Vivimos como si sintiéramos nostalgia de un paraíso perdido”, Henning Mankell

En la primera parte de esta serie analicé el caso de Rusia, donde personajes poderosos, crueles y autocráticos como Iván el Terrible y Pedro el Grande fueron admirados e imitados por varios zares y por  lideres comunistas como Lenin y Stalin. Es común que la memoria tenga sesgos al recordar el pasado, de manera que se minimicen sus defectos y se magnifiquen sus logros.

Es interesante resaltar los pocos casos donde se quiso romper con el absolutismo histórico ruso. En la primera parte de esta serie comenté el caso del zar Alejandro II cuyas reformas fueron revertidas por su sucesor. De manera mas reciente, Michail Gorbachov buscó romper con el pasado, sin lograr su objetivo. Gorbachov asumió el cargo de Secretario del Comité Central del Partido Comunista en el año 1985. Por sus funciones como Secretario de Agricultora y miembro del Politburo, conocía los graves problemas de escasez que aquejaban a la Unión Soviética, por lo que intentó llevar a cabo varias reformas. Sus políticas “Glasnost” (apertura) y “Perestroika”(reestructuración), le dieron un viraje de 180 grados a las políticas de sus antecesores, pero terminaron en un intento de golpe de estado y en la caída de la Unión Soviética en 1991. A pesar de ello, estas medidas no lograron eliminar los vicios arraigados del pasado. Su sucesor, Boris Yeltsin prometió transformar la economía rusa en una economía de mercado, pero el proceso de privatización estuvo rodeado de corrupción. Renunció en 1999, dejando la presidencia en manos de su Primer Ministro, Vladimir Putin, quien lleva 22 años en el poder, buscando perpetuarlo y ha regresado a Rusia a su pasado autocrático.

Otro casa es el de Francia. Después de varios siglos de la monarquía absolutista de la dinastía de los Borbón, el Rey Luis XVI llevó a Francia al borde de la quiebra. Aferrándose al pasado, había intentado suspender la Asamblea Nacional y se se fue aislando hasta ser totalmente ajeno a la realidad que su pueblo enfrentaba (de manera similar al Zar Nicolás II en Rusia dos siglos después). En 1789 inició la Revolución Francesa, con la esperanza de que los principios de “Libertad, Igualdad y Fraternidad”, se materializaran. El movimiento revolucionario empezó con una monarquía constitucional que fue abolida en 1792, cuando se instauró la Primera República Francesa encabezada por el partido de los Jacobinos. Su líder, Maximillien Robespierre, apoyado por Marat y Dantón, creó el “Comité de Salvación Pública”, organismo que dio inicio a un control dictatorial muy ajeno a los principios de la Revolución. En este periodo conocido como el “Reinado del Terror” se revocaron las libertades religiosas y se encarcelaron y decapitaron a miles de personas. El pasado autoritario regresó a Francia.

Pocos años después, Napoleón Bonaparte supo capitalizar los deseos de una sociedad harta de la anarquía y el desorden del decenio revolucionario. En 1804, después de desmantelar a la oposición, Napoleón se coronó como Emperador. La esencia democrática que inspiró la Revolución Francesa se desvirtuó nuevamente. Después de su caída en 1814, los países victoriosos restauraron la monarquía de los Borbones, nombrando a Luis XVIII, quien gobernó de 1814 a 1824. Su sucesor Carlos X fue derrocado en la llamada Revolución de Julio de 1830, hábilmente retratada por Víctor Hugo en su obra Los Miserables, mientras que su sucesor Luis Felipe I fue expulsado durante la Revolución de 1848. En ese momento, Francia intentó dejar su pasado autocrático con el establecimiento de la Segunda República, eligiendo como presidente a Luis Napoleón. La nueva república no duró mucho, el sobrino de Napoleón Bonaparte encabezó en 1851 un golpe de Estado pasando de ser presidente a proclamarse emperador. De esta manera, Napoleón III fundó el Segundo Imperio, con lo que Francia regresó nuevamente al pasado.

La Tercera República Francesa inició en 1870 y duró hasta 1940. Se caracterizó por la lucha constante entre las diferentes facciones, hecho que dividió al país y desencadenó una gran incertidumbre política y económica. A finales del siglo XIX, Francia se dividió por el “Affair Dreyfus”, tema que polarizó a la sociedad. Aun cuando Francia salió victoriosa de la Primera Guerra, los años que siguieron no fueron fáciles. En la década de los 30’s, la lucha política entre la derecha y la izquierda provocó la caída de diversos gobiernos, detonó una oleada de huelgas y una serie de devaluaciones de la moneda que afectaron seriamente la inversión y la actividad económica. Después de la invasión alemana en 1940, el Mariscal Philipe Petain, héroe militar de la Primera Guerra, creó el gobierno de Vichy, que apoyó a Alemania como potencia ocupante de la mitad del territorio francés. Petain obtuvo poderes ejecutivos que no tenían precedente, interrumpiendo la democracia francesa y quebrantando los derechos de las minorías, en complicidad con el Nazismo. De esta manera, Francia volvió a su pasado autocrático en una de sus peores expresiones.

México en el siglo XIX se caracterizó por la nostalgia por el pasado autocrático. Después de varios siglos de una cultura azteca sumamente autoritaria, donde el emperador o Tlatoani era considerado una encarnación divina a la que no se le podía ni siquiera dirigir la mirada, nuestro país vivió casi trescientos años del virreinato. Esta tendencia absolutista se intentó romper en 1810 con el inicio de la lucha de Independencia. Sin embargo, tan solo once años después nuestro país regresó al pasado. En 1821, el  exitoso general Iturbide, quien había luchado para el ejército realista y se había cambiado al bando independiente, entró a la Ciudad de México con el Ejército Trigarante. Este personaje, admirado por el pueblo por haber consumado la Independencia, se proclamó Emperador en 1822.

Después del Primer Imperio, se instauró la Constitución de 1824 con un frágil régimen republicano, que tuvo que enfrentar constantes golpes militares. El general Antonio López de Santa Anna, quien había dirigido, junto con Guadalupe Victoria, la rebelión contra Iturbide, fue quien se benefició de esta fragilidad. Santa Anna, adorado por el pueblo, fue presidente en once ocasiones entre 1833 y 1855. Es notorio que aún después de la pérdida de Texas en 1836 y de la mutilación de la mitad del territorio en 1848, Santa Anna fue llamado de nuevo en 1853 con el “noble encargo de salvar a México de su ruina”. No hay duda del aferramiento de nuestro país al pasado, recurriendo a un líder fuerte y carismático. Como lo señala Enrique Krauze en su libro Siglo de Caudillos: “Los caudillos mexicanos tenían algo que iba más allá del mero carisma: un halo religioso, ligado en ocasiones al providencialismo, otras a la idolatría, a veces a la teocracia”. 

Benito Juárez tomó posesión como presidente interino en 1858, de acuerdo a la Constitución de 1857. En 1861, obligado por las difíciles condiciones que enfrentaba después de la Guerra de Reforma, Juárez declaró la moratoria de pagos de la deuda externa, hecho que resultó en la Intervención Francesa en México. Ante el interés de Francia de poner un pie de manera definitiva en América y aprovechar que Estados Unidos enfrentaba la Guerra Civil, Napoleón III quiso restablecer la monarquía en México, convenciendo  a Maximiliano de Habsburgo de gobernar nuestro país. El ingenuo emperador llegó con su esposa Carlota en 1864. Durante su breve reinado gobernó confiado en que el pueblo mexicano lo aclamaba, además de estar convencido de que al ser un “liberal” podría atraer a los disidentes del Partido Liberal molestos con Juárez, quien en 1865 amplió su periodo presidencial por segunda vez. El Segundo Imperio fue efímero, Cuando Napoleón III se dio cuenta de lo difícil que era pacificar al país y estabilizar las finanzas, ordenó el retiro de sus tropas en 1866. Maximiliano decidió permanecer en México y fue fusilado un año después. El Segundo Imperio, que solo era una idealización del pasado, terminó en un rotundo fracaso. En palabras del Rey Leopoldo de Bélgica, padre de Carlota: “En América hace falta el éxito, todo lo demás es poesía y pérdida de dinero”.

Un hecho poco comentado en la historia oficial, es que Juárez fue criticado por no querer dejar el poder. Sus rivales lo acusaron de gobernar por decreto en una “dictadura democrática”. Juárez gobernó casi 15 años, ampliando su mandato en 1861 y en 1865 y reeligiéndose en 1867 y 1871. Murió en Palacio Nacional en 1872.

Con Porfirio Díaz el poder se concentró nuevamente en un solo hombre. El caudillo militar de la Guerra de Reforma y de la Intervención Francesa, contendió contra Juárez en las elecciones de 1867 y 1871. Un hecho irónico es que Díaz se levantó en armas en 1871 con el lema “Sufragio Efectivo, no reelección”. Sin embargo, ya en el poder, Don Porfirio modificó la Constitución tres veces para poder gobernar casi ininterrumpidamente al país por mas de 30 años. Para mucho mexicanos de la época, Diaz era “el hombre necesario”, para otros era “el presidente insustituible”.

El siglo XIX en México se caracterizó por los intentos recurrentes de regresar al pasado autocrático. Aún cuándo la idea de depositar todo el poder en una sola persona demostró ser una esperanza infundada, no deja de ser una costumbre muy arraigada que se manifiesta hasta nuestros días. De ahí la importancia de contar con instituciones sólidas que sirvan como contrapesos ante actos autoritarios del poder.

En la tercera parte de esta serie analizaré el caso de China y su fallido intento de establecer una democracia a principios del siglo pasado. Terminaré esta serie de tres partes, analizando la idealización del pasado en nuestro país en la actualidad.

*Las opiniones del autor son personales y reflejan su interés en aprender de la historia.