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Opinión

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Memoria para una luz oscura

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En el año y lugar de su nacimiento –Guanajuato, dos días después de iniciado el verano de 1818– el país atravesaba por una de las etapas más sangrientas de represión contra el movimiento insurgente. De nombre largo y diverso –Juan Ignacio Paulino Ramírez Calzada–, familia librepensadora, padre de origen tarasco y madre de raza azteca pura, nunca imaginó que acabarían llamándolo “El Voltaire Mexicano” y que su nombre mejor conocido sería el de El Nigromante.

En los primeros diez años de su vida, Ignacio Ramírez fue testigo de cómo doña Sinforosa –su madre– permitía que en su casa se fabricasen perdigones de pólvora, escondiera en su salón de costura armas y dinero para la causa independiente y proporcionara alojamiento a personajes como la esposa de Juan José Martínez –el verdadero Pípila– y brindara protección a perseguidos como Ignacio Pérez, cómplice de Josefa Ortiz de Domínguez, tras descubrirse la conspiración libertaria. Miró cómo don Lino – su padre– se convertía en figura importante del Partido Liberal Federalista, vicegobernador del Estado de Querétaro y partidario de las Leyes de Reforma. ¿Cosa de magia negra haber sido infantil presencia de la inauguración del Congreso Constituyente, la firma del Plan de Iguala, el triunfo del Ejército Trigarante, Agustín de Iturbide proclamándose emperador, abdicando después y de toda su familia pronunciándose a favor de la Constitución de 1824? No sabemos, pero sobre su niñez, el futuro Nigromante escribiría: “La pasé con sarampión, viruela, sustos, regaños, misas, escuela. Yo era un niño que se divertía, jugaba con todas las muchachas a las escondidillas; y en vez de escuchar explicaciones sobre cosas que nunca he entendido, me escapaba de la escuela para vagar por el campo a la orilla de ese arroyo que los queretanos llaman río”.

En 1934, Don Lino Ramírez se enfrentó al poder clerical y a las sublevaciones del Partido Centralista en San Juan del Río y tras una violenta persecución, toda la familia se trasladó a la ciudad de México. Fue ahí donde el joven Ignacio decidió estudiar seriamente. Entró al prestigioso colegio de San Gregorio, dirigido por Juan Rodríguez Puebla, pedagogo de liberales y protector de la raza indígena, a estudiar el curso de artes. Después pasó al Colegio de Abogados. Como alumno fue perseverante y brillante como autodidacta. Obsesivo visitante de bibliotecas, era muy común encontrarlo en la del Convento de San Francisco, donde quiso convertirse en experto de toda materia, aprender varios idiomas y usar la sabiduría como la luz de una antorcha. Así lo hizo. Y fue aquella ilustrada terquedad la que acabó granjeándole el mote de “Voltaire mexicano”, cuando apenas tenía 16 años.

Sin intención de detenerse, sería admitido en la Academia de San Juan de Letrán e iniciaría su vida literaria haciendo una constante labor periodística. Fundó con Manuel y Guillermo Prieto el periódico Don Simplicio, que con adecuada jiribilla pretendía ser “la mirada de los simples”, pertenecer “a la “proscrita clase de los trabajadores” y proponía “ser mexicano ante todo” adoptando dos modalidades: una “risueña y fandanguera” y otra, “formal y meditabunda”. Don Simplicio se convirtió en el estandarte de una temprana evolución política, religiosa, económica y profundamente revolucionaria. Fue anunciando la salida de aquel diario, cuando Ignacio Ramírez se presentó ante el público de la siguiente manera: “Y un oscuro Nigromante que hará por artes del diablo / que coman en un establo/ Sancho, Rucio y Rocinante con el Caballero andante”

A partir de aquel momento, la magia de la pluma del Nigromante –narrador, cronista, poeta, ensayista, filósofo– salió a hechizar y escandalizar al universo. Acusado de oscuro y maligno por sus opiniones radicales fue encarcelado varias veces. La primera, por culpa de un texto contra el fastuoso funeral que Antonio López de Santa Anna le había dedicado a su pierna perdida en la batalla y que decía así:

“No sabré nunca como el mocho traidor no puso su cabeza, en vez de la pata, frente al cañón. Al menos hubiera podido decir: murió glorificado en su intento de salvar a México, Pero prefirió vivir deshonrado, lisonjeado y aplaudido por lo más inútil de este país, que no genera más que cargas espirituales y físicas al pobre pueblo mexicano. Si es cierto que la esposa del señor Santa Ana pagó por los aplausos y lisonjas debería darles a otros para que le digan a su esposo lo indigno de su existencia, vida de uno que nació y vivió para causar pena o lástima al pueblo mexicano, que en su heroico destino no merecía a ese personaje, perpetuado en el poder para ser sólo un estorbo y no solución, pero eso sí, rodeando y posándose siempre en el estiércol, con las más bellas mariposas.”

Muchas veces acusado de maligno y oscuro, El Nigromante murió el 15 de junio de 1879, es decir ya casi un día como hoy, lector querido. Las palabras que su amigo Guillermo Prieto dijo, ante su muy grande y luminosa obra fueron homenaje a su talento y luz para sus detractores: “Yo, para hablar de Ignacio Ramírez necesito purificar mis labios, sacudir de mi sandalia el polvo de la Musa Callejera, y levantar mi espíritu a las alturas de los que conservan vivos los esplendores de Dios, los astros y los genios”.

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