Lo peor es no enterarse. No estar al corriente de lo que ocurre y puede cambiar nuestro destino. Es terrible. Pero no saber lo que ha ocurrido antes de nosotros es como seguir siendo niños, como bien decía Cicerón. Así que habría de procurar más bien, ser los padres de nuestro porvenir, pero para no habría que perder de vista a los hijos del pasado.

Hablemos de 1824. México ya no se llamaba Nueva España y la nación –nuevecita, reluciente–, acababa de deshacerse de tres siglos de dominación española. Un nuevo aire se olfateaba en el horizonte. Los progresistas, los que se felicitaban de haberle arrebatado el poder a la Corona Española empezaron a organizarse a toda velocidad. Se aprobó una Carta Magna, surgió el primer Congreso. Flamantes y novedosos, los diputados decidieron cuál era la forma de gobierno más adecuada para el naciente país. Después de la amarga experiencia con Iturbide, la mayoría de los 99 diputados rechazaron la monarquía. Se pronunciaron por la República y llevaron al poder a Guadalupe Victoria, a pesar de que sabían que no hay masas humanas más peligrosas que aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo... del miedo al cambio.

Pero los inconformes, los nostálgicos, los que todavía se sentían peninsulares y añoraban el brillo de las coronas no hicieron mucho ruido. Sin embargo, con altas y bajas, el gobierno de Victoria no estuvo tan mal. Y es que todo lo que había sido antes ya no estaba y muchos esperaban las bondades y todas sus esperanzas estaban en lo nuevo. Pero de pronto el mandato del primer presidente terminó. Había que elegir al sucesor.

Tres candidatos se dispusieron a combatir. El primero Vicente Guerrero, caudillo de la Independencia, compañero de Iturbide en lo bueno y su acérrimo enemigo en todo lo malo. Era el más popular, el que tenía mayor cantidad de seguidores, todos ellos de clases oprimidas, descendientes de los que habían muerto en la lucha de Independencia, con disciplina militar para seguir las órdenes de su general. Apoyándolo sentían que estaban pagando todas sus deudas: las tierras que les habían devuelto, las prebendas que nunca tuvieron antes, el sonido de su voz.

El segundo era Manuel Gómez Pedraza, militar y político nacido en la ciudad de Querétaro muy leído y escribido. Su primera actividad política y militar fue combatiendo a los insurgentes a la cabeza de los llamados "los fieles del Potosí" y fue pieza clave para capturar a Morelos. Por aquellos méritos alcanzó el grado de Teniente Coronel y por su buen porte, su elegante apellido y su diplomacia exquisita alcanzó una secretaría, la de Guerra y Marina, en el gabinete de Victoria. Lanzó su campaña desde el poder, estando aún en funciones y con una abierta oposición a la candidatura de Vicente Guerrero, tenía, por supuesto todo el apoyo de la mayoría de las legislaturas locales. El tercer candidato era el más desangelado, don Anastasio Bustamante. Sin una gran fuerza y con opiniones que derivaban a lo mejor y más conveniente en su caso. A veces era monárquico, otras republicano.

Dicen que Peraza ganó las elecciones.

Pero también dicen que el pueblo se enfureció. Que los liberales, los antes insurgentes se levantaron en armas en el llamado Motín de La Acordada y que si Guerrero logró la segunda presidencia de la República fue por encabezar aquella rebelión contra un presidente legalmente elegido. Pero Guerrero y sus adeptos decían no querer el poder, sino que el pueblo fuera soberano.

El caso es que Pedraza no tardó en dirigirse al extranjero.

Bustamante, en cambio, fue nombrado vicepresidente en el gabinete de Guerrero. Pero tal acto magnánimo fue también un pretexto de venganza. Años después, Bustamante, con las mismas armas que la había otorgado Guerrero lo traicionó, lo hizo prisionero y le pagó a un italiano apellidado Picaluga para que lo llevara ante el pelotón de fusilamiento. Pedraza volvió un día y logró ser presidente.

La política siguió su curso. Los enfrentamientos fueron los mismos pero con distintos nombres. Los periódicos como hoy hablaron de los mismos hombres y a veces fueron héroes y al ratito villanos. Pero lo cierto es que jugaron papeles divergentes pero siempre parecidos. Algunos dicen que nada en el devenir es igual. Pero la historia siempre se repite. Lo malo es que sus lecciones no se aprenden.

Hay momentos como éste que ya está aquí porque se estrenará justo al final de esre semana en que no nos quedará más remedio que risa.n Cuando la electorera avalancha de estupideces, malas intenciones, desatinos, injusticias y dobles significados viene veloces para ahogarnos y desaparecernos, tendremos una de dos: escapar y meter la cabeza bajo la tierra o acudir a las carcajadas, que relajan el cuerpo y parecen ahuyentar a las infamias.

Los escritores latinos –siempre hay que regresar a los clásicos- llenos de concierto y estructura, decidieron burlarse con maestría, convirtieron la sátira en género literario y se curaron de muchas pestes. Lucilio, por ejemplo, en sus sátiras censuró las costumbres licenciosas de su época y a todo aquel que se excedía en sus límites o atribuciones: magistrados corruptos, poetas helenizantes y aristócratas inútiles. Juvenal, más concienzudo, lanzaba violentos ataques contra los vicios de la sociedad y contra los abusos de los emperadores anteriores a Trajano. Hasta Horacio, que era toda dignidad, no pudo resistirse a asestar a la estulticia algunos golpes de pluma.

Y es que la sátira, por ser un género misceláneo en el que cabe tanto la prosa como el verso, alterna el tono serio con el cómico y siempre puede refugiarse en su intención moralizadora cuando está cortando cabezas, provocando las carcajadas del más compuesto y hablando de cualquier tema.

Sin embargo es cierto que ninguna sátira divierte tanto como la sátira política. Ejemplo perfecto es el Diccionario de los políticos del español Juan Rico y Amat, publicado en 1885, donde las burlas y censuras adquieren enormes proporciones. En el prólogo advierte que “las armas de la sátira por lo mismo que son más inofensivas hieren más paulatinamente; pero las heridas que causan no se curan nunca; más efecto ha producido algunas veces un epigrama en política que un discurso grave y concienzudo”. Después se lanza a escribir definiciones como: “Demócrata: Político que no manda ni tiene destino. Cuando alcanza alguna de esas dos cosas asciende a otra clase y se llama conservador, esto es, porque trata de conservar tanto lo que tiene como lo que no puede adquirir.”

En México sabemos que la burla y parodia nos salen muy bien. El periódico El hijo del Ahuizote, lo atestigua. Encargado oficial de la sátira política lanzó también definiciones. “Establo –decía en un artículo- es lo mismo que la Tesorería porque se ordeña al Erario de ella, a dos manos, hasta dejarle enjutas las ubres”. O, “Estatua: político que comienza a petrificarse por la cabeza”, o la irreverente de “Estado: entidad federativa que antes era libre y soberana y hoy es prenda de empréstitos y politiquerías.”

Y es que ¿cómo somos? Ya sabemos cómo somos. A nivel nacional hay anécdotas satíricas invaluables como la de Obregón que decía ser el que menos había robado porque le faltaba una mano, por ejemplo.

Parecería que las cosas hoy son diferentes, transparentes no hay nada por lo cual alarmarse, que todo es cuestión de política, información y procedimiento. Pero todos sabemos que no es cierto.

Ante la situación actual piense primero que todavía no hemos visto nada y que los periódicos y sus cronistas ya nos como los de antes. Después, hágase una pregunta sincera: ¿de qué se ríe?