No es lo mismo que el gobierno gaste a que los individuos y las familias gasten o inviertan. En primer lugar, el gobierno latinoamericano típico gasta mucho y gasta mal. Basta echar un vistazo a la enorme carga impositiva sobre la sociedad y a la ínfima calidad de los servicios públicos para constatarlo. Cuando el gobierno gasta un peso, o un real, o un quetzal, gasta el dinero de otros (los contribuyentes), y típicamente no rinde cuentas a nadie o las cuentas son poco transparentes. En la transparencia y rendición de cuentas los políticos nos quedan debiendo.

En contraste, cuando una familia gasta, o invierte, lo hace con el conocimiento de cuáles son sus necesidades —alimentación, vestido, vivienda, útiles escolares, etc— o si puede acaso darse algún lujo y cuál es su presupuesto y su capacidad de pago, si es que decide tomar algún préstamo. Además, lo que gasta o le pertenece o lo pagará eventualmente: toma toda la responsabilidad y asume el costo íntegro de sus decisiones.

El gobierno muchas veces se jacta de saber mejor que las familias lo que éstas necesitan (esto en muy pocas ocasiones es correcto). No podemos negar que existen servicios (públicos) que sólo el gobierno puede ofrecer o concesionar de manera eficiente, por ejemplo la iluminación y la pavimentación de las calles.

Pero existen muchos bienes y servicios de naturaleza privada que el gobierno insiste en producir o en distribuir, provocando un desperdicio millonario de recursos para la sociedad. Los países de América Latina no pueden darse el lujo del despilfarro. Por ejemplo, en México, el presupuesto público contempla un gasto de 10 millones de pesos por minuto, casi 180,000 pesos por familia. El gobierno gasta mucho y gasta mal.

Si el gobierno se endeuda, y frecuentemente lo hace, el problema se multiplica: los costos de gastar mal hoy se transfieren a las generaciones futuras, rompiendo el pacto entre las generaciones, que exige dejar un país mejor a las generaciones futuras. En cambio, cuando un individuo se endeuda, no importa si es para financiar su consumo inmediato o un bien de consumo duradero, conoce su capacidad de pago y lo enfrenta de manera responsable.

Cuando el sector público absorbe recursos, éstos se dejan de canalizar a otras actividades y se encarece el financiamiento para los individuos y para las empresas.

El efecto fue documentado hace más de 80 años por John Maynard Keynes, y le llamó “crowding out” en su obra más importante, Teoría general del empleo, el interés y el dinero (General Theory of Employment, Interest and Money).

La “variable de transmisión”, como le llaman los economistas, es la tasa de interés, es decir, si el gobierno se endeuda más, la tasa de interés sube y los individuos y las empresas tienen una menor capacidad de financiamiento para invertir en maquinaria, equipo o en bienes de consumo duradero. Al parecer, ocho décadas no son suficientes para que nuestros gobernantes aprendan la lección.

*El autor es presidente y fundador de Grupo Salinas.

Ricardo B. Salinas

Empresario mexicano

Foro del Emprendedor

El autor es presidente y fundador de Grupo Salinas