Cualquier recurso valioso sin derechos de propiedad privada bien definidos, o sin un esquema eficaz de regulación, está condenado a su sobrexplotación, agotamiento y destrucción; la maximización de beneficios individuales, como conducta generalizada, conduce a una tragedia colectiva. Es la clásica tragedia de los recursos comunes (Tragedy of the Commons), reconocida certeramente por Garret Hardin (biólogo, economista institucional) desde los años 60 del siglo pasado. Y es el concepto que mejor representa a gran parte de los sistemas y factores físicos, ambientales o ecológicos cruciales para la supervivencia: atmósfera, biodiversidad, acuíferos y mares, todos ellos en riesgo o franco deterioro.

Los mares internacionales son el epítome de los recursos comunes, patrimonio común de la humanidad, y en el ámbito nacional mexicano, los mares territoriales y patrimoniales. Ecosistemas marinos y pesquerías comerciales son arrasados en el mundo; 85% de las poblaciones de peces de interés comercial está colapsada o sobreexplotada, en México, la mitad. Más de la cuarta parte de la pesca a nivel global es ilegal, en México, más de 40 por ciento. Los grandes peces depredadores ubicados en la cúspide de las cadenas ecológicas marinas son objeto de exterminio; se han reducido en más de 90% poblaciones de atún, pez espada, marlin y tiburones. Muchos gobiernos, como el nuestro, subsidian a sus pescadores (combustibles, embarcaciones), lo que multiplica el esfuerzo pesquero y promueve el uso de artes de pesca terriblemente destructivas.

Arrecifes coralinos (los ecosistemas marinos más diversos y productivos) mueren por sobrepesca y contaminación, y por blanqueo, producto del aumento en las temperaturas oceánicas. Los manglares, que son viveros de especies marinas y amortiguador que protege a las costas tropicales ante ciclones y huracanes, han sido diezmados, transformados en granjas camaroneras, rellenados o simplemente deforestados. Plaguicidas y fertilizantes arrastrados por ríos, y aguas residuales de ciudades costeras contaminan y eutrofizan enormes zonas marinas, convirtiéndolas literalmente en mares muertos. Los océanos son el principal productor de oxígeno en el planeta, a través de la fotosíntesis que realizan algas marinas gracias a la clorofila; las concentraciones de clorofila han caído hasta 12% en 10 años, debido también al calentamiento global. Menos oxígeno significa más CO2 en la atmósfera.

No hay gobierno en los mares internacionales. Existe una Convención de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, enfocada a muchas cosas (navegación, defensa, minería, pesca), pero sin capacidades de regulación en materia pesquera, y omisa en cuanto a la conservación de los mares. Existen organizaciones internacionales temáticas o regionales, gran parte de ellas ineficaces, de alcance limitado, o capturadas por intereses económicos y políticos.

Actúan desde una perspectiva local o sectorial, ninguna, con una óptica espacial integrada. Lo peor es que nadie regula a la pesca, que es la actividad humana de mayor impacto ecológico sobre los mares. La tragedia se repite a escala nacional, en aguas territoriales y patrimoniales. Con raras excepciones (Islandia, Australia, Chile, Nueva Zelanda, Estados Unidos) los gobiernos carecen de voluntad e instituciones para enfrentar el desafío de gobernanza de sus mares.

Muchas conciencias comienzan a despertar ante la tragedia de los comunes arquetípica que asuela a los mares. El pesado aparato de Naciones Unidas empieza a moverse, promete pláticas iniciales en el 2015. Es preciso acelerar el proceso y llevarlo hasta al desarrollo de una Organización Mundial de los Océanos. México debería ser líder y catalizador. El problema es que nuestro país adolece de las misma carencias e indiferencias. No hay gobierno ni responsabilidades integradas en nuestros mares y costas; no podemos predicar sobre nuestros pecados. Es preciso superar cuanto antes esa deficiencia suicida.