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Opinión

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Otros gritos

Signos vitales Por: Alberto Aguirre M.

Sin añoranzas al Bicentenario, pirotecnias ni shows multimedia, pero con un patriotismo acendrado, miles de compatriotas dieron el tradicional Grito fuera del territorio nacional. No por gusto, como los que viajaron a Las Vegas o acudieron a las sedes de las embajadas y los consulados de México en el exterior, sino obligados por el sofocante clima de violencia e inseguridad.

En San Antonio, Texas, la comunidad mexicana se ha multiplicado en los últimos dos años. Esta diáspora -término que le pedimos prestado al periodista Luis Enrique López- es de familias pudientes del Bajío, principalmente de Aguascalientes, refugiadas al otro lado del Río Bravo, después de haber vivido chantajes y reclusiones forzadas.

Otros, impulsados por el mismo temor, se mudaron más al norte. Entre ellos, Eduardo García-Valseca, cuyo secuestro en el verano del 2007 sigue dejando pasmado al gobierno de Felipe Calderón. Sin la resonancia de los raptos de los jóvenes Fernando Martí y Silvia Vargas, su caso quedó fuera del radar mediático hasta el mes pasado, cuando el empresario habló sobre su cautiverio, que se extendió por más de 200 días, con The Washington Post. El texto es impactante, pero lo que verdaderamente conmueve es una fotografía en la que se ve a García Valseca desnudo y encadenado; los ojos tapados con cinta canela, la barba crecida y las manos esposadas.

Sentado en un pequeñísimo lugar, es obligado a sostener en sus manos el ejemplar de un diario de la ciudad de México. Se trataba de una de las pruebas de vida que sus captores accedieron a enviar, cuando más presionaban por obtener los 8 millones de dólares que reclamaban como rescate.

El plagio tuvo lugar el 13 de junio del 2007 en San Miguel de Allende, Guanajuato, donde el empresario -heredero del coronel carrancista que fundó la cadena periodística que ahora detenta Mario Vázquez Raña -había decidido vivir, con su esposa, la ciudadana estadounidense Jayne Rager.

Ese miércoles maldito, el matrimonio había dejado a sus tres hijos en Los Charcos, un colegio para bilingües de su propiedad. Regresaban a su casa a bordo de un Jeep cuando fueron interceptados por dos camionetas. Él fue vapuleado a golpes y ella fue amarrada de los pies y en una operación que apenas demoró unos minutos fueron trasladados a un rancho.

Unas horas después, Jayne fue liberada sólo para que negociara con los secuestradores. Inicialmente, reportó los hechos al embajador de Estados Unidos en México, Tony Garza, quien le dijo que poco podía hacer por el mexicano.

Recurrió entonces a investigadores privados, entre ellos Felix Batista, un negociador estadounidense desaparecido en Ciudad Juárez, apenas en diciembre del año pasado. Finalmente, contactó a la AFI. Entonces supo que habían sido atacados por una célula del EPR.

Siguieron 20 semanas de sufrimiento. Los eperristas la llamaban poco por teléfono, casi siempre se comunicaba vía mail y cumplían todas sus amenazas. Cuando su familia no cumplió con los plazos estipulados, a García Valseca le metieron dos tiros a quemarropa, uno con un revólver .45 en la pierna izquierda y otro de calibre 22 en el brazo del mismo costado.

Su cautiverio terminó después del desembolso de una cantidad millonaria y de la entrega voluntaria de un amigo de la familia -Gustavo Ramírez- quien quedó en prenda hasta que fue completada la suma exigida. Ningún autor material o intelectual fue arrestado.

A dos años de su martirio, Eduardo y Jayne García Valseca han decidido hablar. Ahora viven en un lugar no precisado, en Estados Unidos. Y acusan al presidente Felipe Calderón de hacer propaganda falsa en el tema del combate a la inseguridad.

El gobierno, al no poder controlar un problema, también es parte del problema. Que arresten a 1,400 secuestradores no es nada frente a los miles más que hay. Hacen muy poco y muy tarde , se queja este sobreviviente del clima de inseguridad.

EFECTOS SECUNDARIOS

En la semana que termina se acumularon dos sucesos, aislados entre sí, pero comprobantes de la vinculación cada vez más estrecha entre acontecimientos políticos y actividades criminales.

El primero fue la emboscada contra los vehículos en los que se traslada la Gobernadora de Zacatecas, hecho cuya difusión inmediata debía haber despertado mucha suspicacia.

Hay varios datos relevantes que quedaron en segundo término: la mañana del lunes 14, Amalia García estuvo con Andrés Manuel López Obrador y al concluir ese encuentro privado se trasladó a Sombrerete. El convoy regresaba a la capital zacatecana cuando fue atacado, muy cerca de la propiedad de los hermanos Monreal Ávila, en Fresnillo.

Al día siguiente, Amalia cedió a las presiones y se presentó al informe que rendía David, hermano del senador petista Ricardo y precandidato único del PT a la gubernatura.

El miércoles 16, infantes de la Marina Armada de México aseguraron a 10 personas, presuntamente relacionadas con el secuestro del administrador de la Aduana de Veracruz, Francisco Serrano Aramoni. Entre los detenidos están el exdirector de Tránsito del ayuntamiento porteño, José Osiris Cruz Cabrera, y Guadalupe Torres Rivadeneira, regidora del cabildo y militante del PAN. Personeros del gobernador priísta Fidel Herrera Beltrán de inmediato trataron de manipular la información, dándole un cariz político.

Y la información sobre el cateo a una casa donde se localizó una fosa con ocho cadáveres quedó oculta.

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