La Unión Europea es vista desde México como una suma de partes determinadas y de naciones indeterminadas. Es decir, se le observa como un ovni.

Su capital es Bruselas y la condición para entrar al club es la cesión de soberanía.

Bajo una escena de extrema ficción en la que las fronteras de México colindaran con Francia y España, el presidente mexicano López Obrador manifestaría su desacuerdo con la Unión Europea. Al pertenecer a la zona comunitaria, AMLO organizaría un Mexit para recuperar la soberanía, y lo haría encendiendo los ánimos nacionalistas como en su momento lo hicieron Boris Johnson y Nigel Farage, entre otros, en Reino Unido.

Algo más, si el Banco Central Europeo regulara la circulación del euro desde Tijuana hasta Tapachula, AMLO nos diría que los neoliberales de Frankfurt sabotean sus planes de crecimiento.

No sería nada fácil para el presidente mexicano tolerar la entrada de los comisarios de economía y de comunicaciones al país para revisar el cumplimiento de las leyes comunitarias, ni tampoco soportaría que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea revirtiera casos a la Suprema Corte por violar la legislación supranacional.

Si México perteneciera a la Unión Europea, ningún presidente lo amenazaría con imponerle aranceles a sus exportaciones, en el remoto caso de que el presidente López Obrador no impidiera el paso de migrantes de terceros países; se hablaría menos de banderas, pero mucho más de fondos de cohesión; no se hablaría de muros, pero sí de alianzas en el Europarlamento; menos de pasaportes, pero más del espacio Schengen.

Los estudiantes mexicanos aprovecharían los intercambios Erasmus para proyectar su futuro en 28 países. Soñar es muy fácil. Difícil es nuestra realidad.

Este viernes a las 23 horas, tiempo de Bruselas, Reino Unido dejará la Unión Europea después de haber sido víctima de la primera campaña oficial de fake news en la historia. Una guerra civil del Partido Conservador extrapolada a todo el país termina con más de 40 años de historia de Reino Unido en la Unión Europea.

Los intentos que hiciera el primer ministro Harold Macmillan de introducir a su país a la Unión Europea chocaron con De Gaulle, quien bloqueó su ingreso por considerar al país un caballo de Troya estadounidense. Reino Unido siempre ha mantenido distancia crítica con Bruselas y siempre ha defendido la soberanía de la City (libra). En pocas palabras, siempre se ha mantenido en la última fila del europeísmo a pesar de Edward Heath (1970-1974), Harold Wilson (1974-1976) o Tony Blair (1997-2007), tres primeros ministros europeístas.

David Cameron intentó apagar una rebelión en su partido organizando el Brexit. Perdió frente a una ola nacionalista ambientada por Nigel Farage, amigo de Donald Trump. Durante casi cuatro años, el país permaneció al fondo del laberinto generando desincentivos a ciudadanos de los 27 países de la Unión Europea para no replicar el Brexit en sus respectivos países.

La fundación Unión Europea-Latinoamérica y el Caribe (EU-LAC) organizó un evento la semana pasada en San José, Costa Rica, con el objetivo de reunir a gente vinculada al periodismo de ambas regiones. ¿Por qué es importante que los medios de la Unión Europea cubran los sucesos políticos de América Latina y el Caribe, y viceversa?

La respuesta es evidente. En México, se ha hablado mucho sobre el Brexit, pero se entiende poco. Se desconoce el peligro que representa azuzar la soberanía; no se sabe que la misión fundacional de la Unión Europea es evitar las guerras. Banderas, soberanías y nacionalismos, variables de una ecuación en la que aparecen los conflictos bélicos.

¿El presidente López Obrador estaría de acuerdo en ocupar el puesto de Reino Unido en la Unión Europea?

Dulces sueños.

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.