¿El libro siempre es mejor? Por lo menos eso asegura la sabiduría popular. Que cuando se adapta un libro a la pantalla el proceso de traducción de lenguaje lleva implícitos cambios que, muy frecuentemente, demeritan la experiencia (o el recuerdo de esta), que tiene el lector.

Sin embargo, hay contados casos en que la adaptación es mejor. Incluidos aquellos en que es el propio autor de la obra literaria el que aprovecha la ocasión para añadir elementos (o quitarlos) a la historia.

Tal es el caso de Sharp Objects de Gillian Flynn, cuyo libro se editó hace algunos años (en español se publicó como Heridas abiertas). La novela es un thriller eficaz, aunque profundamente perturbador (como todo lo que escribe Flynn). El libro se vendió moderadamente, pero se volvió codiciado después del éxito internacional de su tercera novela: Gone Girl (Perdida), que ella misma adaptó al cine y dirigió David Fincher.

Sharp Objects cuenta la historia de Camille Preaker, una joven periodista de Chicago que regresa a Wind Gap, su pueblo natal, para cubrir la noticia de la desaparición y asesinato de una chica de la localidad. Camille regresa con pesar. Tanto el sitio como el reencuentro con su madre, le traen malos recuerdos. Le costó casi la vida mucho escapar de su atmósfera asfixiante. Encima, desde la adolescencia Camille ha padecido un trastorno que la llevó a autolesionarse, cortándose la piel en forma de palabras.

En la novela, Camille es la narradora y vamos involucrándonos en el suspenso de la historia en la misma medida en que nos sumergimos en su mente. Hasta que nos encontramos como ella, en una pesadilla de la que, en el fondo, no ha conseguido escapar.

Sharp Objects fue adaptada el año pasado para una miniserie de HBO. La adaptación la hizo la misma Flynn en conjunto con un equipo de seis guionistas liderados por Ariella Blejer. Los ocho episodios fueron dirigidos por Jean-Mac Vallée, el brillante director canadiense (nació en Quebec) responsable de Dallas Buyers Club, La reina joven y la espléndida Big Little Lies (también para HBO).

En la adaptación se pierde la voz narrativa de Camille (Amy Adams), pero se gana en muchos otros aspectos. Principalmente en que los demás personajes finalmente respiran, tanto su madre Adora (Patricia Clarkson, inolvidable), como Richard Willis (Chris Messina), el detective a cargo de la investigación, o Alan (Herny Czerny), padrastro de Camille. El Wind Gap de Vallée es menos una reconstrucción irracional de la mente de su protagonista y más un sitio inquietante donde resulta claro que más de una cosa están terriblemente mal.

Al escapar de ese molde, que sin duda ayudaba a que la novela se percibiera como un mal viaje angustiante, el misterio funciona mucho mejor. Vallée convierte la historia de Flynn en una sucesión de metáforas, donde el pueblo (y sus habitantes) están tan presos de su esencia de autodestrucción como Camille.

Este Wind Gap alcoholizado, cuya economía y espíritu van de la mano con la granja porcina que los emplea a todos (propiedad de la familia Preaker), está tan ligado a lo sanguinario como roto en su propia decadencia moral.

Cuando lee uno la novela de Flynn, el libro se vuelve uno más de esos objetos afilados que herían la piel de su protagonista. En la miniserie queda claro que para Camille, su relación familiar es tan cortante como los objetos con los que se lesionaba. Que cada rincón de Wind Gap está lleno de aristas, de recuerdos, consciente e inconscientes, que la hieren.

Camille es un personaje fascinante, frágil y vulnerable ante sí misma y empática y resiliente frente al dolor de los demás. A diferencia de la voz narrativa de la novela que nos envolvía con su aflicción autodestructiva, la Camille de Adams, la mejor actriz de su generación, nos deja acercarnos para entender.

El manejo visual y sonoro de Vallée son extraordinarios. La música que escucha Camille en un viejo iPod estrellado, o la que Alan deja flotar sobre la casa con su estéreo de lujo, son recursos escapistas de los personajes, que Vallée utiliza para contagiarnos con sus emociones, siempre más complejas de describir.

Sharp Objects no es una serie placentera. Es una historia de suspenso y pesadilla, impecablemente construida y actuada, que se toma la molestia de involucrarnos, hacernos sentir y más de una vez darnos una bofetada. Es uno de esos productos, casi preciosos por extraños e inolvidables, que se gestan dentro de lo que era HBO (habrá que ver si el canal sobrevive la compra de Warner por AT&T).

RicardoGarcía Mainou

Escritor

Las horas perdidas

Estudió Ciencias de la Comunicación con especialidad en Radio y Televisión Educativa en la Universidad de las Américas Puebla.

Ha escrito, editado, traducido y diseñado para diversas publicaciones literarias, periodísticas y especializadas: locales y nacionales (Libros de México, Revuelta, De viaje, Cinéfila, La masacre de Cholula, etc.).