Desde antes de que empezara la campaña presidencial, el debate energético en México sonaba polarizado: de un lado está el Estado y del otro el mercado. En sus momentos racionales, ninguno de los polos ha pretendido anular al otro. Pero muchos de los que han depositado sus afectos en el Estado lo prefieren con tal intensidad que llegan a estar dispuestos a aceptar los atropellos que significa tener monopolios. Y algunos de los que le han entregado su corazón al mercado llegan a cuestionar que el Estado pueda arriesgar dinero en proyectos energéticos: mejor puro mercado con el Estado sólo como árbitro.

Cuando los primeros, que hoy gobiernan, oyen a los últimos, se alarman. En este contexto, sus respuestas —que invariablemente pasan por críticas al modelo energético, la corrupción y alguna variante de los resultados— suenan tan drásticas y urgentes que dan la impresión de que la visión de los últimos estuviera a punto de materializarse irreversiblemente. La realidad es muy distinta. En México, aún después de la reforma, Pemex sigue siendo dominante por diseño: se le asignaron la mayoría de las reservas y la infraestructura. Tiene más de 95% de los pozos productivos, el 100% de las refinerías, más de 90% de las terminales de combustibles y es dueño de la franquicia de unas tres cuartas partes de las gasolineras del país. Es una cantidad de activos valiosos impresionante, que solamente palidece si se enfrenta al nivel de deuda que le han colgado encima.

Cuando los últimos oyen las propuestas de los primeros, también se alarman. En este contexto, críticas técnicas (por ejemplo, a los contratos de servicios que privatizan ganancias y socializan pérdidas o a desarrollar campos sin delimitarlos) se mezclan con la preocupación de que se estén cerrando todos los caminos de crecimiento del mercado —y terminan sonando a que México mañana regresaría al monopolio absoluto. Aquí también la realidad es muy distinta. Aunque Pemex, para enfocarnos en lo petrolero, tiene un rol claramente preponderante, hoy hay prácticamente 100 proyectos de exploración y producción que no dependen de Pemex, una cadena de infraestructura y logística para abastecer combustibles independientes de Pemex (y muchos planes para emularla), y miles de estaciones de servicio que no tienen la marca de Pemex. Es cierto que algunas de las políticas planteadas podrían entorpecer el crecimiento al grado que, en unos años, los que hayan apostado por un alto crecimiento en México tengan que repensar su permanencia en nuestro país. Pero nada de esto realmente suena a desmantelamiento proactivo. En el sector hidrocarburos, en realidad, es mucho lo que ha sobrevivido al fuego de la retórica política. En upstream, midstream y downstream, muchas docenas de compañías que son consideradas líderes en el mundo están operando a nuestro país. Algunas mexicanas empiezan a lograr posicionarse más allá de nuestras fronteras. Hay al menos un par de cientos de proyectos que no son de servicios hacia Pemex que siguen avanzando y que mantienen a varios miles de profesionales trabajando y miles de millones de dólares desplegándose. El recién lanzado Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024 reconoce la necesidad de inversión y certeza regulatoria (quizás también jurídica) en varios puntos, específicamente el energético. En el plano macro, aboga muy claramente por lanzar esfuerzos para procurar y atraer inversión.

Esto no significa que no haya insuficiencias significativas en los planes. Que no haya desmantelamiento de los nuevos motores energéticos de crecimiento en ninguna manera justifica que decidamos no seguirlos desarrollando y aprovechando a su máximo. Muchos proyectos específicos, sobre los que he escrito extensivamente en este espacio, son cuestionables desde la perspectiva técnica y económica.

Pero, en muchas conversaciones, estamos perdiendo de vista un punto esencial. Entre el ruido de un polo y el otro, quizás no nos hayamos dado cuenta ni unos ni otros: México ya tiene un modelo energético híbrido. El Estado tiene un rol protagónico. Y también el mercado se ha ganado su lugar. Unos y otros seguiremos en desacuerdo sobre los énfasis y el camino para crecer. Pero —a menos de que nos entreguemos al ruido más extremo— aquí hay por donde construir.

PabloZárate

Consultor

Más allá de Cantarell