Si le interesa la idea de aparatos ecológicos quizás esto le resulte familiar: las proteínas de las espinacas pueden aprovecharse en las pilas o baterías de algunos dispositivos recargables, como los celulares. Sí, como Popeye.

Se trata de todo tipo de investigaciones que tienen el mismo objetivo: contaminar menos. ¿Cómo? Eliminando el plomo níquel, cadmio, cobalto y/o litio de los equipos de cómputo. Y a la vez, hacerlos funcionar con menos electricidad.

El Instituto de Tecnología de la Universidad Massachussets (MIT), la Universidad de Tennessee y el Laboratorio de Investigación de la Marina Estadounidense, así como el Instituto de Cristalografía de la Universidad de Berlín y el Instituto de Tecnología Alemán apuestan a desarrollar de forma masiva esta idea, más con fines ecológicos que comerciales.

Cierto. La idea de la energía de las espinacas en el cómputo portátil no es nueva. Incluso, los investigadores alemanes Hartmut Michel, Johann Deisenhofer y Robert Huber que propusieron esta idea por primera vez en 1988, obtuvieron el Premio Nóbel de Química gracias a esta propuesta.

¿Por qué no se ha logrado llevar al mercado entonces? Simple: la energía de las proteínas de las espinacas requiere de agua y sal para activarse, dos elementos difíciles de conservar en un electrónico.

¿Imagina regar con agua salada su celular cada tanto, como si fuera una planta, para que siga funcionando?

Por cómico que parezca, los científicos de todo el mundo lo siguen intentando. Y es que al parecer, la idea resulta tentadora: en cada hoja de espinaca hay alrededor de 100,000 unidades de energía, que en términos cristianos equivalen a 10 horas de vida de una pila de un celular. Más de lo que ofrece un iPhone de primera generación, por ejemplo.

Ya hay algunos avances: se ha logrado conservar activa la energía de las espinacas en pequeñas baterías, lo que significa que sólo hace falta que un fabricante cree un dispositivo lo suficientemente diferente para que pueda alimentarse de vegetales verdes.

Esta batería-espinaca es una pequeña placa de no más de medio centímetro de ancho y que huele a pasto recién cortado. Y tal como imagina, para que funcione debe sumergirse constantemente en agua (en lugar de recargarse en la corriente eléctrica) y ser lo suficientemente compacta para evitar romperse (y fragmentar las proteínas con energía).

Por supuesto, esta batería de espinaca no contiene ni una sola partícula inorgánica (metal o plástico) pues eso provocaría una interrupción en la generación de proteínas.

Otros hallazgos experimentan con el uso de detergente, que contiene agua en sus partículas y que alimentan a la batería de espinaca. Su defecto: no es una idea ecológica.

Aún resulta difícil imaginar cómo tendrían que ser los celulares para poder incorporar este tipo de baterías. ¿Apple estaría dispuesto a alimentar los iPhone con espinacas? ¿Nokia venderá un pequeño atomizador para refrescar el celular de vez en cuando?

Quizás la oleada ecológica y sustentable logre impulsar esta ideas y logremos conocer –y hasta usar este tipo de aparatos muy pronto.