Nuestros candidatos en esta época de campaña electoral nos han propuesto diversas salidas al tema corrupción, desde mocharles la mano, hasta crear observatorios ciudadanos, pero el problema no se soluciona si no se ataca de raíz y esa raíz está en la infancia

Los diferentes conceptos como responsabilidad social empresarial (RSE), corporativa, universitaria, organizacional o, tal vez, gubernamental pueden tener diferencias en su definición, pero todas comparten objetivos como: la promoción de la equidad, oportunidades y desarrollo de los individuos que forman parte de la comunidad interna y externa; la eliminación de los impactos negativos al medio ambiente; a la ética que regula toda su operación y, entre otros, el fortalecimiento del desarrollo financiero de la organización de la que se esté hablando, que a su vez se ve reflejado en términos de desarrollo económico nacional. Por su parte, la política no es ajena a estos objetivos si partimos de la idea básica de que los políticos son individuos que pertenecen a la sociedad y son portavoces de las necesidades y deseos de la comunidad, enfocando su labor en hacer valer y cumplir las leyes y reglamentos de la nación que si no lo ha notado, desde la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, pasando por todas las leyes y reglamentos nacionales y tratados internacionales firmados, se busca exactamente lo mismo que en la RSE. Entonces, por qué, a pesar de esto, cuando escuchamos a los candidatos a puestos gubernamentales nos sigue acechando la misma pregunta: ¿cumplirán todo lo que nos prometen en campaña? Su trabajo es cumplir con lo que la sociedad requiere, el problema es que para llegar a ser candidato se necesita una plataforma enorme de favores, que cuando el proceso termina y es satisfactorio, o sea, cuando el hueso ya está en los dientes, a esa plataforma habrá que regresarle los favores; entonces, caemos en temas que llaman al uso de aquel concepto tan temido y satanizado, pero siempre recurrido llamado corrupción.

Aclaro: no todos los políticos son corruptos, pero la historia política de México tampoco ayuda demasiado. Tampoco acuso solamente a los políticos, porque para ser corrupto se necesitan dos partes, quien la sugiere y quien accede. Sólo para que nos quede un poco más claro, haciendo un análisis profundo, sincero y con cierto deje de valentía: ¿usted o algún familiar o amigo cercano se ha pasado un semáforo en rojo; ha otorgado una dádiva para evitar una multa o penalización; ha mentido piadosamente para evitar una sanción; ha utilizado recursos de su compañía para beneficio propio (se incluye mandar al mensajero a una diligencia personal que le “queda de paso”), o ha cometido algún pecadillo que no daña a nadie si pasara desapercibido? entonces, digamos juntos mea culpa. La corrupción no es tema de políticos, policías, militares o empresarios, es un tema de los individuos que pertenecen a la sociedad, es un tema de educación básica, es un tema de capacitación y entrenamiento, es un tema que en México no se ha trabajado.

Nuestros candidatos en esta época de campaña electoral nos han propuesto diversas salidas al tema de corrupción, desde mocharles la mano, hasta crear observatorios ciudadanos, oficinas de ética en la presidencia, castigar con multas de hasta tres veces la cantidad involucrada o encarcelar a quienes cometan estos actos, pero el problema no se soluciona si no se ataca de raíz y esa raíz está en la infancia. Mientras haya madres, padres, maestras, maestros, policías, militares, directores, gerentes, secretarias o secretarios, servidores públicos, en fin, adultos corruptos, el problema persistirá. Cuando estamos en proceso de selección de candidatos o partidos a los que apoyaremos, debemos exigirles primero que trabajen en esos temas pendientes para poder tener concordancia entre el deber ser y el hacer. La política y la responsabilidad social no son binomio: son uno mismo.

*El autor es socio consultor en MutaRSE.com.