Cuando una petrolera descubre petróleo, es inusual que otra petrolera envíe señales que puedan interpretarse como celos. Normalmente se pronuncian a través de las cámaras y asociaciones felicitando al explorador. En muchos casos, se ponen a trabajar para entender qué significa el descubrimiento para sus activos cercanos: ¿incrementa su valor? ¿Aumenta las posibilidades de éxito exploratorio de algún play? Pero, al menos hacia afuera, es claro que es un momento del descubridor; es momento de celebrar el éxito de los pares, no de protagonismo de terceros.

Pemex escogió otro camino. Mediante fuentes, que rápidamente se aclaró que son funcionarios, Pemex decidió irrumpir en el anuncio del descubrimiento Eni, Lukoil y Cairn para declarar a Noé Cruz, de El Universal, que había localizado “un yacimiento de petróleo frente a costas de Veracruz con un potencial de extracción cercano a los 5,000 millones de barriles de crudo equivalente”. Son cifras enormes. Se trataría, como las fuentes explicaron, de “una de las oportunidades exploratorias más grandes de los últimos años.” En este contexto, casi irresistiblemente, el descubrimiento de Pemex se acabó comparando con Zama, el descubrimiento más importante de la iniciativa privada en el país. También desplazó al descubrimiento de Eni, Lukoil y Cairn de algunos espacios.

El problema es que Pemex no descubrió nada. No estamos ante un pozo exploratorio que resultó exitoso —como es el caso de Zama o el de Eni, Lukoil y Cairn. Estamos, en el mejor de los casos, ante la identificación de una nueva oportunidad que, una vez que se pruebe por la barrena de un pozo exploratorio, podría demostrar ser un yacimiento. Se vale estar emocionado por un prospecto. Ojalá que cualquier esfuerzo exploratorio que se desarrolle a partir de esta información sea exitoso. Pero hacer sonar la identificación de un prospecto como un éxito exploratorio —como un descubrimiento de un megayacimiento— tampoco tiene precedentes entre las petroleras serias.

No es un hecho aislado. La lista de promesas, declaraciones, trascendidos y esfuerzos retóricos de Pemex que, al principio atraen atención, pero se terminan opacando o desinflando es larga. ¿Se acuerdan de Ixachi desde hace unos años? ¿Se acuerdan de Quesqui de hace unos meses? El primero parece que tiene poco crudo y aún no produce mucho. Del segundo de plano no ha quedado claro si los 700 millones de barriles de reservas que se presumieron en presencia durante la gira presidencial en realidad sí son reservas o son meros recursos in situ —ni cómo ha seguido avanzando el proyecto. ¿Se acuerdan de los 20 campos prioritarios que ya son 17, con sólo cuatro productores? ¿Se acuerdan cuando presumieron que la tasa de restitución de reservas ahora sí pasaba los 100? Aún está por verse si el objetivo efectivamente ya se cumplió.

Pemex: wey, ya... Esto no sirve. En unas semanas, la compañía va a enfrentar el análisis profundo de calificadoras. El proceso puede impactar no sólo en percepciones y reputaciones sino en realidades económicas y financieras. Es un riesgo que jamás se va a mitigar con fintas de descubrimiento, intenciones de mejora o declaraciones de rescate. Mucho, mucho menos se arregla tratando de posicionar que la perspectiva de las calificadoras ya cambió, como si eso lo hiciera verdad.

Wey, ya... abre los ojos. Mucho del futuro financiero y mucha de la reputación sexenal de Pemex están en juego. Buena parte de la del soberano también. ¿De verdad estas declaraciones son una buena estrategia?

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell