Durante muchas semanas de campaña, varios analistas energéticos hemos estado obsesionados con tratar de entender qué va a pasar a partir del 2 de julio. Es curioso: que las encuestas sean bastante claras en cuanto a preferencias, aun si resultan ser acertadas, ha sido de poca ayuda. La realidad es que, más allá de frases o eslogans, no tenemos claridad de cómo sería el programa energético del puntero. Hasta en lo básico. No sabemos si revisaría, revertiría o continuaría.

Es cierto que, cuando López Obrador habla directamente del tema, suena bastante radical. En un pánel reciente dijo que sí le gustaría buscar revertir la reforma por completo, pero que consultaría. Su reciente reunión privada con Cuauhtémoc Cárdenas, aunque no ha sido relatada, parece abonar en la misma dirección. Pero que Cárdenas —quien ha prometido su voto a quien revierta la reforma energética— no haya salido a prometer su apoyo a López Obrador inmediatamente después de la reunión, es muy revelador.

Además, también es cierto que nunca se desdijo de los asesores que, a su nombre, prometieron continuidad. Alfonso Romo, por mencionar uno de los ejemplos más relevantes, llegó a decir que los contratos ya estaban revisados y que no tenían ningún problema. Otros asesores, en una línea parecida, pintan una especie de revisión de rutina —nada relevante, si consideramos que ellos mismos admiten que la Comisión Nacional de Hidrocarburos ha sido perfectamente transparente en su actuar.

En medio de toda esta confusión, se nos fue toda la campaña sin que cuestionáramos algo fundamental. Si llega a la Presidencia, ¿qué es lo que López Obrador de plano no haría?

Hay algunos ‘no’ muy claros. Llegaron voluntariamente y en grupo, cuando López Obrador se desmarcó de la idea de expropiar que otro de sus colaboradores estaba buscando posicionar. No a las expropiaciones. No a las confiscaciones. No a mayores impuestos.

Pero, salvo el de los impuestos, honestamente tampoco son ‘noes’ demasiado reveladores. Eso deja demasiados temas volando. No hay un ‘no’ a las rondas en general (ha propuesto una pausa); pero tampoco hay un ‘no’ a cancelaras. No hay un ‘no’ a rescindir contratos; pero tampoco hay un ‘no’ a buscar negociarlos.

Esto es preocupante. Un ‘no’, como dirían los psicólogos, tiende a ser mucho más revelador que un ‘sí’. Como es tajante e implica un compromiso más profundo, un ‘no’ es mucho más importante para entender los límites, generar rendición de cuentas y, en su caso, mandar señales de certidumbre.

Durante la campaña, todo esto se nos fue por completo. La buena noticia es que esta fase y su retórica están por terminar. Más que prometer, si las predicciones electorales se cumplen, López Obrador va a tener que empezar a decidir —a decir que no, oficialmente, a algunas propuestas y asesores y que sí a otros. Antes de que el nuevo gobierno y sus nuevas dinámicas se instalen por completo, tenemos como sociedad la oportunidad de preguntar y poder entender dónde están esos límites. Es momento de empezar a generar compromisos claros, entendiendo que es mucho más grave violar un ‘no’ que un ‘sí’. No es no.

Para resumir, si seguimos como vamos, el nuevo presidente va a llegar con un cheque absolutamente en blanco. Sus asesores, en público y en privado, han planteado y prometido ejecutar prácticamente todas las alternativas energéticas posibles. Pero, de no ser por confiscaciones y expropiaciones, el candidato hábilmente ha dejado a todas sobre la mesa.

En cuanto tengamos presidente electo, es casi nuestra obligación empezar a preguntarle: ¿dónde están sus ‘noes’?

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell