Dicen que no hay que hablar ni de política ni de religión, pues son temas que suscitan pasiones y dejan poco margen al diálogo. Y mire usted, me dispongo a hablar, no de uno de estos temas, sino de los dos. La ocasión lo amerita, pues acaba de pasar la conmemoración más importante del cristianismo: la Pasión de Jesucristo; y sabemos que el cristianismo es elemento que define la civilización occidental. No el único: filosofía griega, latinidad, fusión de lo germano con lo mediterráneo, todo ello dio lugar a la Europa moderna y a occidente. Así que la conmemoración de la Pasión no sólo tiene aspectos espirituales, sino culturales.

¿Qué pasaría si volviera Cristo? Dostoyevsky imaginó que Jesús volvía al mundo, a Sevilla, en la época de mayor poder de la inquisición. Realizó milagros pero el inquisidor lo aprehendió y se dispuso a quemarlo en la hoguera: la iglesia gobierna en nombre de Dios, pero lo hace bajo principios del diablo (“No estamos contigo [Jesús], estamos con Él (el maligno)”, clama el inquisidor). Así, pues, si volviera Cristo podría ser un peligro para la iglesia. ¿Qué pasaría si llegara ahora mismo a El Vaticano y se parara frente a San Pedro? Si todo empezó en un pesebre, si Él llegó a Jerusalén en un burrito…

En “La última tentación”, Nikos Kazantzakis plantea que un ángel se aparece a Cristo justo antes de expirar en la cruz, y le dice que se puede bajar y tener una vida normal. En un ensueño que dura cientos de páginas pero que solo es un parpadeo, Cristo vive con María Magdelena, tiene hijos y se hace anciano. Cuando escucha a Pablo sermoneando piensa que está tergiversando La Palabra. Pero al terminar ese parpadeo, Cristo sigue en la cruz y cumple su misión: no ha sucumbido a la última tentación. Muchos cristianos no lo entendieron así y quisieron comerse vivo a Kazantzakis. La iglesia ortodoxa lo tachó de hereje y lo excomulgó, además de hacer todo lo posible para que no obtuviera el Nobel.

A veces pienso que algunos jerarcas del cristianismo (católicos, ortodoxos, etc.) y muchos políticos son como ese inquisidor español de Dostoyevsky, y me pregunto si de veras creen en La Palabra. No es que yo critique desde un templo de pureza –soy un gran pecador–, pero creo que tengo derecho a cuestionarme y cuestionar. Me pregunto si de verdad los jerarcas creen que hay que preferir siempre a los pobres y si hay que ofrecer la otra mejilla cuando te han abofeteado. Por sus actitudes, parece todo lo contrario. Y aquí recuerdo un pasaje de San Mateo: un hombre rico pregunta a Jesús qué debe hacer para seguirlo, y Jesús contesta: da todos tus bienes a los pobres y ven conmigo. Pero el hombre rico se marcha. Y aquí las palabras del Salvador que tal vez muy pocos de sus seguidores creen: “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que un rico entre al reino de los cielos”.

El mensaje de Cristo es en origen radical y revolucionario. Veinte siglos después, muchos de los jerarcas que monopolizan la palabra distan mucho de este mensaje. Al contrario, son muy conservadores, y mientras más conservadores, más obsesionados con la moral sexual y la aversión al aborto. Por eso los grupos ultra-católicos no ven con buenos ojos a un papa que decidió llamarse como San Francisco de Asís y que se decanta por los pobres y los débiles.

El presidente mexicano se refirió a Jesucristo el Viernes Santo, y se valió del “Cristo de la paz”, de Siqueiros. Señaló que atrás del lienzo el artista escribió: “Cristiano: ¿qué has hecho de Cristo en más de dos mil años de su doctrina?” Al subrayar esto, el presidente está lanzando la pregunta a todos los que se dicen creyentes: ¿qué han hecho de Cristo? Y yo agrego: ¿Quién de verdad sigue sus preceptos de amor, entrega y caridad? ¿Quién de veras sigue a Cristo como San Francisco de Asís? ¿Quién de verdad lo cree? ¿Bienaventurados los pobres? No sé si de verdad el presidente se lo crea, pero quizá alguno de sus hijos no tanto, particularmente el que vacaciona en Aspen.

Está bien vacacionar y hacer del lujo un modo de vida, siempre a través de medios lícitos. Está bien amar los bienes del mundo y aferrarse a ellos, siempre que no se dañe a nadie. Está bien ser frívolo y mundano –yo mismo lo soy–, si esa es la elección existencial. Lo que no se vale es lanzar a la hoguera de la inquisición, desde el templo de la pureza, como el inquisidor de Dostoyevski, a todos los que no piensan como uno, y convertir la elección existencial y espiritual por la pobreza en estratagema político para engañar a los cándidos. El hijo mayor del presidente está haciendo un flaco favor a su padre.