A pesar de todos los avances que ha logrado la ayuda internacional en Haití, ésta no ha sido suficiente. Es evidente que tras el asesinato del presidente Jovenel Moïse, la ayuda internacional no ha logrado revertir la debilidad institucional del país caribeño. Pero, ¿cuáles son sus indicios de un estado fallido?

En Haití un estado fallido es, en primera instancia, un país que no logra proveer servicios básicos a su ciudadanía. En este país, los servicios básicos como agua potable o servicios de salud son bienes públicos escasos o bienes de lujo; pocos tienen acceso a éstos y además tienen un alto costo. Sólo unos cuantos proveedores distribuyen agua potable a precios elevados, por ejemplo.

La evidencia es aún más notoria en el estado actual de las cosas; sus ciudadanos aún están a la espera de la llegada de sus primeras vacunas; los hospitales están en su capacidad máxima; la ONU ha reducido las previsiones de vacunas y Haití todavía se encuentra en la lista de espera de Naciones Unidas. En pocas palabras, actualmente Haití no cuenta con vacunas en contra del Covid-19.

En segunda instancia, Haití es un estado fallido porque no recauda impuestos, lo que hace imposible proveer servicios a la ciudadanía. El argumento más contundente es la inestabilidad política y económica. La promesa del contrato social es una promesa rota para los haitianos con el desafortunado asesinato del presidente Moïse. No hay seguridad ni para la cabeza del Estado.

Entonces, nos preguntamos, ¿cuáles han sido los logros de la ayuda internacional para el desarrollo?; ¿Por qué la ayuda internacional no ha logrado ser suficiente para revertir la fragilidad del estado en Haití? Y, finalmente, ¿cuáles son las lecciones que podemos aprender, tanto para Haití como para los paradigmas del desarrollo internacional?

Los principales logros de la ayuda internacional para el desarrollo en Haití pueden entenderse en números. Según los últimos datos del Banco Mundial, el PIB de Haití ha pasado de 3.1 mil millones de dólares (mmdd) en 1990 a 13.42 mmdd para el 2020, es decir un incremento del casi 450% en los últimos 30 años. Asimismo, la tasa de mortalidad se ha reducido y varios indicadores han mejorado como la expectativa de vida, la inversión extranjera directa (IED), las remesas, y la tasa de natalidad. En otras palabras, la ayuda internacional para el desarrollo ha generado mejoras en varios rubros. No obstante, el país aún no logra pasar de un estado frágil a una nación estable.

El Gobierno de Haití ha iniciado reformas institucionales junto con organismos internacionales como el Banco Interamericano de Desarrollo y la Unión Europea. Sin embargo, Haití plantea nuevos paradigmas para el desarrollo internacional. El problema de fondo va más allá del fortalecimiento institucional. Las soluciones parecen estar dentro del país y de su organización interna, que pueden estar acompañadas del apoyo internacional, pero no a la inversa.

Desafortunadamente, los organismos internacionales tienen varias limitaciones para desarrollar procesos internos y complejos como lo es la creación de un Estado fuerte y estable. Sin embargo, hay mucho por hacer. Algunas recomendaciones para Haití que pueden desarrollarse en conjunto con la ayuda internacional son integrar nuevas fuentes de captación de impuestos, incrementar la IED en turismo e integrar a la ciudadanía en los procesos de desarrollo como un actor activo.

No obstante, Haití pide a gritos una reconstrucción del pacto social.

Esta renovación forzosamente pasa por el diálogo interno, el fortalecimiento de una ciudadanía que en la actualidad es muy débil, y modelos de organización que, quizá, van más allá de los paradigmas del Estado-nación actual, así como de los paradigmas actuales en que la ayuda internacional para el desarrollo ha estado operando en Haití.

@SharonAHuitron