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Opinión

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Letras para una patria renacida

Casi todos los conservadores se habían ido. En la ciudad se decía que la emperatriz Carlota tenía una fiebre cerebral muy grave y no volvería nunca, pero que el presidente estaba a punto de regresar.

Corría el año de 1867. El coronel, escritor, maestro y abogado Ignacio Manuel Altamirano, recordaba cómo, al frente de una sección de la Brigada del Sur, había pasado a ocupar por breve tiempo la Plaza de Tlalpan, convirtiéndose en el primer jefe militar republicano en acercarse a la Ciudad de México, cuando todavía no estaba desocupada por las tropas francesas, y cómo había permanecido a la cabeza de una fuerza de 300 caballos en lo más reñido de la acción hasta lograr “el repliegue de los traidores”.  Ya casi era mitad del mes de julio y faltaba poco para celebrar el ver triunfante a la República.

El fusilamiento de Maximiliano ya había tenido lugar. Se sabía que, aconsejado por su ministro Sebastián Lerdo de Tejada, el presidente Juárez había dispuesto que el emperador y los generales Miguel Miramón y Tomás Mejía fueran sometidos a un consejo de guerra, juzgados conforme a la ley por usurpación de poderes públicos y por haber hecho la guerra contra el pueblo mexicano en apoyo a la intervención extranjera. Así se hizo y los tres reos fueron condenados a muerte. No hubo vuelta atrás. Ni los abogados, ni las súplicas de las familias de los dos generales mexicanos, fieles a Maximiliano, consiguieron el indulto. Juárez se mantuvo firme.

De hecho, en una carta fechada el 21 de junio de 1867, dirigida a su yerno, Pedro Santacilia, desde San Luis Potosí, Juárez había escrito:

“Mi querido Santa:

Hoy he recibido las cartas de usted de 24 y 31 de mayo último que he leído con mucho gusto porque veo que usted y nuestra familia siguen sin novedad.

Hoy se ha rendido México y es natural que Veracruz se rinda también dentro de pocos días. En tal caso, de Nueva Orleáns pueden dirigirse para aquel puerto o, por lo menos, esperar algunos días si el vómito no es tan fuerte en Nueva Orleáns, mientras tiene noticia de Veracruz. En fin, lo que usted haga y arregle será lo mismo que si yo lo hiciera.

El día 19 fueron fusilados en Querétaro Maximiliano, Miramón y Mejía.

No hay tiempo para más.

Mil besos a María y memorias a la vieja y el resto de la familia.

Suyo afectísimo padre y amigo,

Benito Juárez.”

Y efectivamente. No había tiempo para más. La ejecución de Maximiliano fue el punto final e irrebatible de la victoria liberal, el triunfo de la República y la consumación de la idea de que los extranjeros y sus intervenciones nada tenían que hacer aquí. Aunque, por otro lado, se hubiera sembrado la sospecha de que Juárez había actuado solamente alimentado por la venganza y muchos pensaran, como Voltaire, que quien aprovecha la revancha después de la victoria es indigno de vencer. Sin embargo, la conciencia del mundo, sacudida en Querétaro, así como denunció al justiciero como un bárbaro que abusó de su victoria sobre el invasor, también, con la misma vehemencia, lo alabó y lo admiró por idénticas razones.

El 15 de julio de 1867, Juárez hizo su entrada triunfal en la capital de la República acompañado de sus ministros Ignacio Mejía, José María Iglesias y Sebastián Lerdo de Tejada. La alegría fue insuperable. Fernando Benítez en su libro “Un indio zapoteca llamado Benito Juárez” escribe: “había derrotado al clero, al ejército de Napoleón III y a los defensores mexicanos y extranjeros del Imperio de Maximiliano, sin perder su modestia republicana. No pronunció ningún discurso. Se limitó a publicar un manifiesto a la nación donde decía: “¡Mexicanos!  Hemos alcanzado el mayor bien que podríamos desear siendo consumada por segunda vez la Independencia de nuestra patria.”

Dos años después, Ignacio Manuel Altamirano presentó su propio periódico literario, El Renacimiento, publicando la siguiente reflexión:

“¿Quién no ha observado que durante la década que concluyó en 1867 ese árbol tan frondoso de la literatura mexicana no ha podido florecer ni aún conservarse vigoroso, en medio de los huracanes de la guerra?... Era natural: todos los espíritus estaban bajo la influencia de las preocupaciones políticas; apenas había familia o individuo que no participase de la conmoción que había agitado a la nación entera, y en semejantes circunstancias ¿cómo consagrarse a las profundas tareas de la investigación histórica o a los blandos recreos de la poesía que exigen un ánimo tranquilo y una conciencia desahogada y libre?

Llamamos a nuestras filas a los amantes de las bellas letras de todas las comuniones políticas y aceptaremos su auxilio con agradecimiento y con cariño. Muy felices seríamos si lográsemos por este medio apagar completamente los rencores que aún dividen a los hijos de la madre común.” 

Sin saberlo y sin haber sido su propósito, Altamirano, no sólo se convirtió en “el Padre de la literatura mexicana”, sino en el fundador de otra república que también había sido restaurada y que muchas buenas letras escribiría para nosotros: la República de las Letras.

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