La Historia congeló a Guillermo Prieto justo como aparece en las monografías que se compraban en la papelería. Como un regordete en pose heroica: cubriendo con su cuerpo a Benito Juárez de mediocre pelotón de fusilamiento mientras pronuncia su frase más recordada: “¡los valientes no asesinan!”. Una imagen que estuvo en antiguos libros de texto gratuito y todavía en el relieve que se conserva en el Palacio de Gobierno de Guadalajara.

Durante mucho tiempo, Prieto fue una especie de héroe nacional de reparto, contrapunteando siempre la actuación del protagónico y citado por aquellas palabras. Pero la fortuna, decía Gracián, se cansa de llevar siempre a un mismo hombre sobre las espaldas y hubo de llegar el tiempo del reconocimiento: Guillermo Prieto dijo sus más ilustres frases por escrito y emprendió la lucha más loable —terca, divertida y obsesiva— a favor de la palabra y la memoria.

Nacido el 10 de febrero de 1818, Prieto llegó a un México donde la agricultura estaba arrasada, la minería desplomada, la Independencia pendiente y el país a punto de entrar a otras guerras. Pasó la infancia entre la casa de sus abuelos situada en la calle Portal de Tejada, cerca de Salto del Agua y en el Molino del Rey —del cual su padre era administrador—, entre la salud del aire fresco, los pastores, comidas de barbacoa y caminatas sobre el acueducto. Difícil que, con sólo 4 años, tuviera presente el triunfo de la Independencia, la proclamación de Iturbide como emperador o su caída diez meses después.

De su niñez –nos ha contado por escrito— recuerda el balcón de Portal de Tejada desde donde observó a increíble cantidad de personajes y aprendió una notable colección de majaderías. Cuenta que una sola vez estuvo con Vicente Guerrero, habló con él de papalotes y de trompos, adoró sus maneras amables con “aquel talento que hacía olvidar su ignorancia” y cómo, ante sus ojos infantiles, este caudillo del sur tuvo dimensiones de coloso.

Escribe Prieto en Memorias de mis tiempos, —uno de los grandes libros mexicanos del siglo XIX— que al quedar huérfano y gracias a una temeraria entrevista con Andrés Quintana Roo, en esos momentos Ministro de Justicia de Santa Anna, pasó del desempleo a trabajador en aduanas, y de ser un iletrado a destacado alumno del Colegio de San Juan de Letrán. Agradece la protección de don Andrés –que también era poeta— porque lo ponía a estudiar matemáticas, inglés y gramática por las mañanas y le daba tiempo de escaparse a la calle a comerse unas fritangas y platicar con los muchachos en las tardes. En la aduana conoció a músicos, toreros, empresarios y políticos… pero siempre regresaba a tomar sus clases de Historia en el Colegio de Jesús con su amigo Manuel Payno.

En 1833 apareció su primera composición firmada, colgada de los pórticos de todas las iglesias. Eran versos por encargo, alusivos a la epidemia de cólera que azotaba la ciudad y de la cual se había curado su hermano casi milagrosamente, “un sonetazo para chuparse los dedos”, escribe Prieto feliz, sin falsa modestia. Sin embargo, fue el trabajo periodístico lo más constante en su quehacer literario. En el periódico El siglo XIX escribió por más de 53 años su columna semanal en prosa y verso “Los San Lunes de Don Fidel” donde comentaba los sucesos políticos, sociales y religiosos y se hizo de un buen número de fanáticos.

Colaboró también en El Monitor Republicano y, con Ignacio Ramírez fundó, en 1845, el diario satírico Don Simplicio que un año más tarde, por órdenes del gobierno, tuvo que suspender. Y es que, hacer escarnio al enemigo también fue una de sus habilidades. En El Monarca, una publicación menor, en desvergonzada alusión a Maximiliano, publicó la virulenta sátira que se hizo famosa: “Ya vino el Güerito, me alegro infinito, ¡ay, hija!, Te pido por yerno un francés”. Inserto en el gusto de la gente, durante la Guerra de los Tres Años, su canción “Los cangrejos” fue el himno que cantaban a diario los miembros del ejército liberal y, adaptado para otras muchas tropelías extranjeras, a la letra decía en su coro: “Cangrejos, al combate, cangrejos, al compás; un paso pa' delante, doscientos para atrás.”

Nunca dejó de publicar, escribir prosa y poesía e inventarse seudónimos variopintos: Tío Soplatesa, Pollino, Fray Simplicio; Don Toribio, Tío Camorra, Fidel y Zancadilla. Todo ello a la par de su labor política: fue secretario particular de Valentín Gómez Farías y Anastasio Bustamante; ministro de Hacienda con Mariano Arista, Juan Álvarez, y Benito Juárez; diputado quince veces y ministro de Relaciones Exteriores con José María Iglesias.

Al final de su vida, casi ciego, aquejado de achaques y dolores, Prieto todavía esperaba la publicación de sus romances históricos dedicados a los Constituyentes y a la Guerra de Reforma. Pero cuando terminó febrero decidió ya no tomar su medicina. Pidió que lo dejaran en paz y murió el 2 de marzo de 1897 al caer la tarde. Hubo ceremonias y discursos. Cuentan las crónicas que la ciudad de México estuvo plomiza y fría por más de una semana. Dijeron que así lloraba a su poeta.