro generaciones.

Si atendemos lo escrito por Ortega y Gasset, cada 15 años surge una nueva generación. Son 60 años de la dictadura cubana.

El determinismo es el juego más perverso al que un político puede recurrir al moldear a la sociedad. Inmolarse por una ideología representa ceder libertad individual a la “patria”. En efecto, inmolarse por amor a la patria, producto del veneno que esparce el dictador, es la escena feliz de Big Brother.

Raúl Casto, criminal, ordenó al general Rubén Martínez Puente disparar en contra de avionetas que lanzaban propaganda sobre la isla en 1996. Narra Ricardo Pascoe una charla que sostuvo con Fidel Castro sobre este episodio. En el momento en que Raúl ordenó el derribo de las avionetas, Fidel estaba tomando una siesta. Pocas horas antes había sostenido una charla telefónica con el entonces presidente Clinton. Este le pidió que no derribara las avionetas para continuar las negociaciones de acercamiento entre los dos países que facilitó Gabriel García Márquez. Despertaron a Fidel para avisarle sobre el derribo de las avionetas. Fin de la negociación.

Obama se acercó más a la isla, tanto, que viajó a La Habana. Sin embargo, la retórica revolucionaria necesitaba a alguien como Trump. Y sí, apareció en Washington.

Ahora, llegó el 11 de julio. Los cubanos salieron a las calles a pedir algo sencillo: libertades. La respuesta del tirano fue: patria o muerte. El mismo algoritmo de la Guerra Fría.

La libertad torturada por berrinchudos cuya filosofía de vida es: ideologizo, luego existo, en lugar de pienso, luego existo.

¿Celac u OEA? ¿Revolución contra la OEA?

@faustopretelin

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.

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