Es cierto que, por muchas décadas, Pemex le ha dado mucho a México. Ha producido cientos de miles de millones de barriles de petróleo. Ha generado ingresos fiscales de muchas decenas de miles de millones de dólares. En algunos momentos y geografías, ha llegado a sostener de forma prácticamente unilateral la actividad económica de estados casi enteros y a generar cientos de miles de empleos. Ha llevado hidrocarburos a prácticamente todos los rincones del país.

La otra parte, aunque no se cuenta tan seguido, es tan cierta o más. Los mexicanos hemos sido muy generosos con Pemex. Los mexicanos le asignamos, por lo pronto, nuestros dos únicos yacimientos super-gigantes enteros. Hasta la fecha, Pemex tiene 200 campos asignados, sus favoritos de todo el país. Por mucho tiempo le dimos derechos monopólicos sobre todos los mercados a lo largo de la cadena de valor de hidrocarburos. Por décadas, le dimos permiso de autorregularse.

El arreglo siempre fue imperfecto, desbalanceado. Pero de alguna manera funcionaba. El Estado le cobraba a Pemex, muchas veces en niveles extraordinarios, los extraordinarios derechos que le había conferido. Los mexicanos, una vez que se superaban los terribles filtros de la corrupción y la ineficiencia, recibíamos los beneficios de las actividades de Pemex.

Esto ya no está funcionando tan bien. Con activos que cada vez son más difíciles de exprimir, Pemex requiere cada vez más recursos de todo tipo, mucho más allá de su dotación petrolera original. Se ha vuelto cara de mantener. El Estado ha dejado de cobrarle lo que le cobraba.

En un sorprendente giro, Pemex le ha empezado a cobrar al Estado. Como ha explicado el presidente López Obrador, a Pemex hoy se le garantiza todo lo que el gobierno que tenga que inyectar y todo lo que tenga que gastar. Ya no sólo son activos petroleros, estamos dispuestos a darle hasta el dinero corriente que los activos petroleros bajo su resguardo esperaríamos que generen. Conforme sus condiciones operativas se debilitan, Pemex dejó de ser vista solamente como una herramienta al servicio del país, útil y valiosa mientras genere utilidad y valor para el país. De alguna manera, Pemex se adueño de México.

Su alcance va más allá de los recursos tangibles. También ha avanzado su propiedad sobre nuestra imaginación, un camino directo a nuestro a nuestro corazón. Pemex nunca fue dueño de los derechos de exploración y producción de todo el país. Ni siquiera hemos llegado a discutir esto con seriedad porque Pemex no se ha acercado a producir en todo el territorio o realmente operar en todas las cuencas. Pero cuando el marco jurídico marcó con mayor claridad la separación entre los recursos resguardados por la nación y los asignados a Pemex, la experiencia para muchos fue casi traumática. Seguimos sin superarlo. Hasta la fecha, muchos mexicanos están predispuestos a no celebrar los descubrimientos y adición de reservas si no están hechos directamente por Pemex. Que el Estado haya encontrado en las petroleras privadas una herramienta para complementar la actividad de Pemex, que por cierto pagan de todas formas impuestos estratosféricos, no termina de convencer a muchos. Esto sólo se puede explicar si identificamos una creencia que parece estar profundamente enraizada en la conversación: Pemex es tan importante que México y sus recursos, todos, deben de estar al servicio de Pemex.

Yo creo que debe ser al revés. Pemex es una gran empresa. Pemex tiene logros históricos. Pemex tiene grandes ingenieros. Pemex tiene grandes técnicos. Pemex ha dado mucho y tiene muchas virtudes que le tenemos que celebrar. Como mexicano, no suena exagerado decir que Pemex tiene un lugar asegurado en nuestros corazones.

Pero no me gustaría perder la perspectiva. Realmente creo que México es más grande que Pemex. Tan convencido estoy de nuestro potencial que creo que da para una industria entera; es demasiado grande para una sola empresa.

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell