En una portada de la revista francesa Le Nouvel Observateur Mickey Mouse escalaba la Torre Eiffel, y una frase editorializaba la imagen: El Chernóbil cultural. La elocuencia del mensaje no requiere mayor explicación.

Ocurrió en 1992, año en que EuroDisney abrió sus puertas al público europeo. Los errores estratégicos de mercadotecnia terminaron por reposicionar el parque de diversiones ahora llamado Disneyland París.

Un caso de estudio de negocios reveló en su momento que entre los europeos menores de edad que tenían mayor propensión por leer los cómics de Disney se encontraban los franceses. La brecha entre los intelectuales que leían el semanario, hoy llamado simplemente Nouvel Obs (L’Obs) y los aficionados a Disney demostraban que el poder de la cultura pop estadounidense podría derribar viejos paradigmas.

Treinta años después, parece que la historia se repite.

El dinero hace realidad muchos deseos. El dinero gratis los hace enloquecer.

El presidente Emmanuel Macron obsequia 300 euros (7 mil pesos) a 800,000 jóvenes franceses de 18 años sin importar su condición económica a través del llamado Pass Culture.

Muy sencillo, los jóvenes tienen que bajar una aplicación que promueve el Ministerio de Cultura y, a través de algoritmos de geolocalización, en las pantallas de sus teléfonos aparece una oferta de propuestas culturales cercana a sus hogares. Con el obsequio, los jóvenes pueden comprar boletos para ir al cine, la ópera, el teatro, libros, conciertos, videojuegos, suscribirse a periódicos y a plataformas de video.

Los usuarios solo pueden gastar 100 euros en suscripciones online o e-books y, adicionalmente, las ofertas de plataformas y publicaciones tienen que ser en francés, lo que excluye a Netflix o Disney+.

Otra restricción apunta hacia los videojuegos, sus contenidos no deben de incluir violencia y deben de estar producidos al menos por una empresa francesa.

La idea de Macron cumple varios objetivos, destacan dos: apoyar a la industria cultural de su país por el fuerte azote en sus finanzas debido a la pandemia e incentivar a los jóvenes para que se acerquen a la cultura “francesa”.

Sorpresa. “Me compré todo Stone Ocean (la sexta parte del manga Jojo's Bizarre Adventure) y no me acabé el banco”, publicó Le Monde el pasado 3 de junio. Una expresión de un adolescente que expresó el destino del obsequio presidencial. Y la frase que editorializa el fenómeno fue: El Pass Culture se convirtió en Pass Manga.

La Vanguardia del lunes jugó con la cabeza de la nota de manera similar: “One Piece” contra Proust.

Un vendedor de la librería parisina La Planète Dessin le dijo a un periodista de Le Monde: “No te apenes de que lean manga. Recuerda que desde hace tiempo, los jóvenes dejaron de leer”.

La excepción cultural francesa elimina el entorno típico de la oferta y la demanda. El 73% de los entrevistados que se han beneficiado del pase cultural revelan que están experimentando nuevas experiencias culturales; 32% acepta que ha ido a un museo por primera vez (encuesta elaborada por SAS Pass Culture, Le Monde, 20 de mayo).

"El Pass Culture es una palanca para que las políticas culturales regionales lleguen a más públicos y contribuye a la emancipación y autonomía de los jóvenes" , insisten Déborah Münzer y Eric Garandeau, directores del proyecto.

En el entrono global no es fácil articular una política pública para beneficiar el adn de la cultura francesa. Macron sabe que la serie francesa Lupin ha tenido éxito a través de Netflix. El actor Omar Sy es muy popular en el país y en esta serie interpreta a un clásico, Arsène Lupin, un ladrón que aparece en las novelas de detectives del escritor francés Maurice Leblanc.

Pass Culture es, en realidad, un GPS sobre el consumo de cultura por parte de jóvenes.

@faustopretelin

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.

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