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Macron gana, pero el problema es el día después
La victoria de Macron sobre Le Pen es clara en cuestión de números (diferencia de 16.8 puntos porcentuales), pero cualitativamente es preocupante.
Detrás de las cifras está el colapso de los partidos tradicionales, la consolidación de la polarización y el ascenso lento pero imparable de la extrema derecha.
Al usar la lupa en el conjunto de datos de la votación brotan las preocupaciones: un 65% de los jóvenes entre los 25 y 34 años votaron, en la primera vuelta, por la izquierda radical representada por Jean-Luc Mélenchon. Del otro lado de la moneda: en un escenario hipotético en el que no hubieran votado los mayores de 60 años, Macron no hubiera pasado a la segunda ronda.
Las cifras de la primera vuelta tendrían que dejar perplejo al segmento que defiende la democracia liberal: el 53% de los votos se concentraron en los tres candidatos radicales mejor ubicados después de Macron: Le Pen, Mélenchon y Zemmour.
Otra de las pruebas que revelan el poco entusiasmo que generó la segunda vuelta la sintetiza una frase que se escuchó en las últimas dos semanas: “Ni Le Pen ni Macron”.
En el contexto donde Boris Johnson expulsará a inmigrantes de cualquier nacionalidad a Ruanda, el proceso de desdemonización de Marine Le Pen fue exitoso. La que parecía ser un corderito inofensivo que acaricia a gatos, tenía la intención de dar un golpe técnico a la Unión Europea: de haber ganado ayer 24 de abril, promovería un referéndum sobre la metaconstitucionalidad del derecho francés sobre el comunitario (de la Unión Europea). Es decir, un Frexit técnico.
Fue Éric Zemmour, radical que vendió su campaña con los ingredientes del remplazo cultural, el que ayudó a asimilar el discurso de la señora Le Pen en una parte de la demografía perteneciente a la derecha tradicional.
Una parte estratégica de los votos que le dieron la victoria a Macron fueron prestados o no depositados. Y paradójicamente, muchos de ellos se los prestó la izquierda radical de Mélenchon. Louis Alliot, alcalde de Perpiñán y portavoz electoral de Marine Le Pen, lo expresó días atrás de forma límpida: “Hay que contar con la desmovilización del electorado de izquierda, que ha sido amamantado en el odio a Macron durante cinco años” (La Vanguardia).
En efecto, casi tres de cada 10 ciudadanos con derecho a voto, no lo hicieron ayer.
Durante su discurso en El Campo de Marte, luego de conocer los resultados, Macron hizo un ejercicio de realismo puro: reconoció que muchos de los votos que le hicieron ganar tuvieron como objetivo bloquear el ascenso de la ultraderecha.
Hizo bien en reconocerlo.
Las virtudes de Macron y de cualquier líder en el siglo XXI deben iniciar en saber gestionar las crisis. La económica de 2008 y la sanitaria de 2020 han reconfigurado el mapa de la política.
Algunos, no se han enterado.
@faustopretelin

