El mundo transita de la bipolaridad hacia la multiangustia.

México ocupará desde enero y durante dos años una de las 10 sillas no permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. A diferencia de varias agencias de la ONU que sólo dictan recomendaciones de buena voluntad, las del Consejo de Seguridad, llamadas resoluciones, son órdenes cuyos miembros deben tomar.

“Fue buena señal que esta administración ratificara la candidatura que se había presentado años atrás. Muestra continuidad en la política exterior del siglo XXI”, me comenta un diplomático mexicano experto sobre temas de Naciones Unidas quien me pide el anonimato para poder hablar sobre este tema.

La candidatura que hoy será aprobada en Naciones Unidas la presentó el presidente Felipe Calderón en el año 2011.

“Y pues más allá de los presidentes, el impulso es de la Secretaría de Relaciones Exteriores y sus multilateralistas”, comenta el diplomático. Y tiene razón, y agrega, “pero sin la decisión política no se iría a ninguna parte”.

El Servicio Exterior Mexicano está compuesto por gente especializada y profesional.

Para los multilateralistas es un privilegio que el país ocupe uno de los asientos del Consejo de Seguridad. No es un escenario frecuente.

En 2018, el presidente Peña Nieto presentó la candidatura para uno de los asientos durante los años 2040-2041. ¡Dentro de 20 años! La excepcionalidad de la presentación de las candidaturas obedece a la costumbre de que sólo haya un candidato por cada asiento.

Es por ello que México deberá de aprovechar el privilegio de tener el mapamundi a la mano. Desde el próximo octubre, Juan Ramón de la Fuente, Representante Permanente de México ante Naciones Unidas, podrá participar en la transición como es la costumbre. Asistirá a sesiones de consultas. Y desde el 1 de enero del 2021 hasta el 31 de diciembre del 2022, México deberá fijar posturas en los escenarios de conflictos  entre naciones.

Por ejemplo, en el supuesto que las resoluciones que el Consejo de Seguridad ha tomado en lo que va del año las hubiera votado México, tendría que haber fijado posturas en los siguientes temas: embargo de armas a Libia (resolución 2526 del 5 de junio), programa de recogida de armas del gobierno de Sudán (resolución 2525 del 3 de junio), apoyo a Irak en hacer frente a las dificultades con que tropieza al proseguir su labor de estabilización (resolución 2522 del 29 de mayo) y  la situación en Afganistán, en particular, continuar con el apoyo de la misión de asistencia (resolución 2513 votada el 10 de marzo), entre muchas otras.

La dinámica de las interacciones que el gobierno de México tendrá durante los próximos dos años será intensa. Conflictos de larga data continúan presentando importantes retos. Por ejemplo, el día de ayer 16 de junio, la Unión Europea le pidió al presidente estadounidense que deje a un lado las sanciones que el jueves pasado impuso a la Corte Penal Internacional por haber aceptado abrir una investigación sobre crímenes de guerra y lesa humanidad por parte de tropas estadounidenses en Afganistán.

La ONU también ha presentado su preocupación por el comportamiento del presidente Trump en este tema. Ningún país debería de sortear las investigaciones del TPI en materia de crímenes de guerra.

El gobierno del presidente López Obrador tendrá que dejar su discurso de la “no intervención”. Desde el 1 de enero tomará decisiones con naturaleza supranacional.

La estela que dejará el 2020 será compleja. China está replanteando su protagonismo en el mundo a través de nuevos aliados, pero trastocando intereses de sus antagonistas.

El análisis de la geopolítica enriquece a la política doméstica. El mapamundo al alcance de México.

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.