Ante la cadena de medidas incomprensibles, mensajes contradictorios y recomendaciones ocurrentes, parece evidente que quienes están tomando medidas relacionadas con la igualdad de género, y en particular con la violencia feminicida, ignoran datos oficiales y desdeñan los cientos de estudios y recomendaciones nacionales e internacionales sobre el tema.

El gobierno no sólo ignora sus obligaciones hacia la mitad de la población sino la realidad en que ésta vive: elimina el subsidio a estancias infantiles para dar dinero directo a madres y padres; suspende y repone la convocatoria para las organizaciones de la scoiedad civil (OSC) que administran refugios y, para colmo, la secretaría de Bienestar publica en su blog unas “recomendaciones” para mujeres que sufren violencia, dignas del teatro del absurdo.

Alejarse de lugares donde haya objetos peligrosos, contarle a alguien de confianza la violencia que se vive, reunir documentos personales y tener lista una maleta para caso de emergencia son recomendaciones superfluas porque cualquiera prefiere salir con documentos y ropa, pero pocas pueden hacerlo ante el riesgo de muerte. Además de responsabilizar una vez más a las mujeres (te mataron porque no te preparaste), pasan por alto las estadísticas oficiales y los estudios acerca de la dinámica de la violencia feminicida en la pareja.

Ignoran, por ejemplo, que muchas mujeres maltratadas no hablan sobre su situación por vergüenza, que no todas tienen familia que las apoye y que muchos agresores buscan aislarlas y les confiscan o destruyen documentos y les quitan su dinero. A las que se atreven a denunciar, a menudo las autoridades no les creen, las regresan a su casa o les niegan órdenes de protección.

En cuanto a los lugares “peligrosos”, ¿en cuántas casas está separada la cocina de la sala? Y si lo está, ¿quién bajo violencia extrema puede decidir en qué lugar será golpeada? Puede desde luego esconder cuchillos de cocina o tijeras, pero ¿cómo evita paredes y muebles, las herramientas del agresor, su navaja o pistola? ¿Evitar la cocina impedirá ser ahorcada o estrangulada? ¿Y si la tiran por la escalera, no muere y logra huir?, ¿de qué le sirve la maleta?

En México, los asesinatos de mujeres por parte de la pareja o familia con armas blancas representan, según el Inegi (Instituto Nacional de Estadística y Geografía), un porcentaje menor, entre 15 y 20 por ciento. Las mujeres también mueren ahorcadas o estranguladas, quemadas, golpeadas y cada vez más por armas de fuego (de 27 a más 40%, según diversas fuentes). La saña creciente contra el cuerpo femenino expresa una misoginia que muchas veces no es explosión súbita sino parte de un proceso de denigración, vejación y aniquilación emocional y física de la víctima, que antes que “recomendaciones” requiere de instancias efectivas para la prevención, asunto que se sigue pasando por alto.

Por otra parte, los feminicidios no siempre se dan cuando la mujer sigue en casa. El periodo más peligroso es cuando intenta separarse o se ha separado. Por eso, si no tiene red de apoyo y, aunque la tenga, si el agresor es poderoso o muy violento, necesita un refugio para garantizar su seguridad y la de sus hijos e hijas.

Pretender substituir los refugios especializados con instancias gubernamentales es tirar a la basura la experiencia de personas y organizaciones que han construido un modelo eficaz para evitar más muertes. Pretender que la secretaría de gobernación se ocupe de éstas, como se ha sugerido, es ignorar que la violencia feminicida es un problema de salud pública. Hacer recomendaciones irresponsables sin ocuparse de la capacitación de policías y ministerios públicos es ignorar que muchas mujeres no denuncian porque no confían en las autoridades y que otras denunciaron y acabaron asesinadas. Hacer política pública sin entender la complejidad de la violencia contra las mujeres y el alto riesgo de feminicidio en este país, sin promover la autonomía de las mujeres, sin ocuparse de la prevención, sin cambiar la educación y sin combatir la impunidad, es actuar con negligencia y ser copartícipe de la violación de los derechos humanos de las mujeres.

LucíaMelgar

Crítica cultural

Transmutaciones

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).