La victoria de Erdogan en las elecciones presidenciales el domingo es una mala noticia para los turcos que poco a poco ven a su país transformarse en otra dictadura medio oriental, con periodistas, políticos y académicos perseguidos por sus opiniones.

Ya no es políticamente correcto criticar los resultados de una elección democrática, a pesar de que la sensación es que los votantes se siguen tirando balas en los pies.

Es cierto, Erdogan ha mejorado las condiciones de vida de los más pobres y les ha animado a tener orgullo de su pasado otomano y musulmán. Sin embargo, eso no borra los cuestionamientos sobre la transparencia del voto, en un país donde uno de los candidatos presidenciables se encuentra en la cárcel. La prensa está controlada, y los resultados de las elecciones fueron anunciados por el partido en el poder antes de que finalizara el conteo.

La oposición rechaza lo que califica de manipulación. Sin embargo, los resultados fueron avalados por la comisión electoral y queda poca posibilidad de que Erdogan ceda un ápice de poder cada vez más desbalanceado a su favor por el control total del gobierno (ya no existe la figura del primer ministro), del Parlamento y la posibilidad para el presidente de gobernar por decreto.

Con la intentona de golpe en el verano del 2016, Erdogan casi aniquiló varios contrapoderes: el Ejército, la prensa y las universidades.

Esa victoria también es mala noticia para el resto del mundo. El balance internacional de 15 años de liderazgo de Erdogan es espantoso. Bajo su gobierno, el país se enemistó con sus vecinos y ya no tiene aliados ni apoyos.

En la zona vecina de Turquía, Erdogan despierta la hostilidad de países relevantes como los son Arabia Saudita, Egipto e Israel. También mantiene relaciones tensas que podrían degenerar en conflictos militares en cualquier momento con Armenia, Chipre, Grecia, Irak y Siria.

Sólo mantiene relaciones de cooperación con Irán y Rusia, precisamente sus dos principales rivales regionales, tanto geopolítica como ideológicamente, con los cuales las relaciones no pueden, por ende, transformarse en alianza. Adicionalmente, Rusia e Irán son los más antagonistas con Occidente.

Si bien el objetivo de adhesión de Turquía a la UE sigue oficialmente vigente, y por el momento la cooperación continúa en muchos ámbitos, empezando por el migratorio, en realidad las negociaciones están congeladas.

Turquía mantiene relaciones malas con varios países decisivos en la negociación, como son: Austria, Alemania o los Países Bajos, sin hablar de Chipre o Grecia.

Un acercamiento con la Unión Europea es hoy por hoy, imposible. Con Estados Unidos también las relaciones son pésimas, a pesar del parecido personal entre sus dos dirigentes ególatras y violentos en sus decisiones.

Hoy, y por lo menos durante los próximos cinco años, la Turquía de Erdogan es un factor de inestabilidad: interviene militarmente en Siria. Se entromete en conflictos entre militares egipcios y los hermanos musulmanes, entre Arabia Saudita y Qatar, y entre Israel y el Hamas. Más ominoso aún, el poder absoluto de Erdogan provoca el recrudecimiento de las luchas armadas en un país profundamente dividido, violento y rodeado de vecinos hostiles. Una guerra civil de baja intensidad sería muy mala noticia en el polvorín que es Medio Oriente y el mundo entero.