Todos queremos que México sea un país en donde cada quién, de acuerdo a sus capacidades y preferencias y con arreglo institucional que brinde igualdad de oportunidades, sea libre de elegir cómo asignar sus recursos. Todos aspiramos a vivir en un país en el cual el nivel de bienestar de las generaciones futuras sea mayor que el que cada quien tiene actualmente; deseamos que nuestros descendientes vivan mejor que nosotros. Y también queremos que ésta mejora Intergeneracional sea generalizada, que abarque a todos los miembros de la sociedad. Aspiramos a que México sea un país cada vez más desarrollado.

Empecemos con la familia. Genéricamente, ésta es una unidad económica compuesta por uno o más miembros cuyo objetivo es tratar de maximizar el nivel de bienestar del conjunto de toda la familia, produciendo en el hogar los satisfactores finales con bienes adquiridos en el mercado. Cada familia tiene a su disposición un acervo de capital (tanto físico como humano) que tiene un uso productivo a partir del cual obtienen un ingreso. La primera decisión es, en consecuencia, dónde utilizar ese acervo de capital para tratar de maximizar su rendimiento; dónde trabajar. Con el ingreso obtenido la familia tiene que decidir qué necesidades satisfacer y con qué intensidad, lo que la lleva a decidir qué bienes adquirir, además de elegir su patrón de consumo intertemporal (cuanto de su ingreso presente ahorrar para consumir en el futuro).

Otra decisión crucial, quizás la más importante, es decidir cuántos hijos tener y cuánto del ingreso que podría ser destinado a consumo propio se le destina a ellos en alimentación, vestido, salud y educación es decir, cuantos recursos se utilizarán para la acumulación de su capital humano. Los padres derivan satisfacción del bienestar de sus hijos y por lo mismo, destinar recursos para que ellos acumulen capital humano es una decisión egoísta - altruista; no esperamos que nos paguen lo que en ellos invertimos y aspiramos a que con el capital humano del que los dotamos y el apoyo que pudiésemos darles (monetario o en especie), alcancen en el futuro un nivel de bienestar mayor que el nuestro.

Adicionalmente, habiéndoles dotado de capital humano y el apoyo que les pudimos dar, esa actitud egoísta - altruista, la herencia óptima es cero. Si fallecemos antes de acabarnos los recursos excedentes y queda una herencia positiva, suertudos. Lo que es ineficiente, desde una perspectiva de mejora intergeneracional, es la herencia negativa ya que ello implica que los hijos tendrían que destinar recursos para mantener a sus padres en lugar de destinar esos mismos recursos a consumo propio y, más importante aún, a un mayor capital humano de sus propios hijos.

Así, toda familia, independientemente de si es pobre, de clase media o rica, toma las decisiones arriba señaladas con un objetivo muy preciso: la expectativa de una mejora intergeneracional. A eso aspiramos.

El papel del gobierno en el diseño e instrumentación de políticas públicas, es dotar a la sociedad de un arreglo institucional para que cada familia decida libremente, en un escenario de igualdad de oportunidades, cómo lograr ese objetivo. Esto implica derechos de propiedad eficientemente definidos y protegidos así como procurar que todos los mercados operen en competencia.

Mención especial requiere el conjunto de políticas públicas enfocadas a las familias de menores ingresos. No por el hecho de ser pobres no aspiran a una mejora intergeneracional; los pobres también desean que sus hijos dejen de serlo. Las transferencias directas al ingreso, aunque ayudan, no resuelven el problema de pobreza estructural. Para ello, la mejor contribución que el gobierno puede hacer es darles un servicio educativo y de salud de alta calidad. Esto es lo que les da la oportunidad de salir de la trampa de la pobreza.

ikatz@eleconomista.com.mx

Isaac Katz

Economista y profesor

Punto de vista

Caballero de la Orden Nacional del Mérito de la República Francesa. Medalla al Mérito Profesional, Ex-ITAM.

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