México se desangra. La muerte pasó de ser algo natural a ser un horror; provocada cada día, con más violencia, con más barbarie. Miles de inocentes pierden la vida a manos de alguien más, ¿con qué derecho? Desde el vientre materno, pasando por todas las edades, niños, jóvenes, adultos y adultos mayores han sido masacrados de maneras indescriptiblemente violentas.

Nada de lo que ocurre en México es casualidad. El dolor y sufrimiento por el que atravesamos amerita hacernos preguntas más grandes y profundas para entender el problema de raíz. Hoy todos somos más vulnerables y eso nos obliga a entender qué nos trajo hasta aquí y cómo podemos despertar de esta pesadilla ensangrentada.

Más allá de buscar culpables, que los hay y son muchos, primero debemos hacer una introspección profunda para entender en qué medida somos responsables de lo que ocurre desde lo que pensamos, decimos, hacemos o incluso lo que omitimos.

Es una realidad que, ante tanto ruido y tantos distractores, nos hemos desconectado de Dios, de nuestra propia esencia, unos de otros y de la naturaleza. Hemos caído en la trampa del mal y de la mentira porque somos esclavos de nuestro ego; hemos desterrado la empatía y el amor a los demás y con ello la posibilidad de hacer el bien consistentemente.

Creemos que lo único que importa es lo que nos pase a nosotros y somos incapaces de sentir la realidad más allá de nuestra propia burbuja. Esa indiferencia nos ha aislado y ha roto cualquier vínculo que nos permita sentir amor, compasión y solidaridad. Muchos creyeron que el gobierno era responsable de resolver nuestros problemas y todo se agravó con la llegada del peor gobierno que jamás hayamos tenido. Los problemas se han multiplicado porque no acabamos de entender lo que hemos provocado.

Las cifras de la violencia y las formas indescriptibles en que han muerto miles de mexicanos se dispararon desde que se legalizó el aborto en el 2007. ¿Casualidad? Ninguna. El mal existe y una de sus trampas es hacernos creer que no. Durante varios exorcismos, distintos sacerdotes han contado lo que los demonios han dicho sobre la manera en la que se han apoderado de este país alimentándose de la sangre inocente de los bebés abortados.

Una vez que permitimos que el mal se apodere de nosotros, nos sumergimos en una espiral que nos enreda e impide ver la realidad tal cual es y, por lo tanto, tomar decisiones acertadas. Necesitamos volver a Dios y reconectar unos con otros. Después, unirnos para exigir al gobierno que resuelva y revierta todo el daño provocado.

Mientras haya eco en la creencia absurda del gobierno de que “la violencia fue un proceso de degradación progresivo que tuvo que ver con el modelo neoliberal” no vamos a resolver nada. Mientras sigamos esperando que el gobierno proteja y defienda a millones de mujeres vulnerables, seguiremos perdiendo a miles en manos de locos perturbados.

Empezar por nosotros es la única manera. Necesitamos reconectar con Dios, que es la única fuente del bien y la verdad, con nuestra propia esencia, entre nosotros y con la naturaleza. Sólo así seremos conscientes que, todo el daño que hacemos a los demás, nos lo hacemos a nosotros mismos. Lo mismo el bien. Habrá que detallar el papel que juega el gobierno en todo esto y el tamaño de la exigencia que juntos debemos hacer. México se desangra pero aún podemos detener la hemorragia, de esto depende nuestra supervivencia.

Twitter: @armando_regil

Armando Regil Velasco

Licenciado en Negocios Internacionales

Ágora 2.0

Licenciado en Negocios Internacionales graduado con mención honorífica por el Tec de Monterrey. Estudió Economía y Políticas Públicas en Georgetown University. Cuenta con diversos diplomados de institutos como: la University of International Business and Economics de Beijing.