De los patrocinadores de la Cartilla Moral, de cuyo influjo nada sabemos, nos ha llegado la “Guía ética para la transformación de México”. Firmada por personas cercanas al gobierno, que anuncian ya una nueva versión revisada, este documento es una mezcla, como ya han escrito otros comentaristas- de moralina, clichés y “buenos consejos”  que chocan con la realidad y hasta con las acciones gubernamentales. Es además un contrahecho folleto de autoayuda espiritual ya que parte de un diagnóstico errado y, pese a su prédica de amor y respeto, virtudes ausentes en el discurso y las acciones oficiales, ignora los efectos de la violencia y distorsiona las exigencias de justicia de las víctimas y sus familias.

Al principio, esta Guía parece más actual que la Cartilla moral  ya que usa lenguaje incluyente y considera las diversidades, como la orientación sexual y los distintos tipo de familias, y se refiere al Estado laico y a la libertad de creencias. A medida que se desenvuelven sus consejos ¿o mandamientos?, extrañamente ordenados, sin embargo, esta impresión se difumina. Las referencias a los “valores tradicionales” del pueblo, la mezcolanza de temas éticos y morales y, sobre todo, el tratamiento que se le da al perdón, la “redención” (¿qué hace ahí ese asunto?), la familia y la justicia despiertan ecos de prédica religiosa, plagada, además, de contradicciones.

El pueblo de México, por ejemplo, aparece como un repositorio de sabiduría, como si desconociéramos el grado de discriminación y prejuicios que han caracterizado a la sociedad mexicana, antes de la maldecida etapa neoliberal, culpable, se afirma aquí, de la degradación hacia la barbarie. Ni el machismo, ni el racismo, ni la homofobia, ni el autoritarismo existían, por lo visto, en los años 40 o 70. Los melodramas de la época de oro, con sus mujeres abnegadas y hombres irresponsables, se referían sin duda a un México imaginario.

La Guía nos invita también a rechazar esa imagen pesadillesca que han dibujado en estos meses las organizaciones y medios que documentan el incremento  de violencia intrafamiliar, abuso sexual infantil, desapariciones y feminicidios. Sin duda la familia puede ser fuente de “apoyo mutuo” pero para muchas mujeres la realidad es otra. Apelar a la buena voluntad de los hombres para que compartan las tareas del hogar es pregonar en el desierto: sin educación para la igualdad no habrá cambios sustantivos ( y para ésta no hay dinero). Pretender, además, en plena pandemia, que “la familia es la principal institución de seguridad social” es disfrazar de elogio a ésta el reconocimiento tácito de la negligencia gubernamental ante el derecho a la salud y a una vida digna.

El folleto de autoayuda espiritual sugiere así mismo negarle legitimidad a las protestas y exigencias de jóvenes hartas de violencia, y de madres y familiares que por años han buscado justicia para sus hijas e hijos asesinados o desaparecidos. En vez de responder con valentía  a la crisis de derechos humanos y a la inexistencia de un Estado de derecho, deberían, recomiendan los amanuenses del poder, llorar  sus penas y seguir adelante, perdonar para liberarse de rencores y confiar en la “redención” de sus agresores mediante castigos “humanistas” ¿deben también perdonar la violencia institucional?. La lógica maniquea que impregna estas páginas confunde justicia con venganza  y agravia a quienes luchan, contra el propio Estado, para  obtener justicia en este mundo y reconstruir su vida.

En vez de gastar millones en distribuir esta prédica vacua, el gobierno debería invertirlos en políticas de igualdad y prevención de violencia, a las que poco o nada destina el PEF2021. También sería recomendable que el promotor de esta publicación, y sus allegados, la leyeran como si les estuviera dirigida: encontrarían inspiración para modificar su discurso y conductas, tras dos años de abuso del poder, desperdicio de recursos públicos, desprecio de la cultura y de la crítica,  y depredación de la naturaleza.  

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Lucía Melgar

Crítica cultural

Transmutaciones

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).

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